Dudas en Song Köl. Kyrgyzstan

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My name is Eliart

Se levantó más tarde de lo habitual. El frío, pero sobre todo el viento, no le habían dejado dormir por lo que había pasado la noche fantaseando, entre el deseo de que algo extraordinario pasara y el miedo a que ocurriera realmente, con la idea de que la yurta saliera volando. Por supuesto ésta había aguantado bien las embestidas y nada parecía que hubiera ocurrido cuando a la noche le precedió una  mañana nublada. -Su padre, al igual que el padre de su padre y el padre del padre de su padre, sabían perfectamente lo que hacían- pensó, y se inquietó un poco por haber dudado de ellos. Movió la cabeza en señal de desaprobación tratando de despejar esos pensamientos y se incorporó. Justo a tiempo, pues oyó como su madre le llamaba para que le ayudara a llevar la leche recién ordeñada y corrió hasta donde se encontraban los caballos. Su padre debía de haber salido ya porque no le vio y al volverse hacia la yurta no se dio cuenta de que iba sonriendo mirando con orgullo como ésta permanecía bien fija a la tierra. Dejó los dos cubos junto a la puerta y entró para despertar a sus hermanos. Todavía tuvo que ir otras dos veces para cargar con más leche, acercarse al riachuelo, que ya bajaba escaso en esa época, y cargar con el agua que necesitarían  para el día. Se olvidó de rellenar las cisternas del lavabo y olvidó también llenar la tetera y ponerla a hervir. La cabeza la tenía ya en las ganas de montar  a su caballo antes de que el sol estuviera más alto y sobre todo antes de que su padre regresara y le tuviera que ayudar con los rebaños. Para cuando su madre se dio cuenta él ya cabalgaba veloz hacía el lago. Al llegar allí  cualquier duda y deseo de cambio se había desvanecido. Se sumergió en las aguas, heladas como siempre, y al salir le gustó comprobar que las nubes habían dejado paso a un sol capaz de calentarle.

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De regreso le pareció ver a lo lejos a tres jinetes que avanzaban torpemente. Luego les perdió de vista al subir la colina y se hubiera olvidado de ellos de no haber sido porque una hora más tarde estos estaban frente a él hablando en un idioma desconocido y bebiéndose el vodka que el abuelo reservaba para las grandes ocasiones. Notaba la excitación de su hermano pequeño, empeñado en subir y bajar del burro constantemente queriendo acaparar la atención de los forasteros. Eran tan blancos como la leche de yegua que les estaba sirviendo, la misma que había llevado esa mañana y había dejado al lado de la puerta y que ahora de pronto cobraba tanta importancia: ahí estaba él ofreciéndosela a esos extranjeros. Sin lugar a dudas aquello era por lo menos igual de excitante que si la yurta hubiera volado la noche anterior.

Desde que llegaron no habían dejado de fotografiarlo todo: al montículo de estiercol seco que utilizaban para hacer fuego, a los restos de lana del esquileo de hacía unos días, a los animales, al valle ya amarillento, al interior de la yurta,  pero sobre todo no habían parado de hacerles retratos a ellos. También sonreían, no había visto sonreír tanto a nadie, sobre todo ella. Pensó en que tendría que dolerle la cara y empezó a sonreír él también forzando su cara en una especie de mueca que a los ojos de la mujer resultaba graciosa. De pronto uno de los hombres se levantó y le colgó del cuello la cámara. Pesaba. Su primer gesto fue frotarse las manos en el pantalón y después cogerla con toda la delicadeza de sus trece años. Comprendió rápidamente el funcionamiento y  él mismo empezó a fotografiarlo todo: a su madre a lo lejos en señal de desaprobación mirándole, a su padre y al abuelo alzando el vodka, el gesto de triunfo de su hermano pequeño en el burro, los edelweiss  aplastados, al perro tumbado perezoso  y el gesto de envidia y admiración con el que le miraba el otro hermano. Luego rieron abiertamente, ya sin muecas,  con el resultado del perro dormido, la cara enorme del primer plano del abuelo, la figura borrosa de la madre, y la magnifica foto del niño azuzando al burro.  Aquello era sin lugar a dudas mucho más excitante que si la yurta hubiera volado la noche anterior.

