Renacimiento en Dublín. Irlanda

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Febrero se desvanece

Subíamos por Drumcondra y luego enlazábamos con la Swords Road donde, a unos quince minutos del centro, tenía su casa, en un barrio de clase media-alta dublinés un poco venido a menos. La primera vez que hice el trayecto desde Grafton hasta allí subida en un Rover descapotable en pleno mes de noviembre estuve todo el camino cruzando los dedos por no encontrarme a nadie. Hubiera sido difícil porque llevaba poco tiempo en la ciudad, pero con estas cosas nunca se sabe y todo era posible, un encuentro, qué se yo, con alguno de mis estrenados compañeros de trabajo o con alguna de las freaks con las que vivía. Lo hubieran flipado. Luego me acostumbré al feo Rover descapotable y me traían sin cuidado las miradas de la gente. En él llegábamos a su casa donde descorchaba botellas de vino Faustino VII para mí con un sacacorchos eléctrico que apenas dejaba emitir el sonido  seco  del vino liberado. Le veía tan ilusionado y contento con sus botellas de Rioja, que brindábamos hasta altas horas de la noche sin atreverme a decirle que a mí el vino no me gustaba mucho y que de lejos hubiera preferido una buena cerveza o, ya puestos, un buen whisky de malta. Luego abría la ventana y tiraba las botellas. Yo cruzaba los dedos esa vez para que las botellas no se estamparan contra la pared y siempre funcionó porque todas aquellas noches que pasé con él cayeron del otro lado. Mañana- reía- saldremos a recogerlas.
Nos habíamos conocido en el Doyle’s, bailando a los Alabama 3, me vió de lejos  y le gustó mi estilo. Yo le ví llegar hacía mí y me gustó el suyo, así que, antes de que dijéramos una palabra, estábamos allí bailando “Woke Up This Morning”, felices e inconscientes. Nos quedamos hasta que cerraron y después fuimos caminando hasta el Ha’penny Bridge y estuvimos un buen rato viendo como bajaban las aguas del Liffey, mansas y negras. Me decía que la visión del río le llenaba de energía y que de vez en cuando se acercaba hasta allí a contemplar el paso del agua hacía el mar. A mí, ni que decir tiene, me pareció estupendo como todas las cosas que me estaban pasando esa noche y no me importó estar allí en silencio, meciendo nuestros ojos al ritmo de la corriente. Hasta que la humedad y el frio le obligaron a llevarme a su casa, que tenía calefacción, muebles conjuntados, cocina independiente y un sinfín de comodidades de las que los recién llegados a Dublín no disponíamos. Aquello terminó de convencerme.
A la mañana siguiente de nuestra primera noche juntos, recogimos un par de botellas del otro lado y nos fuimos a comer risotto a un restaurante donde el chef le llamaba por su nombre y en el que el vino italiano esta vez nos sumió en una primera dulce embriaguez a la que le sucederían otras muchas. Durante aquellas semanas de paseos diurnos en el descapotable conocí lo mejor de la vida dublinesa: brunchs en Malahide o Ballsbridge, que contrastábamos por las noches en lo más bajo de Summerhill y Tallaght, con infinidad de pintas en pubs y garitos en los que también le llamaban por su nombre y en los que, como siempre, me presentaba como “my beautiful pet from the south”. Lo pasábamos en grande. Lo pasé como nunca. Todavía hoy  al llegar Halloween me quedo en casa y no salgo, porque sé que es insuperable la sensación de estar agazapados detrás de un coche mientras los vecinos de calles, de las que nunca supe el nombre,  se disparan fuegos artificiales y nos ignoran por completo. Juntos oyendo el silbar de la mecha, oliendo la pólvora e  intuyendo su trayectoria. Muy muy cerca de una tragedia pero más lejos aún de la muerte. Una explosión final, los fuegos de colores iluminan nuestras caras.

Hasta que llegó el primer fin de semana que no estuvo. Ese sábado llamaron a la puerta de mi apartamento y un hombre me entregó un paquete que venía de su parte. Casi no podía abrir la caja. Los dedos se me habían entumecido por los nervios y, cuando por fin lo logré, rasgué con violencia el papel de regalo y pude ver una caja de colores en verdes fluorescentes, azules eléctricos, rojos y amarillos chillones, en la que se podía leer: “The Amazing Life, Sea Monkeys”.  Contenía unos psicodélicos sobrecitos y una diminuta pecera alrededor de la cual unos dibujos de unas formas no identificadas sonreían. Seguí leyendo: “The sea monkeys and their ship of hidden treasure” y seguí mirando embobada los dibujos del cofre de monedas por donde se colaban los sea monkeys y donde, unos pulpos de color rosa los mecían en posiciones inmóviles con sus tentáculos de cartón. Luego lo abrí y cogí el también minúsculo  libro de instrucciones donde explicaban qué era aquello  del maravilloso y alucinante mundo de estos seres, de cómo tenías que devolverles a la vida y cuidarlos. Era febrero, llovía y el agua golpeaba los cristales. Tenía la pequeña caja de su juguete fetiche en mi regazo, sufrí un desvanecimiento y en cuanto volví a mi realidad vacía de Blessington Street, abrí los sobres y devolví a la vida a aquellas extrañas criaturas. No debí hacerlo. Nada salió bien desde entonces.
Seguimos quedando y a simple vista nada había cambiado. Viajamos a Derry y Belfast, a Mayo y Donegal, -siempre al Norte, Pet-, me decía, pero nada volvió a ser lo mismo. Ni siquiera vino a conocerlos. Yo le contaba cómo iban creciendo, muriendo, como pensaba que de un día a otro habían desaparecido y que de pronto, zas, de nuevo aparecía un transparente y nada chillón sea monkey en la pecera y cuando creía que no lo estaba haciendo bien me tranquilizaba con un -ya aparecerán- que siempre resultaba cierto.

sea monkeys

Luego ocurrió todo una tarde, todo a cámara lenta. Por un momento desconecté y dejé de oírle. Estaba deshaciéndose en explicaciones que yo no le había pedido mientras que en la tele del salón de su casa, con el volumen quitado, una mujer con un crucifijo gigante al cuello acaparaba toda mi atención. No quería escucharle. Recuerdo levantarme y dejarle con la palabra en la boca y decirle: -No quiero ser tu amiga- e irme. Las lágrimas corrían por mi cara y por primera vez me volví a casa en autobús. Cuando llegué, había anochecido.Cogí los sea monkeys y me dirigí al final de la calle, una calle fea y fracasada por la que un 16 de junio de 1904 pasó rápidamente un coche fúnebre que no se detuvo en el jardín humilde y precioso que hay al final de la misma y al que no pudimos ir nunca juntos. Salté la verja y, sin saber cómo, estaba ya del otro lado sentada en el suelo junto a la casita que me hacía recordar a Hansel y Gretel. Allí me despedí de ellos. Estuve a punto de dejarles en el estanque pero decidí, casi en el último segundo, que se fundieran con la tierra y romper de ese modo con su estado latente, que no pudieran eclosionar más, que descansaran para siempre. Nunca me arrepentí de ello.