Y se fueron. -Rachmat, rachmat-, les oyeron decir en un casi irreconocible kirguís. – My name is Eliart-, volvió a repetir él, en un inglés menos tímido que con el que se había presentado.  -Bye bye- dijeron a coro el grupo de niños, todos agolpados, tan pequeñas sus figuras, como queriendo formar un solo cuerpo que venciera a la vergüenza propia de sus años. Desaparecieron pronto tras el primer recodo del río. Luego la tarde trascurrió como siempre. Menos para él.

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Si quieres seguir viendo más fotos de Kyrgyzstan pincha aqui:

https://www.flickr.com/photos/99763510@N03/sets/72157648788881352/


Duracion del viaje: 10 días. Agosto 2014

La Ruta:Bishkek-Torre de Burana-Karakol.Karakol-Jeti Oguz Gorge-Kok-Jayik- Barskoon. Cañon Skazka- Lago Issik Kol.Glaciar Kok Soy.Kochkor- Lago Song Kol (dos noches).Lago Song Kol-Tash Rabat.Tash Rabat-Kazarman.Kazarman-Osh.

Moverse por Kyrgyzstan:para  la mayoría de trayectos hemos compartido taxi, la forma más extendida para moverse por el país. Para algunos  hemos contratado un coche con conductor/guia.

Alojamiento:siempre  con familias locales o bien en guest house o en yurtas en las zonas de  Song Kol, Tash- Rabat y en las montañas de Kok Joyik, ambas opciones te permitirán acercarte un  poco más a la cultura local y  comprobar la hospitalidad kyrguiza.

A destacar:De la ruta que hicimos  destacaría por la extraordinaria belleza de sus paisajes y gentes los siguientes sitios como paradas “obligadas” en un viaje: Jeti Oguz gorge, Kok-Joyik Barskoon y cañones rojos de Skazka en la zona de Karakol y el lago Issik-Kol, glaciar Kok Soy, Lago Song Kol y caravanserai de Tash Rabat.En cualquiera de estos sitios  hay trekkings de mayor o menor dificultad, la mayoria de ellos se pueden hacer por  tu cuenta si bien  para los de mayor dificultad es aconsejable contratar a un guia. Es interesante también intentar hacer alguna ruta a caballo principalmente en la zona del lago Song Kol. Destacar también el mercado de ganado de Karakol que se celebra los domingos y el mercado de la ciudad de Osh.

Información de interés:www.kyrgyz.net.my;www.kyrgyzstan.info; www.cbtkyrgystan.kg

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Profundidad en Cayo Coral. Panama

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Alicia submarina. 

Desde que llegaron tiene la costumbre de salir, un poco antes del amanecer, y caminar hasta el final del embarcadero. Luego, cuando todavía no hay luz, se zambulle y espera a que los primeros rayos de sol rompan las aguas y se queda rendida allí, flotando, hasta que comienza el espectáculo de colores y formas que crean los corales. Se lo han desaconsejado, no meterse en las aguas cuando todavía es de noche, pero aun así lo sigue haciendo. A veces nada un poco más y se va hasta la pradera de hierbas marinas donde no suele haber nada y, cuando cree que él lleva ya más que un tiempo razonable esperándola en el muelle, emerge y le sonríe, a modo de disculpa, con el aplomo del que sabe que siempre será perdonado. A esa hora la vida oculta ya ha alcanzado su máximo esplendor pero, pese a querer seguir un poco más de tiempo, sube hasta la plataforma. Él la espera con una toalla que la cubre el cuerpo por completo, una toalla que siempre tiene que ser blanca, por si alguna vez una estrella, un pez ángel o un dragón de mar se han quedado pegados a sus brazos o enredados en un mechón de pelo y hay una esperanza de devolverles al mar. Después se van juntos a desayunar al porche donde ya les habrán servido un jugoso plato de frutas, unos huevos de las gallinas que se pueden ver más allá del manglar y un café que siempre le parece el más delicioso que haya probado nunca. No intercambian muchas palabras; ha pasado ya mucho tiempo desde que se conocieron y se comunican mejor a través de largas miradas, medias sonrisas y algunas caricias ocasionales que a veces se convierten en algo que antes hubiéramos reconocido como un beso. Mientras desayunan pueden ver cómo, desde el horizonte, se acerca una bandada de pelícanos, los mismos, con toda seguridad, que los que como todas las mañanas van precedidos por las acrobacias de un grupo de delfines. Todo emerge en la superficie perfecto. ¿Es todo perfecto bajo la superficie también? Quizá. Otro día de cielo azul y fondo marino, algunas algas atrapadas en los pilares del palafito, peces caribeños, desidia. Dos cabezas sobresalen del mar en calma. Se sumergen una vez más y ven: ven los destellos que dibuja el sol en el fondo de arena, ven la llanura de hierbas salvajes a la que va ella cada mañana y donde en ese momento se cruzan unas crías de calamar con un grupo de damiselas, ven algas y anémonas y madréporas en los fondos de rocas poblados por fieras morenas, ven sus cuerpos mitad sumergidos, mitad al sol, ven medusas mortales, ven peces loro nadando en solitario, ven bancos de pequeños peces con nombres que desconocen y que parecen de cristal transparente, ven espacios abiertos sin praderas, sin rocas, sin coral, sin raíces del manglar, sin erizos, ni esponjas, solo bancos de arena vírgenes y, como suele ocurrir, no se dan cuenta de la felicidad que supone estar ahí flotando, respirando a través de un tubo, oyendo solo el ronroneo de su propia respiración, sintiendo como el sol les quema la espalda. Y se quedan buceando mucho tiempo por los jardines coralinos entre barracudas, peces globo, esquivos peces mariposa, espectadores mudos de una orgía de color y hermosas criaturas, intimidados por la presencia de un ocasional tiburón y otros monstruos perfectos. Sólo salen para decirse algo rápido y compartir la belleza de lo que están viendo, asegurándose de que el otro también lo ve, de que no hay engaño bajo las aguas. Hoy han ido un poco más allá que de costumbre. Ha debido ser culpa de una mantarraya que parecía distinta a las otras y volaba silenciosa un poco más por encima del fondo y, sin apenas ser conscientes, la han seguido. En su paseo por las aguas han aprovechado una corriente cálida y cuando se han querido dar cuenta y han emergido sus cabezas no había rastro de la isla. Lejos de alarmarse, han respirado varias veces y han decidido poner fin a la aventura y regresar a tierra. Antes de irse, deciden echar un último vistazo por si la mantarraya estuviera allí, cosa del todo imposible, y es ese último vistazo lo que lo cambia todo. Antes debieron emerger sus cabezas a tan solo a un metro de donde ahora se abre, como el abismo que es, un infinito agujero de un azul casi negro y de una profundidad inabarcable. Se miran turbados, no era esa la respuesta que tanto ansiaban pero, sin lugar a dudas, esa es la puerta y la sentencia que llevan tiempo buscando. Sin decir palabra vuelven nadando, esta vez hasta la isla. En silencio, pasan la noche contemplando el universo.cadiz_costa_rica-309

Al día siguiente, y por primera vez desde que llegaran a la isla, les podemos ver a los dos al final del embarcadero. Es más pronto que de costumbre, noche cerrada todavía, antes de ponerse las gafas y el tubo de esnorquel se besan sin mucho convencimiento. Después se ajustan las gafas, el tubo y comienzan a nadar. Una vez que encuentran la cálida corriente disminuyen el ritmo de la brazada y se dejan llevar. Hay que señalar que él es un afamado topógrafo marino y que no le es difícil encontrar ni la corriente que les lleve al atolón ni trazar líneas imaginarias en los cielos por muy oscuros que estén estos. Esa mañana el corazón se les acelera según son conscientes de que están llegando al abismo. Está amaneciendo cuando lo ven, una caída perfecta. Se quedan todavía desde la superficie contemplándolo, ella por un momento duda y no sabe si hubiera sido mejor haber seguido con su rutina diaria de seguridades e insatisfacciones. Él, por una vez en su vida, no deja entrever qué es lo que piensa y por una vez  ella se siente un poco desconcertada.  De nuevo, y en medio de ese absoluto, aparece esa sensación de desconocimiento mutuo en la que llevan instalados desde hace tiempo, sólo que esta vez no hay nada a lo que agarrarse, únicamente  una bandada de pelícanos, que descansan mecidos sobre las olas, y que ambos contemplan con nostalgia. Los dos se tumban entonces y dejan flotar sus cuerpos desnudos, empapándolos de la renacida luz solar, descansando. Se dan la mano. Las olas les separan o acercan según su antojo. Ellos se mantienen firmes y no permiten que el mar les aleje todavía. De pronto, cuando el sol está ya bastante alto y los pelícanos han iniciado su vuelo diario hacía el norte, lloran. Es un llanto inútil, allí con tanta agua y sal, pero son capaces de identificar cuáles son las lágrimas del otro mientras están allí abrazados a la deriva. Una última sonrisa, un último rayo de sol, una última mirada al abismo mientras están todavía a salvo, sólo observándolo. Por fin, un último aliento. La última respiración que hacen al unísono, mirándose esta vez a los ojos. Se sumergen. Imaginan lo que han visto tantas veces, la luz del sol violando las aguas, creando formas, y a medida que bajan se va haciendo más y más oscuro pero pueden todavía intuir como un grupo de mantas gigantes les sobrevuela, hasta que ya no podemos ver si siguen o no de la mano o por fin han tomado caminos distintos, tal vez seducida ella por algún pez abisal de extraña figura que le arrastre a los fondos inexplorados mientras que él ha preferido agarrarse al caparazón de una tortuga centenaria a la espera que algún día le saque a flote y aparezcan una noche en una playa remota donde ella desove mecánicamente. Quizá sigan terca e irremediablemente de la mano, contra natura, contra sus verdaderos deseos. Esperemos que no, aunque será imposible averiguarlo. Esta vez no emergen para preguntarles.