 

Woke up this morning pinchando aqui:

 

 

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Inspiración en Londres. Inglaterra

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La primera vez que hablé con Peter Pan

Verle le había visto muchas veces, siempre de lejos pero sin pasar por alto su icónica figura. Aún así reconozco que, al encontrármele más de  cerca por primera vez, me quedé paralizado cuando a unos diez metros de mí el chaval reía aparentemente por nada.  Ese día paseaba por Kensington Gardens, era temprano y la luz era perfecta. La niebla acababa de levantarse dejando una rastro de humedad que parecía recubrirle y hacía que brillara. Yo  iba solo, con  los ojos bien atentos, sin bajar la guardia por lo que pudiera pasar. Tenía pensado dirigirme a la salida de Marborough Gate para desde ahí, continuar hasta Stanhope Terrace donde tenía una cita para cerrar un trabajo.   Miss  Sylvia Llewelyn Davies  quería que conociera, antes de empezar a trabajar con ellos, a sus cinco  hijos. Me había contratado porque soy fotógrafo, especializado en retratos infantiles, niños de  los que consigo sacar su lado más hermoso, su lado menos ingenuo sin que se note demasiado. Y lo soy las 24 horas del día. Uno nunca sabe en que momento una imagen va a ser la que determine la trayectoria de su trabajo, así que, pasados unos días,  en el segundo encuentro y en el mismo lugar, cuando tres pequeños gorriones se posaban en su mano de la que comían semillas y gusanos, vislumbré que él podía ser esa instantánea que consagrara mi carrera.  A esta segunda vez le sucedieron otras muchas, algunas con él encaramado a una rama, paseando con una ardilla sobre el hombro o con un petirrojo y un pinzón sobre su cabeza. Yo sacaba el objetivo y desde la distancia disparaba mi cámara. El resultado era fabuloso.

Finalmente dí el paso y me acerqué. Mientras me aproximaba los pájaros, asustados, salieron volando. -Los ha espantado- exclamó y se dio la vuelta divertido.  Esa vez sí pude ver de cerca  lo que la cámara me había revelado muchas veces:un rostro perfecto pero marcado  por una infinita soledad. Aceptó ceremonioso mis disculpas y sin más preámbulos se presentó:- Me llamo Peter y algún día me tiene que enseñar esas fotografías que hace.-Cuente con ello- le dije mientras extendía una tarjeta de visita con mis datos: J. M. Barrie, 100 Bayswater Road – London. No tardó en contactar conmigo.

 

Lecturas recomendadas:

“Peter Pan” .- James Matthew Barrie

http://www.thecult.es/libro-infantil/peter-pan-la-obra-completa-de-james-matthew-barrie.htmlhttp://www.abc.es/gestordocumental/uploads/Cultura/peterpan.pdf

“Kensington Gardens”.- Rodrigo Fresan

http://batboyreads.blogspot.com.es/2011/12/jardines-de-kensington-de-rodrigo.html

http://elpais.com/diario/2003/11/08/babelia/1068252624_850215.html

 

 

 

http://www.abc.es/gestordocumental/uploads/Cultura/peterpan.pdf

http://www.abc.es/gestordocumental/uploads/Cultura/peterpan.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primeros viajes. España

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Space Oddity

El viaje comenzaba cuando mi padre encajaba como podía las maletas, las bolsas de la playa, las sillas y la mesa plegables, la sombrilla y la nevera en el pequeño maletero del 850 que seguro nos iba a dejar tirados un par de veces antes de llegar a la playa de turno que tocara aquel verano. Luego nos acomodábamos dentro, mi madre detrás para poner paz entre mi hermano mediano y yo, y mi hermano mayor delante, haciendo de copiloto de mi padre, que antes de llevar cien kilómetros y, todavía bajo los cielos castellanos, nos había amenazado ya un par de veces con darse la vuelta si no parábamos de pegarnos. Nos montábamos en el coche y empezaba una batalla continua de patadas en la espinilla, collejas y codazos que era lo único que se podía hacer en tan poco espacio. Esa era una de las guerras que se libraba en el coche y la única en la que mi hermano y yo participábamos. La otra, mucho más violenta y sutil la libraban “los mayores” y tenía comienzo nada más arrancar el coche. Mi padre escuchaba Demis Roussos, mi madre Raphael y mi hermano rock sinfónico. La jerarquía imponía que fuera Demis Roussos el responsable de que todos los amaneceres de mi infancia camino a la costa española tengan la melodía del triki-triki-triki-triki-triki-triki-tri. Mi padre conducía esa primera parte sumido en un trance que sólo rompía con sus amenazas dirigidas a nosotros, canturreando un griego inventado mientras mi madre dormía y mi hermano permanecía asqueado y meditabundo con el mapa de España abierto sobre las rodillas.

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Normalmente, mi madre se despertaba a la hora de camino y entonces empezaba la guerra:
– Valentín, déjanos ya de la música esa y pon mi cinta de Raphael.
Mi hermano salía del sopor que precedía al amanecer y protestaba:
– Ni hablar. No hay quien aguante esta música, y siempre la misma, aunque sólo sea por la música que no la aguanto no vuelvo de veraneo con vosotros.
Mi  hermano mediano canturreaba en tono de burla imitando a Raphael:
–  Yo soy aquel que todas las noches te persiiiiigue-e-e-e-e,   yo soy aquel que por quererte ya no viiiive-e-e-e-e . . .
Mi madre entonces le daba un sopapo y le mandaba callar, mi hermano mediano se quejaba hasta que mi padre sentenciaba:
– Al único, al único -y alzaba la voz- que aguanto de todos vosotros es a Demis.
Le llamaba siempre por su nombre de pila, como si le conociera de algo. Nosotros, sabiendo la que se avecinaba habíamos dejado de pegarnos y nos manteníamos quietos y a la escucha.
– Deja de decir tonterías Valentín, por favor, qué van a pensar los niños. Niños -y movía su cabeza en nuestra dirección- no hagáis caso de lo que dice vuestro padre. Joaquín -le ordenaba a mi hermano mayor-, haz el favor de poner a Raphael.-
– De eso nada, hasta que no se acabe la cinta de Demis, el cantamañanas de Raphael que se joda.
– Valentín, no digas palabrotas delante de lo niños. Desde luego, no hay quien . . .
– A callar, que no me dejáis escuchar… mon amour…
– ¡Valentín, nos hemos dejado las chanclas y el bronceador!
– Y qué quieres, ¿qué dé la vuelta? Joaquín saca la cinta y rebobínala que tu madre no me está dejando escuchar a Demis.-
Mi hermano sacaba la cinta y la rebobinaba a mano con un boli bic porque si no el casete se comía la cinta y entonces aquello podía terminar en  tragedia. Mientras tanto, mi madre murmuraba:
– Egoísta qué egoísta, pues si que empezamos bien las vacaciones, siempre lo que el señorito quiera, desde luego esto . . .- y mi padre la interrumpía:
– Mira Fermina -y le llamaba FERMINA a mi madre que era una de las cosas que ella más odiaba- no me toques los . . . las narices y déjame conducir en paz, que todavía quedan muchas horas por delante. Anda, Joaquín, ponle a tu madre al cantamañanas a ver si así se calla de una vez.
Sólo daba tiempo de escuchar una cara porque entonces -como si Demis, con todo su volumen y peso, viajara con nosotros y quisiera vengarse- el coche se calentaba, se paraba y nos dejaba tirados a veces por más tiempo de lo que la frágil paciencia de mis padres aguantaba. Mi padre entraba en cólera. Mi madre lloriqueaba. Mi hermano aprovechaba para fumar. Nosotros seguíamos peleándonos durante el tiempo en que mi padre revisaba el motor, le ponía agua al radiador y con suerte el coche arrancaba y seguíamos el viaje. Era entonces el turno de mi hermano que, una vez al volante, se convertía en dueño absoluto de la situación. Lo primero que hacía era fulminarnos con la mirada a mi hermano y a mí, que enmudecíamos hasta que nos quedábamos medio dormidos. Después se dirigía a mi madre y le soltaba:-
– Mamá,  bastante Raphael y Julio Iglesias escuchamos ya en casa como para tener que aguantarlos con la que está cayendo.-

Para entonces el sol abrasaba e íbamos todos sudados, nuestros cuerpos pegados los unos con los otros, las migas del bocadillo picando nuestros muslos, mi madre nos habría dicho: -¡Niños no manchéis nada!
Como si fuera tan fácil no tirar ni una miga en tan poco espacio.
Mi hermano mayor, el muy pelota y conocedor de la respuesta preguntaba entonces:
– Papá, ¿te importa si pongo yo algo de mi música?
Mi padre respondía con un poco convincente -Haz lo que  quieras.- Y mi hermano nos torturaba con algo de Génesis o Pink Floyd, y yo podía ver cómo la cápsula del Major Tom,  caía hasta casi estrellarse en el desierto almeriense, los Monegros aragoneses o las irreales Bárdenas navarras para luego salir disparada de nuevo rumbo hacia el espacio infinito. Luego, me quedaba traspuesto y dormía hasta que hubiera la siguiente avería o el siempre inoportuno -me hago pis- por parte de cualquiera de nosotros.
Las mismas escenas se repetían, incluso con más disgustos por parte de mi madre, en la vuelta a casa y cada vez que cogíamos el coche y viajábamos todos juntos por la entonces para mí inagotable geografía española.
David Bowie, Pink Floyd e incluso  Génesis  son parte de los grupos que entonces escuchaba mi hermano y que pasaron a formar parte de mis gustos musicales. Ahora, con el aire acondicionado no muy fuerte, voy escuchando a quien sea, el volumen del CD se baja por momentos y la otra voz que viaja conmigo, impersonal y fría de una mujer que no conoceré, me indica que la salida está a quinientos metros. Entonces  me gusta mirar por el retrovisor y observar la inexistente batalla que tiene lugar en los asientos de atrás entre los hijos que no tengo, y a veces sin darme cuenta me sorprendo canturreando el triki-triki-triki-mon amour con una sonrisa en la boca blanda y nostálgica.

 

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Para escuchar los temas del 850 os dejo estos vídeos:

 

 

 

 

 

 

 Y por supuesto:

 

Despertar en Jerusalén.

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Origen

Pasaban unos minutos de las tres de la tarde cuando en la esquina de la Vía Dolorosa con Beit Habad, Salomón Levy, que se apresuraba a llegar al Muro de las Lamentaciones a preparar el Sabbat, miró de soslayo como Piero Bianchi sostenía la cruz e inclinaba la cabeza ante la segunda estación del Vía Crucis camino al Santo Sepulcro. No pudo verla, por lo que su cuerpo chocó con fuerza con el de Amina Saffie que, desde la mezquita de Al-Aqsa, subía a  duras penas entre las corrientes de cuerpos que circulaban a esa hora por el cansado Jerusalén. Le miró con desprecio y murmulló unas palabras que no pudieron ser oídas por nadie, en ese preciso momento, el muecín  rompió la cadencia de su canto tratando de competir con los rezos de la marea franciscana que, como la mujer, intentaba abrirse camino entre las voces de mando de los soldados israelíes. Estos, desafiantes, apuntaban con sus armas a un cielo demasiado lejano.
El viajero recién llegado observaba el pasar de todos ellos. Temblaba. Le hubiese gustado irse ya, pero tuvo que esperar hasta que vio desaparecer al último de los peregrinos. Sin tregua, estos fueron sustituidos después por otros grupos de fieles de las distintas iglesias:  coptos oscuros,  lánguidos monjes etíopes, coloridos y repudiados protestantes reclamando también su porción de tierra. La riada musulmana tampoco parecía tener fin y un número cada vez mayor de jaradiés ultraortodoxos bajaban violentamente haciendo ondear sus bucles y casacas.