El tema musical que acompaña a este relato:

Información práctica sobre Bocas del Toro y Cayo Coral.

Cómo llegar:

Por carretera desde Cahuita, Limón o Puerto Viejo, en Costa Rica a través del paso fronterizo de Sixaola  https://lomejorestaporllegar.wordpress.com/2014/07/14/costa-rica-cruzar-la-frontera-de-costa-rica-con-panama-por-sixaola/

En avioneta desde San José: http://www.natureair.com/   Toda una experiencia.

Dónde alojarse:

http://www.coralcay.bocas.com/espanol/coralcay-indexesp.htm  Un lugar mágico

Qué visitar:

http://www.bocasdeltoro.com/esp

http://lui91s.angelfire.com/sendero.htm

http://www.bocasdeltoro.com/eng/site_contents/view/21

 

 

 

De lunes a viernes. Madrid.

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CERCANÍAS

Les veía llegar todas las mañanas, yo ya llevaba un par de minutos allí y estaba situada a la altura del andén desde donde me subía a la cabecera del tren pero ellos, como no se bajaban en la misma estación que yo, se quedaban un poco más atrás. A mí, ella me ponía mala porque siempre llevaba el mismo corte de abriguito que le llegaba por las rodillas. Unos días era negro, otros gris e incluso se atrevía con uno rojo, pero lo habitual era el negro. Primero ella con el abriguito y luego él como a un paso de distancia de ella. Siempre. A él no le veía hablar. Ella, por el contrario, no paraba de hacerlo pero yo no les podía oír y dudaba mucho de que él lo hiciera porque siempre le veía yo cabizbajo e intuía desde mi posición, su cara de resignación. Pero claro, solo lo suponía, pensaba: “el pobre tipo este es un “loser”. Además, ella le sacaba la cabeza, lo que acentuaba su manifiesta superioridad. Por fin un día me atreví a acercarme. Estaba convencida de que ella no paraba de regañarle y cuando estuve a su lado y la oí decir: “Y LUEGO A LAS 10 QUE NO SE TE OLVIDE LLAMARME”, sonreí para mis adentros y me compadecí del tipo. A partir de ese día me quedaba muy cerca para escucharla. Era todo agresividad. No levantaba nunca la voz; todo lo decía en un tono contenido pero cortante. La cara siempre de eterno cabreo, con el ceño fruncido que se resaltaba aún más porque llevaba un corte de pelo estilo Cleopatra, con esa cosa que me ponía también enferma en ella: el flequillo. El tren llegaba, me subía y, si el azar no nos juntaba, hacía todo lo posible por aproximarme a ellos y escuchar:

– Al final no pudiste con ello. Claro, no me sorprende pero me decepciona.

Él con la vista en el suelo trataba de justificarse.

– Si me dejaras explicar queeee…

-Las explicaciones sobran. Eres el rey de las excusas. Madura, por favor, madura.