Los temblores empezaron a ser más fuertes. Secó con su brazo el sudor que le empezaba a caer por la frente y se atrevió a mezclarse con ellos. Una vez dentro, en el zoco, pudo oír más de cerca como los mercaderes musulmanes ofrecían en árabe sus mercancías repetidas en tenderetes casi idénticos: allí competían las cruces con los tasbih musulmanes y las kipas judías. Sus voces, apresuradas, se perdían entre los susurros en hebreo de las mujeres, los cantos ya lejanos en latín, las voces griegas, rusas, los rezos en inglés, en español y en lenguas que no era capaz de descifrar.

Se dirigía hacia el Barrio Armenio donde esperaba encontrar un lugar para dormir esa primera noche. Apenas había recorrido unos metros cuando alguien le clavó el codo en el costado y varias veces le pisaron y empujaron.

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Por fin pudo salir y en una calle semi escondida encontró el hostal. Llego exhausto. Al hombre que regentaba la pensión le alarmó la palidez de su rostro y enseguida le ofreció un caldo caliente. No pudo terminarlo. Llevaba días  sin descansar y se  apresuró a  subir a la habitación  convencido  de  que  unas  horas  de  sueño  pondría fin a  su malestar.  Todavía era de día cuando se quedó dormido.

La claridad de la mañana era plomiza. Se despertó renovado, con ganas de volver a la calles. Era temprano y en la pensión no parecía haber nadie. Debió de girar en otra calle pues se dio cuenta enseguida de que estaba en el Barrio Judío, donde a esa hora la paz había sido recuperada. Luego redirigió sus pasos y enseguida llegó de nuevo al zoco.  El aire estaba cargado de partículas que procedían del desierto pero él no sabía que el escozor de sus ojos se debía al polvo en suspensión. Ese aire cargado fomentaba que los adoquines y las piedras de la ciudad se fundieran en un mismo tono sin contrastes. En un callejón creyó ver una sombra que doblaba hacía el Santo Sepulcro, por lo que descartó ir hacía allí como había sido su primera intención. No se había cruzado con nadie y esa sensación le reconfortaba. Continuó  deambulando a paso lento, perdiéndose sin importarle por callejuelas silenciosas. Hasta ese momento no había sentido mucho hambre, por lo que inconscientemente había descartado buscar algún café o puestecillo donde comer algo pero, cuando el hambre se agudizó, pensó que si volvía hacía Beit Habad encontraría algo abierto. El día anterior al acceder a esa calle desde la Puerta de Damasco el olor a  las baklavas le había mareado y al recordar de pronto ese dulzor apretó el paso y se dio la vuelta en dirección allí. Cuando llegó no había nadie. Empezó a bajar la calle alarmado. El paso se hizo más rápido y esta vez sí pudo ver claramente las Estaciones Tercera, Cuarta y Quinta que el día anterior le habían cegado los monjes y fieles. Esta vez no continuó por la Vía Dolorosa sino que siguió bajando hasta llegar a la boca de los túneles que desembocan en la Explanada del Templo. Al llegar se paró y tomo aliento. Era el primer hombre en verla vacía.

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Ya frente al Muro solo se veían sobresalir, entre las piedras, las peticiones escritas por judíos y turistas llegados de todo el mundo. Se aproximó y cogió una petición cualquiera. Dudó antes de abrirla. Estaba fechada un par de días antes con unas palabras en francés que no comprendía del todo. No quería gritar. Pensó en que habría algún tipo de toque de queda, algo que sin duda le habría explicado el dueño de la pensión y él no había comprendido la noche anterior. – ¿Pero dónde estaban los soldados?-  La misma pregunta repetida se instaló en su cabeza sin respuesta. Recordó entonces que hacía poco más de una hora le había parecido ver a alguien girar en dirección a la Basílica de la Resurrección y corrió hacía allí. Se perdió un par de veces antes de encontrarla. No pudo entrar. La puerta permanecía cerrada por primera vez en cientos de años. Empezó a golpear la puerta con sus puños y, aún consciente de no conseguir nada, empezó a gritar ayuda. Volvió hasta la pensión y subió a recoger su mochila.  Al salir vio que parte del caldo de la noche anterior seguía sobre una mesa y se lo bebió de un trago, estaba amargo. Salió con la idea de empezar otra vez, creyendo que encontraría a alguien. De nuevo por las mismas calles bajó hasta acceder a la Explanada de las Mezquitas. Se cayó un par de veces esta vez y una de ellas terminó sangrando. Miró hacia arriba, la Cúpula de la Roca no brillaba esa mañana. El polvo  que se estaba posando sobre la ciudad, imperceptible  hasta ese momento, la cubría ya por completo. Se  oyó preguntar a si mismo:-¿Por qué?- al comprobar que el agua no salía de las fuentes destinadas a las abluciones. Su sed se acentuó, debía limpiar la herida. Tenía que dejar la ciudad como fuera. Sacó de su bolsillo un mapa de Jerusalén y se dio cuenta de que la Puerta más cercana estaba tapiada. Tendría que salir por la Puerta del Estiercol. Respiró profundamente y apresurado, se dirigió  hacía allí. Antes de cruzarla, todavía se volvió un par de veces por ver si quedaba alguien.

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Si quieres seguir viendo más fotos del viaje pincha aquí:

https://www.flickr.com/photos/99763510@N03/sets/72157649558764675/


Duración del viaje: 7 días. Octubre 2008.

La Ruta: de Aqaba en Jordania  cruzamos a Eliat en Israel. Este es un paso poco transitado por lo que los tramites, pensado que la entrada a Israel suele ser complicada y larga, no nos llevó tanto tiempo como preveíamos. No obstante nos interrogaron y abrieron parte de nuestro equipaje.  De Eliat fuimos a Masada, uno de los lugares de mayor importancia para el pueblo judío, símbolo de la resistencia ante el asedio romano que terminó no con la rendición sino con el suicidio de sus habitantes y convertido en la actualidad en lugar de peregrinaje y referente del nacionalismo judío. Nuestra siguiente parada fue Jerusalén, una de las ciudades más interesantes que he visitado y  que nos cautivó desde un primer momento por su carácter y fuerza. Decidimos quedarnos un total de cinco días y dejar otro día para Belén. De Jerusalén volvimos hasta Jordania, hacia Amman cruzando esta vez por el paso fronterizo de Allenby. La salida del país también nos llevó bastante tiempo.