Yo pensaba que tenía que ser una tortura empezar así el día y que probablemente él fuera de los únicos en ese vagón que estuviera deseando trabajar. Luego llegaba a mi estación, dejaba de imaginarme sus vidas, y no me volvía a acordar de ellos hasta el día siguiente y, mientras escuchaba su monólogo humillante, mataba yo el tiempo hasta llegar a mi destino.

Sucedió en uno de esos días en los que llevábamos bastante retraso. Esa mañana las críticas no iban  sólo dirigidas a él; ella se quejaba de la cada vez mayor impuntualidad y de que el tren avanzara dando frenazos.

– No puedo más. Cada día peor. No hay quien aguante esto. Serán sinvergüenzas. Como esto no cambie voy a empezar a ir en coche y así además no tendré que olerles. Qué horror de gente, qué mal huelen. Si al menos pudiera ir sentada no tendría que tocar estas barras asquerosas, pero claro con la poca frecuencia de trenes que hay, vamos aquí apelotonados. Uff, no sé cómo puedes quedarte ahí sin decir nada la verdad.

Entonces un frenazo más brusco que los demás hizo que casi todos nos fuéramos al suelo. Ahí fue cuando mantuvimos contacto visual por primera vez. Me recorrió un cosquilleo por todo el cuerpo y, días más tarde, cuando él me confesó que le ocurrió lo mismo, el cosquilleo se hizo crónico. A partir de ese momento ya no me olvidaba de ellos al llegar a la estación de mi destino.

Él empezó a levantar la cabeza del suelo y a sonreírme. Uno de los días, aprovechando un descuido de ella, fue él quien se atrevió esa vez y, como pudo, deslizó en mi bolso un papel con su número de teléfono. No ponía su nombre. Esa misma mañana le llamé. Sabía perfectamente que debía hacerlo en horario de oficina cuando estuviera a salvo de ella. Quedamos en vernos y comer ese mismo día en el centro. Ese día confirmé mis sospechas de su vida imaginada. Nos enamoramos en la conspiración y en torno a su figura. Empecé a verla menos alta y menos guapa.  Hasta el abriguito dejó de importarme.

Ya han pasado más de tres meses desde que nos deshicimos de ella, a la vista de todos, en la estación de trenes. Nuestro plan de que pareciera un fatal accidente no pudo salirnos mejor. Las primeras semanas fuimos libres, casi felices. Sin embargo, desde hace unos días, hemos empezado a echarla de menos, sobre todo yo, o quizá yo únicamente. Me he dado cuenta que desde el lunes no paró de observar a un rubia, coleta tirante, frente despejada y que pese a llevar distintas bailarinas que combina día sí y día también con distiiiintos pañuelitos con los que se protege del gélido aire acondicionado, le saca un palmo al pobre hombre que, con la mirada clavada en el suelo, camina a su lado. Suspiro y me digo a mi misma que de mañana viernes no pasa que me acerque a ellos.

Abandono en Edimburgo. Escocia

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Returning

Sala The Liquid Room, Edinburgh, sábado 7 de noviembre de 1998, media noche, entonces todavía no lo sabíamos, pero ese sería nuestro último concierto. El ambiente está pegajoso, cuerpos sudados y alcohol, a veces me parece ver como gotitas suspendidas en el aire, no la concentración de humedad que se produce por la condensación de aire, la gente dando botes, la adrenalina disparada. No, no es eso. Son gotas ahí suspendidas que están por todas partes entre la gente y los focos, que es lo único que veo desde el escenario, y que al final chocan entre ellas o son absorbidas por los cuerpos, un verdadero flipe. Estoy viéndolas ahora, concentrado en ellas, cuando los teloneros terminan los bises y salgo de mi ensimismamiento. En media hora máximo saldremos, pero hasta entonces veo el espectáculo demencial de verles precipitándose, como una manada sedienta, hacia la barra. Me termino el gin-tonic de un solo trago y subo. Se produce lo que es para mí el mejor momento: la sala en negro, silbidos, excitación, la luz de los focos en los bajos del escenario que ilumina y distorsiona nuestros cuerpos. Hoy, pantalón negro, jersey de cuello alto negro y chaqueta negra, el pelo ligeramente largo con el flequillo cayéndome a un lado, a contracorriente de lo que ahora llamamos tendencia.