Para moverse: La red de autobuses es perfecta para moverse por el país por lo que todos los  moversetrayectos los hicimos en transporte público. Para ir a Belén, ya en territorio Palestino, fuimos igualmente en un bus público (autobús 24 frente a la Puerta de Damasco) y en poco más de 25 minutos estábamos allí. El trámite para cruzar y pasar el Checkpoint 300 fue bastante rápido. La impotencia y la rabia que sientes ante el muro de la vergüenza es algo que todavía perdura, las fotos que hicimos del muro son una pequeñísima ilustración de la gran injusticia que se esta cometiendo.

Alojamiento:

En Masada: http://www.iyha.org.il/Eng/masada-hostel

En Jerusalén: http://www.austrianhospice.com/hospiz.htm

Lecturas: ” Desde el Monte Santo” William Dalrymple; ” El triangulo fatal” Noam Chomsky; “Viaje a Palestina” Luis Reyes Blanc

Peliculas: “Los limoneros” Eran Riklis. http://www.filmaffinity.com/es/film751693.html

Para saber mas: http://trajinandoporelmundo.com/viajar/asia/israel/; http://www.worldtravelguide.net/jerusalem; http://www.goisrael.es/Tourism_Spa/Tourist%20Information/Discover%20Israel/Cities/Paginas/Jerusalem.aspx

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Un lugar en Borneo. Indonesia

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Mas allá del mar de Java

Despertó ya en el suelo. El reloj marcaba la una y doce minutos de la madrugada. Los chillidos llegaron mezclados con la alarma del barco, un sonido estridente que no cesaba. No podía ponerse en pie y estaba aturdido pero no tanto como para no darse cuenta de la gravedad del momento. Alguien tiró de él y pudo incorporarse. No tuvo tiempo de agradecérselo porque ya estaba corriendo hacia la cubierta. Tampoco pudo verle la cara.
– Jusuf,  Jusuf- iba gritando sin detenerse y sin mirar hacía ningún lado. No podía apartar la mirada del suelo. Jusuf era el amigo que dormía junto con él en el salón de segunda clase. No le veía, no le había visto al despertar ni le veía correr ahora.
En la huida pisó el brazo desnudo de una mujer que estaba muerta. Casi tropezó y, de no haber sido porque pudo agarrarse al pomo de una puerta, se habría caído. Llegó a unas escaleras cuando el agua ya les estaba alcanzando y de nuevo una mano tiró de él.  Siguió corriendo. De pronto se encontró en el mar nadando sin ser consciente de si había saltado o le habían empujado. Todavía la sirena del barco no podía callar las voces de la gente. Pasados unos minutos sólo escucho los gritos pero no podía ver a nadie. Lo que vio luego nunca supo muy bien cómo describirlo.

A la tormenta le siguió un sol vengador y una soledad eterna en el mar de  Java. Pasados un par de días invocó el nombre de Alá  y  poco tiempo  después una fina lluvia humedeció su rostro. Estiró el cuello y abrió la boca tratando de beber todo lo posible. Había olvidado muchos de los versos que de pronto se agolpaban sin sentido en su mente. Intentó  ponerlos en orden buscando la manera de agradecerle la lluvia, pero no lograba ordenar una oración que lo hiciera. Después no pensó en nada y siguió bebiendo. Los dos días anteriores había rechazado al Dios que había permitido que viera como todos se ahogaban en un mar embravecido. El mismo debería haber muerto. Los gritos,  el frio, los gritos, el frio, los gritos, el frio, los gritos. De no haber sido por una pieza que flotaba hacía él cuando ya no le quedaban más fuerzas para continuar nadando estaría muerto. IMG_0990

Y lo estuvo. Durante cuatro días lloraron su pérdida, le buscaron, apareció su nombre en varios periódicos,  en emisoras de radio y pasó desapercibido entre los cientos de nombres de muertos y desaparecidos. Sólo los suyos rezaban por él  llamándole por su nombre.
Nadie creyó que hubiera sobrevivido durante esos días amarrado a un trozo de madera. Le salvó eso y las lluvias pero sobre toda la suerte. Pudo haber sido cualquier otro pero había sido él. Ni siquiera lo estaban buscando vivo. Su foto apareció en todos los medios de comunicación de Indonesia y en los televisores y ordenadores de medio mundo. Le respetaron el  poco tiempo  que tardaron en verificar que se encontraba bien, y lo convirtieron en una estrella mediática, en un triunfo del gobierno, en un milagro de Alá.

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Pasadas unas semanas se adentró en las selvas del Sur de Borneo,buscando la paz y el anonimato que había perdido después del naufragio. Era allí hacía donde se dirigían Jusuf y él aquella noche. Se subió al klotok y en cuanto dejaron el gran río Kumai  y se metieron por el pequeño Sekonyer algo cambió dentro de él. La vegetación se fue haciendo más densa, enormes mariposas blancas les salían al paso. Los gibones y langures eran más esquivos pero a los monos narigudos les podía la curiosidad por saber quienes eran aquellas gentes. Ya en tierra, al internarse en la selva, pudo ver como de las ramas de los árboles, agitadas con violencia, se asomaban presa del pánico o de una inquietante inocencia unos animales que le parecieron los más sublimes de todos. Una tormenta repentina volvió a ocultarlos. De nuevo estiró el cuello y bebió hasta que la tormenta pasó. De entre las hojas apareció un confiado orangután que, sin que pudiera explicar cómo, le miraba. Aquellos ojos le estremecieron. No podía regresar. No lo quería tampoco. Hasta el día de hoy sigue viviendo en esas selvas.

 

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Si quieres seguir viendo más fotos de nuestro viaje pincha aqui: https://www.flickr.com/photos/99763510@N03/sets/72157634934460436/


Duración del viaje: 4 días.  En Septiembre de 2010 viajamos a Kalimantan, la parte indonesia del sur de Borneo.  Para llegar hasta alli, volamos de Yakarta a  Banjarmasin,  ciudad en la que que cabe destacar su mercado flotante. Otro pequeño avión nos llevó a Pangkalanbuun y desde ahí en coche nos desplazamos hasta la ciudad de Kumai. Allí embarcamos en un klotok, pequeñas embarcaciones a motor que hacen el recorrido por el río Sekonyer y que utilizas tanto para desplazarte como comer y dormir http://www.orangutans-tourboat.com/ . En  nuestro caso la primera noche la hicimos en el  Rimba Orangutan Eco Lodge, www.rimbaecolodge.com.,  y las dos noches restantes en  el klotok.