Empezamos a tocar y, como siempre, a los diez segundos, mientras el escenario se ha ido iluminando, me doy la vuelta. Eso ha puesto de acuerdo a todos: al público, a la critica, a los de la discográfica, les encanta porque me paso inamovible las dos horas del concierto. Y eso les provoca, ven en ello un acto de rebeldía y diferentes interpretaciones que ayudo a alimentar en las entrevistas: protesta, genialidad, pose fingida, sello de identidad, tonterías diversas, cuando la realidad es que toco de espaldas para no ver las jodidas gotitas formándose y estrellándose en una secuencia sin fin, pero sobre todo para no verles a ellos, sus rostros deformados, fundiéndose los unos con los otros terminando en un solo rostro feroz.

El concierto transcurre como de costumbre, al único que veo es a Jimmy, a la batería, en su posición semiescondida que tanto envidio, de reojo intuyo a Nick, el bajista, nunca hemos tenido buena relación y reconozco que la culpa es mía, me encargo demasiadas veces de recordarle su poca importancia en el grupo, su falta de talento. Hoy a la segunda guitarra Wayne o ¿es Mark?, no sé, músicos gregarios ocasionales a los que a menudo también desprecio y, al que oigo pero no veo y a la vez le veo en mi cabeza, Jarvis, moviendo la cadera, movimientos sensuales, otra seña de identidad del grupo para nuestros incondicionales. Ahí están los incondicionales, moviéndose como Jarvis, imitando nuestros gestos o la ausencia de ellos, nuestra ropa, nuestros pensamientos, no me hace falta darme la vuelta para saberlo. Cuando ha pasado más de medio concierto y en los primeros compases de nuestro primer éxito, me doy cuenta de que el segundo guitarra ha dejado de tocar y que Jimmy, suspendida como las gotas, sujeta la baqueta, el  brazo en alto, Nick también se para pero Jarvis sigue cantando “Heroes and Killers” con rabia casi a gritos y yo sigo tocando unos segundo más. El público ha enmudecido. Entonces por fin me doy la vuelta.  Una masa de gente me da la espalda, todos quietos, Jarvis moviendo la cadera sigue chillando “no one wants to be a hero oh, oh oh …” el resto de la banda los contempla. Me quito la guitarra y de un salto bajo del escenario y me mezclo con ellos. En silencio empezamos a abandonar la sala. A la salida las gotas han comenzado a disiparse.

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Información sobre el festival de Edimburgo y algunas salas de conciertos :

http://www.liquidroom.com/

http://www.thebongoclub.co.uk/

https://www.facebook.com/mamaco.thepicturehouse

http://masedimburgo.com/guias-de-edimburgo/el-festival/

 

 

 

Adiós Capitales de Provincia. España

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Dos minutos diez

Voy corriendo hacía el final de la calle, hacia el mismo sitio donde quedábamos siempre, donde siguen los tres árboles, los únicos que había, la cabina de teléfono, ahora muerta, y un par de bancos de granito que alguien puso allí de cualquier modo. Acabo de pasar la tienda de ultramarinos, cerrada desde hace tiempo, sobres de peta-zeta, regalices,fosquitos, junto a los sacos de legumbres y los botes de colón, acelgas, jamón de york, atún en conserva, el olor a bacalao seco y salado que impregnaba la tienda ¡buen genero señora! el Señor Sebas sigue diciendo en mi cabeza. Creo que ni entonces llegaba hasta aquí en tan poco tiempo. Tengo la impresión de que hoy lo he hecho en apenas unos segundos y todo, todo porque ya has llegado y tengo unas ganas locas de verte. Y pasada la tienda, donde antes solíamos vernos porque hay un falso callejón, he mirado de reojo y me ha parecido que todavía seguíamos allí los dos jugando, cambiándonos cromos, las bicis tiradas en el suelo, aburriéndonos a la hora de la siesta primero para después fumar nuestros primeros cigarros y pensar en salir de allí, pensar en aquel futuro que entonces quedaba tan lejos. Y ya lo vas a ver, nadie ha invertido en la calle, parecería la misma si no fuera porque no hay ni rastro de la gente de antes, claro tú no estabas cuando Raúl y Candi se marcharon ni Merche que también se fue, ni Felipe que murió y del que no quiero acordarme, y Juan Antonio, nuestro eterno enemigo, el único que al marcharse me alegré, el barrio le parecía poco, todos le parecíamos poco, éste que nunca se juntó con nosotros de niños y en los primeros años de nuestra adolescencia siguió con aquella actitud chula y distante, y tú y yo cuando le veíamos pasar, sus manos en los bolsillos del pantalón de pana fina, riéndonos de sus andares de quien te perdona la vida, a éste me lo imagino también ahora, como tú y yo, pasados los cuarenta.