Durante 4 días pudimos visitar los distintos lugares desde donde puedes acceder a ver a los orangutanes y el resto de fauna más visible del Parque Nacional Tanjung Puting:  macacos, gibones y  langures,  jabalíes y ciervos sambar. Los insectos palo,  hormigas de fuego, arañas y sanguijuelas eran los “pequeños compañeros” más frecuentes en los distintos trekking que  se pueden hacer, siempre acompañado por un guía, por el interior de la selva. Una vez de vuelta al río los monos probóscide o monos narigudos  se dejaban ver entre la espesa vegetación  entre la cual también vimos distintas garzas, martín pescador y enormes mariposas de distintos colores. Al anochecer vale la pena navegar buscando las zonas del río donde se concentran un gran número de luciérnagas.

Lecturas: “El cuarteto de Buru” Pramoedya Ananta Toer

Películas: “El acto de matar” Joshua Oppenheimer  http://www.filmaffinity.com/es/reviews/1/668038.html

Información de interés: http://www.indonesia.travel/en/destination/443/tanjung-puting-national-park-re-introducing-orang-utans-to-the-wild; http://orangutan.org/rainforest/tanjung-puting-national-park/ ; http://www.elrincondesele.com/cronicas-de-un-viaje-a-indonesia-capitulo-cuarto/

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Eternidad en Kyoto. Japón

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La grulla de Kokedera

Fue el último en llegar. El señor Durrell no era de los que llegara tarde pero en los últimos meses las coordenadas de su vida habían sufrido un vuelco y donde antes había orden reinaba ahora la improvisación, y las decisiones, antes reflexionadas habían dado paso a las  que se veía obligado a tomar en el día a día. Casi nada tenía importancia ya. Esa mañana salió tarde de casa y con el tiempo justo para llegar. Tuvo que tomar el tren y dos autobuses distintos y después caminar durante quince minutos que se le hicieron eternos.  A las once en punto, dos jardineros estaban cerrando la puerta por lo que agradeció al monje, que se encontraba con ellos, que le esperara. Cruzó a buen paso el patio de gravilla y subió los tres escalones que daban acceso al Templo.

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Las pequeñas mesas ocupaban todo el kondo. El gran salón que precede a la parte reservada para el lugar más sagrado, un espacio normalmente  vacío y que en ese momento ocupaban, sentadas sobre el suelo, unas doscientas personas. Le colocaron junto a otra pareja de occidentales al lado de una columna que dificultaba que pudiera ver en su totalidad, el ritual que en ese momento daba comienzo. Sobre la mesa un pincel, tinta, una piedra secante y papel de arroz donde estaba impresa la oración que acababan de recitar los monjes. Los fieles japoneses habían empezado incluso antes de que los monjes orasen y les dieran su bendición, a cubrir los caracteres pero él espero a que finalizara la ceremonia. Ya no tenía prisa. No era fácil acostumbrarse al pincel ni a la tinta y lo hacía aún más complicado su postura. La mesa le resultaba demasiado pequeña y no estaba acostumbrado a sentarse sobre el suelo con las piernas recogidas.  Al principio la tinta era demasiado liquida y los primeros caracteres quedaron aguados y deslucidos. Se esforzaba en hacerlo correctamente y que la caligrafía fuera lo más nítida posible. Poco a poco fue dominando el pincel dejando que una cantidad exacta de tinta lo cubriera para  que los distintos sinogramas quedaran brillantes y puros.

De no haber sido por ellos, el silencio se hubiera apoderado del Templo. Junto con la pareja de extranjeros eran los únicos que hacían ruido y no paraban de moverse. Al poco tiempo muchos de los fieles  comenzaron  a levantarse y a ofrecer sus oraciones a los pies del altar que acogía a los Budas. Algunos recorrían los escasos metros a pie pero la mayoría lo hacía de rodillas. De vez en cuando levantaba la vista y contemplaba la ofrenda de sus oraciones y las bendiciones que recibían por parte del monje. Solo se oían sus susurros mientras el gran salón se fue quedando vacío. La experiencia le estaba resultando muy relajante y consiguió que, llegado un momento, solo se concentrara en la escritura.

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Había pasado más de una hora cuando terminó. Fue dificil  pedir a Dios que le concediera aquello que anhelaba, era difícil de escribir en el papel. La escritura alfabética se volvía torpe y basta y su inglés impreso toscamente resaltaba frente a la delicadeza del kanji y el katakana. Parecía que los pinceles y la tinta no estuvieran hechos para la tipografía latina. Finalmente consiguió plasmar su plegaria y se acercó al altar para entregarla.  Al llegar  inclinó la cabeza y  la depositó junto con el resto. Cada día cientos de oraciones se apilaban  en el Templo de Saiho Ji que las guardaba allí para siempre. La suya pasaría también a formar parte del infinito número de sutras copiados por los devotos a lo largo de los siglos y fundiéndose con ellos en una sola oración.

Junto al Templo, el jardín más hermoso del mundo. Una extensión cubierta de arces, murtas, sugis, alcanforeras, abetos, que crecían serenos entre bellas piedras y falsas colinas creadas por el hombre. En el corazón del mismo un estanque  de inmortales aguas donde una carpa naranja se paseaba aportando una pincelada de color entre la gama de verdes que predominaba en el jardín. El musgo lo invadía todo. Se extendía como un delicado tejido de diferentes texturas e inapreciables matices que cubría  las  raíces,  las piedras  y  toda la tierra.