Ya casi llego pero note veo, tengo que enseñarte esto, justo aquí al otro lado de la acera, donde, a falta de aerosoles, grabábamos como podíamos, y aquí siguen desfigurados y sin color nuestros nombres, citas, restos de calcomanías, en estos tablones de madera que ciegan el local que nunca he visto alquilado, siempre cerrado y mal tapiado como un siniestro adelanto de lo que le iba a suceder a la calle y a todo el barrio. Ya lo vas a ver, todo casi cerrado, ni droguería, ni la pescadería de la Nati, cerraron hasta la farmacia y solo ha sobrevivido el bar, ya decrepito entonces, y la vieja frutería, los herederos la han conservado, y como entonces la fruta mala, picada y cara y el pan seco. También han muerto los viejos, que ya eran viejos entonces, pero los de ahora casi no salen a la calle. Y seguro que te acuerdas de Alfonsita, siempre sola y de charla con los vecinos desde la ventana de su casa o sentada al atardecer de los veranos en una silla que sacaba al portal de su casa, ese portal oscuro de nuestros primeros besos. Sus hijos emigrados que llegaban los veranos y repartían chocolatinas y Alfonsita,tan buena, que todos los años nos guardaba el chocolate suizo solo a nosotros dos, aquellas meriendas de invierno en el cuarto de estar de su casa cuando al chocolate le había salido una capa blanca y estaba un poco raro. Todo esto también cerrado. Llego jadeando y sudado a la puerta de la que era tu casa, ¡Dios cómo me gustaba el olor de nuestros cuerpos sudados!, de olor a juegos de la calle primero y luego de olor del primer amor más deseado. Y me veo sentado, temblando, en el escalón del portalón  de la planta baja de tu casa, donde la mayoría de las veces te esperaba. La única casa que me hubiera gustado permaneciera igual, que se hubiera cerrado con todos nuestros encuentros dentro y recrearme abrazado algún día en ella. Siempre esperé poder comprarla o que tú la recuperaras y ver nuevamente tu habitación, la colcha de cuadros  y en donde estuvo el del sistema solar, el póster de los Smiths, y  en la vieja estantería que ocuparon los cubos de soldaditos de nuestra infancia  puedo ver  como se caen ahora los cassetes que, apilados en inestables torres, terminaban desparramados por el suelo,  y  puedo oir a tu madre gritándonos que qué hacemos, que bajes a cenar ya, tus padres que nunca me invitaban a quedarme,supongo que sospechando. De las pocas casas que alguien compró, de las pocas que siguen habitadas. Me freno en seco y te veo. Han pasado casi veinticinco años. A mitad de curso, sin aviso, a tu padre le traslada el banco o eso nos dicen,creo más bien que alguien les ha debido decir algo, alguien nos ha visto o intuye o que se yo, pero te vas, y a tu padre, le estoy viendo ahora, con sus ojos de asco mirándome el último día que me paso a buscarte y, te has ido, me dice, para no volver. -“Adiós”-.  y cierra el portalón. Adiós a todo sin más, sin despedidas, sin promesas. Me quedé allí gritándole a tu viejo que me diera un teléfono, una dirección y lo vi por última vez en el balcón escupiéndome su odio:-¡Cállate maricón!.

Hasta hace un par de días que me has llamado y he venido corriendo olvidando el silencio de todo este tiempo. El tiempo, Héctor, que te ha tratado mal, no veo ahora por ninguna parte ni el pelo largo ni tu cuerpo atlético, ni tu sonrisa franca, nada de él de entonces. El tiempo tan injusto. Estás incómodo, tenso, en tu mirada hay vergüenza y tristeza. A tu lado, Juan Antonio, mirándome con cara de triunfo e igual que antes, con las manos en los bolsillos, desafiante. Y no puedo adivinar que me dice su mirada y me doy cuenta de que no me importa. Cojo aliento y pienso que ahora sí va a ser la última vez que nos veamos y sigo corriendo calle arriba.