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Después de depositar su oración, el señor Durrell se había dirigido hacía allí. Le había sorprendido un aguacero y se apresuró a resguardarse bajo  el tejado de madera de la casa de té desde donde contempló como planeaba lenta y humilde, hasta posarse en el manto de musgo, una única hoja roja de arce anunciando así el inevitable otoño. Cuando despejó siguió caminando en soledad por los senderos desde los que pudo ver, a la sombra de los castaños, el musgo relucir, coronado por frágiles gotas de la lluvia que había caído. No había nadie. O eso creía. La sombra de una grulla cruzó las aguas del estanque. Siguió su rastro hasta que ésta se posó en una solitaria linterna de piedra que ocupaba toda la extensión de un pequeño islote al noroeste del lago. Hacia una isla vecina y de mayor tamaño, con paso tembloroso, una anciana cruzaba por un puente de piedra. La piel blanca de su cuerpo desnudo le estremeció. Al llegar a la orilla, ella se recompuso y brilló por un  instante, después se sumergió en las aguas hasta que desapareció por completo. Antes de que se diera cuenta el Señor Durrell corría hacía el puente. No tuvo que atravesarlo. Pudo ver desde la otra orilla como, en el lugar donde había visto sumergirse a la mujer, una carpa blanca se deslizaba por la superficie aportando otra pincelada de color entre la gama de verdes que predominaba en el jardín.  La grulla, compañera silenciosa hasta entonces, levantó el vuelo  y  con un elegante movimiento descendió hacía la carpa a la que atrapó con su pico. El señor Durrell sí pudo ver esta vez como la grulla y la carpa desaparecerían, en su vuelo eterno, entre los boj y los arces del jardín de musgo.

Dos días más tarde, cerca de allí, en su casa de Kioto, la Señora Durrell fallecía en una absoluta paz. Oscar Durrell se acercó a ella, con la vista nublada por las lágrimas, beso sus labios y cerró sus ojos. Abrió las ventanas y la casa se impregno de la fragancia de las anémonas procedentes del oeste. En aquel momento le pareció oír el grito de una grulla acercándose. Alzó sus ojos y seguidamente inclinó la cabeza en señal de respeto y agradecimiento. Su plegaria había sido escuchada.

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Si quieres seguir viendo más fotos de Japón pincha aqui:

https://www.flickr.com/photos/99763510@N03/sets/72157641741778095/


Duración del viaje: 21 días. Junio de 2013

La ruta: Tokyo-Hakone-Kyoto. Kyoto-Nara-Kyoto. Kyoto-Kosayan- Miyajima-Kanazawa–Gokayama-Shikagawa Go-Takayama-Tokyo.

Moverse por Japón: Casi la totalidad de los trayectos los hicimos en tren. Compramos el JR Pass de 14 días (http://www.japanrailpass.net/), que tienes que adquirir antes de llegar a Japón a través de internet o a través de algún tour operador japonés físico, en nuestro cas  lo hicimos en  Madrid en las oficinas de JTB (http://www.jtb.es/index.php/es/contacto.html).

Para consultar  todo tipo de trenes( no todos estan incluidos en el JR), horarios, combinaciones, duración de los trayectos y como moverte, esta es la mejor web:  http://www.hyperdia.com/en/

Moverse por Tokyo: http://www.zocodezoco.com/2010/09/09/como-moverse-por-tokio-y-no-perderse-en-el-intento/

Alojamiento: Principalmente nos quedamos en ryokanes, alojamientos tradicionales japoneses, en los que  se duerme sobre un tatami en un futon y que suelen incluir el desayuno y la cena. Muchos disponen de baños tradicionales japoneses.
En Hakone, este ryokan ofrecía un alojamiento sencillo pero el onsen (baños termales japoneses) y la comida era excepcional: http://www.japanican.com/en/hotel/detail/4306501/
En Kyoto nos quedamos en un hotel-apartamento a buen precio, cómodo y con mucho espacio algo alejado del centro pero muy bien comunicado: http://www.citadines.com/en/japan/kyoto/karasuma_gojo.html?gclid=CP2qt8_Nu8ICFagSwwodTVAAhQ
En Koyasan elegimos este hermoso templo en el que puedes participar en las oraciones del amanecer con los monjes. El pequeño jardín  interior es una maravilla y si bien nos alojamos en una  de las habitaciones más económicas merece la pena pagar algo más y quedarse en las que tienen vistas al jardín: https://www.japaneseguesthouses.com/ryokan-single/?ryokan=Shojoshin-in
En Miyajima:La dueña sin duda lo mejor de este sencillo ryokan http://yamaichibekkan.com/english.html
En  Kanazawa:   uno de los mejores en los que nos quedamos :comida deliciosa,  baños espaciosos y la decoración preciosa: http://sumiyoshiya-ryokan.com/
En Gokayama:nos quedamos en un gassho,las casas tradicionales de la zona, de este pequeño pueblo , éramos los únicos huéspedes de la casa y los únicos extranjeros en el pueblo. Los dueños hospitalarios y simpáticos nos explicaron las tradiciones de la zona http://www.japanican.com/en/hotel/detail/5332304/
En  Takayama nos alojamos en este popular ryokan donde servían una cena extraordinaria. La habitación muy pequeña y de decoración aún más sencilla pero suficiente y cómoda http://www.takayama-yamakyu.com/english/

A destacar: Alrededores de Kyoto: Saiho-Ji (Templo de Kokedera) , Villa Imperial Katsura; Santuario de Fushimi-Inari,  Bosques de bambú en Arashiyama y Sagano. Templos  y  Cementerio de Koyasan; Treking por Miyajima  Alrededores  de Gokayana. Barrios y Jardines de Tokyo: Takeshita Street, Akihabara, Ginza, Shinjuku, Yoyogi Park. Mercado de Pescado. Espectáculos de taiko (percusión japonesa) y teatro japonés kabuki. Y todos los jardines de cualquier ciudad de las que visitamos.

Lecturas: “Lo bello y lo triste” Yasunari Kawabata; “La perla”  Yukio Mishima; “Una cuestión personal” Kenzaburo Oe;  “Tokio Blues” Haruki Murakami.

Películas: “Cuentos de Tokyo” Yasujiro Ozu http://www.filmaffinity.com/es/film911508.html;  “Ran” Akira Kurosawa http://www.filmaffinity.com/es/film782065.html;  “El verano de Kikujiro”   Takeshi Kitano http://es.wikipedia.org/wiki/El_verano_de_Kikujiro

Para saber mas:
http://www.japanican.com/en/
https://www.turismo-japon.es/

http://eng.shukubo.net/

http://inari.jp/

http://www.jnto.go.jp/eng/location/spot/gardens/katsurarikyu.html

http://www.japan-guide.com/e/e3937.html

http://www.japan-guide.com/e/e3912.html

http://www.gotokyo.org/en/

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Dudas en Song Köl. Kyrgyzstan

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My name is Eliart

Se levantó más tarde de lo habitual. El frío, pero sobre todo el viento, no le habían dejado dormir por lo que había pasado la noche fantaseando, entre el deseo de que algo extraordinario pasara y el miedo a que ocurriera realmente, con la idea de que la yurta saliera volando. Por supuesto ésta había aguantado bien las embestidas y nada parecía que hubiera ocurrido cuando a la noche le precedió una  mañana nublada. -Su padre, al igual que el padre de su padre y el padre del padre de su padre, sabían perfectamente lo que hacían- pensó, y se inquietó un poco por haber dudado de ellos. Movió la cabeza en señal de desaprobación tratando de despejar esos pensamientos y se incorporó. Justo a tiempo, pues oyó como su madre le llamaba para que le ayudara a llevar la leche recién ordeñada y corrió hasta donde se encontraban los caballos. Su padre debía de haber salido ya porque no le vio y al volverse hacia la yurta no se dio cuenta de que iba sonriendo mirando con orgullo como ésta permanecía bien fija a la tierra. Dejó los dos cubos junto a la puerta y entró para despertar a sus hermanos. Todavía tuvo que ir otras dos veces para cargar con más leche, acercarse al riachuelo, que ya bajaba escaso en esa época, y cargar con el agua que necesitarían  para el día. Se olvidó de rellenar las cisternas del lavabo y olvidó también llenar la tetera y ponerla a hervir. La cabeza la tenía ya en las ganas de montar  a su caballo antes de que el sol estuviera más alto y sobre todo antes de que su padre regresara y le tuviera que ayudar con los rebaños. Para cuando su madre se dio cuenta él ya cabalgaba veloz hacía el lago. Al llegar allí  cualquier duda y deseo de cambio se había desvanecido. Se sumergió en las aguas, heladas como siempre, y al salir le gustó comprobar que las nubes habían dejado paso a un sol capaz de calentarle.

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De regreso le pareció ver a lo lejos a tres jinetes que avanzaban torpemente. Luego les perdió de vista al subir la colina y se hubiera olvidado de ellos de no haber sido porque una hora más tarde estos estaban frente a él hablando en un idioma desconocido y bebiéndose el vodka que el abuelo reservaba para las grandes ocasiones. Notaba la excitación de su hermano pequeño, empeñado en subir y bajar del burro constantemente queriendo acaparar la atención de los forasteros. Eran tan blancos como la leche de yegua que les estaba sirviendo, la misma que había llevado esa mañana y había dejado al lado de la puerta y que ahora de pronto cobraba tanta importancia: ahí estaba él ofreciéndosela a esos extranjeros. Sin lugar a dudas aquello era por lo menos igual de excitante que si la yurta hubiera volado la noche anterior.

Desde que llegaron no habían dejado de fotografiarlo todo: al montículo de estiercol seco que utilizaban para hacer fuego, a los restos de lana del esquileo de hacía unos días, a los animales, al valle ya amarillento, al interior de la yurta,  pero sobre todo no habían parado de hacerles retratos a ellos. También sonreían, no había visto sonreír tanto a nadie, sobre todo ella. Pensó en que tendría que dolerle la cara y empezó a sonreír él también forzando su cara en una especie de mueca que a los ojos de la mujer resultaba graciosa. De pronto uno de los hombres se levantó y le colgó del cuello la cámara. Pesaba. Su primer gesto fue frotarse las manos en el pantalón y después cogerla con toda la delicadeza de sus trece años. Comprendió rápidamente el funcionamiento y  él mismo empezó a fotografiarlo todo: a su madre a lo lejos en señal de desaprobación mirándole, a su padre y al abuelo alzando el vodka, el gesto de triunfo de su hermano pequeño en el burro, los edelweiss  aplastados, al perro tumbado perezoso  y el gesto de envidia y admiración con el que le miraba el otro hermano. Luego rieron abiertamente, ya sin muecas,  con el resultado del perro dormido, la cara enorme del primer plano del abuelo, la figura borrosa de la madre, y la magnifica foto del niño azuzando al burro.  Aquello era sin lugar a dudas mucho más excitante que si la yurta hubiera volado la noche anterior.

Y se fueron. -Rachmat, rachmat-, les oyeron decir en un casi irreconocible kirguís. – My name is Eliart-, volvió a repetir él, en un inglés menos tímido que con el que se había presentado.  -Bye bye- dijeron a coro el grupo de niños, todos agolpados, tan pequeñas sus figuras, como queriendo formar un solo cuerpo que venciera a la vergüenza propia de sus años. Desaparecieron pronto tras el primer recodo del río. Luego la tarde trascurrió como siempre. Menos para él.

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Duracion del viaje: 10 días. Agosto 2014

La Ruta:Bishkek-Torre de Burana-Karakol.Karakol-Jeti Oguz Gorge-Kok-Jayik- Barskoon. Cañon Skazka- Lago Issik Kol.Glaciar Kok Soy.Kochkor- Lago Song Kol (dos noches).Lago Song Kol-Tash Rabat.Tash Rabat-Kazarman.Kazarman-Osh.

Moverse por Kyrgyzstan:para  la mayoría de trayectos hemos compartido taxi, la forma más extendida para moverse por el país. Para algunos  hemos contratado un coche con conductor/guia.

Alojamiento:siempre  con familias locales o bien en guest house o en yurtas en las zonas de  Song Kol, Tash- Rabat y en las montañas de Kok Joyik, ambas opciones te permitirán acercarte un  poco más a la cultura local y  comprobar la hospitalidad kyrguiza.

A destacar:De la ruta que hicimos  destacaría por la extraordinaria belleza de sus paisajes y gentes los siguientes sitios como paradas “obligadas” en un viaje: Jeti Oguz gorge, Kok-Joyik Barskoon y cañones rojos de Skazka en la zona de Karakol y el lago Issik-Kol, glaciar Kok Soy, Lago Song Kol y caravanserai de Tash Rabat.En cualquiera de estos sitios  hay trekkings de mayor o menor dificultad, la mayoria de ellos se pueden hacer por  tu cuenta si bien  para los de mayor dificultad es aconsejable contratar a un guia. Es interesante también intentar hacer alguna ruta a caballo principalmente en la zona del lago Song Kol. Destacar también el mercado de ganado de Karakol que se celebra los domingos y el mercado de la ciudad de Osh.

Información de interés:www.kyrgyz.net.my;www.kyrgyzstan.info; www.cbtkyrgystan.kg

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