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Quizá escucharon juntos algunos de estos  temas:

 

 

Una playa sin nombre en Catemaco. México

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Chamanes

Toda la humedad del mundo parecía concentrada esa mañana en las afueras de Catemaco. Sudaba, no había parado de sudar en toda la noche y ni el amanecer me había dado una tregua que pudiera refrescarme. Por eso, decidí que tal vez cerca del mar me encontraría mejor. Corrí hasta la calle donde me dijeron que salían las rancheras con dirección a la playa, pensando que llegaba tarde pero, una vez allí, vi que sólo dos mujeres indígenas estaban ya dentro del coche. Le pregunté al conductor sobre qué hora nos iríamos y sólo me respondió con un subir de hombros y un definitivo “cuando se llene el carro”, algo que yo ya sabía, pero que no dejaba de preguntar nunca. Las mujeres me hicieron una señal para que pasara dentro y me sentara con ellas. Les dije que no, que el calor era sofocante y que mejor esperar fuera hasta que saliéramos o que incluso podría ir en la parte trasera que estaba al descubierto. Fueron ellas entonces las que me dieron un “no” rotundo e insistieron en que pasara dentro. No me quedó otra que hacerles caso y esperar en el coche hasta que, pasada una hora, la ranchera, que había casi triplicado su capacidad, arrancó. Afortunadamente, ninguno de nosotros llevaba grandes bultos, yo ninguno, y ellos sólo pequeños paquetes o atillos tradicionales que no me dejaban ver su contenido. Pensé que era imposible que aquella masa se pusiera en marcha, pero lo hizo.

Avanzábamos lentamente. Apenas me podía mover, parte de mi cara la llevaba pegada a la ventanilla y me costó poder encontrar una postura un poco más cómoda. De todos modos, le estaba muy agradecido a la mujer que me había sugerido que ocupase ese lugar y no quería ni imaginar lo que hubiera sido ir en el centro aplastado entre los cuerpos. La parte trasera al descubierto tampoco era el lugar fresco y cómodo que yo había imaginado: polvo, bichos y baches lo convertían en el peor de los tres espacios.

En cuanto dejamos el pueblo y tomamos el camino de tierra, la vegetación se hizo más densa y la amalgama de verdes sólo se rompía por el destello espontáneo de una flor o de algún árbol ya muerto y descompuesto. No parecía haber más vida que la del verde implacable. Hasta que empezaron las paradas. No es que bajara ni subiera nadie más. Los habitantes de la ranchera permanecíamos en nuestras posiciones. De la nada empezaron a surgir entonces gentes que intercambiaban, tanto con el conductor como con los ocupantes,  correspondencia, tortillas, materiales de repuesto por todo tipo de aceites y ungüentos. Alguien intercambió un pez por unas hierbas secas, una botella de tequila por unas ramas y un par de plumas de un colorido imposible. El contenido de los bultos, desconocido hasta entonces, me fue poco a poco desvelado conforme íbamos avanzando y el olor dulzón de los aceites y flores secas fue apoderándose del espacio como si de un pasajero más se tratara. El coche permanecía siempre detenido durante ese mercadeo pero nadie bajó nunca del auto, y siempre, no me explico cómo, conseguimos arrancar y proseguir el viaje. En algún momento debí de quedarme dormido porque un pellizco en mi mejilla me sacó violentamente de mi ensoñamiento. “Hormiga”, dijo la mujer, y a continuación “muerden”. No me habían vuelto a hablar hasta que me obligaran a sentarme con ellas, y a partir de ese momento no es que lo hicieran mucho más, pero si se sorprendieron de que, llegados a lo que parecía un edificio, que desentonaba por completo en aquel  entorno, una de ellas me ordenara:

– El señor se baja aquí.

-¿Es esta la última parada, la de la playa?

-No, esta es la estación biológica, su parada.

-¿Estación biológica?

-Sí, sí, su parada. El señor es biólogo ¿verdad?- Intervino otra de las mujeres.

-No, no, no lo soy, sólo estoy aquí de paso y voy camino a la playa para . .  .

-No puede ser mijo, por fuerza usted tiene que ser biólogo, como todos los demás.

– Todos los gringos lo son.  Biólogos y solteros. Sentenció alguien.

– ¿El señor es casado?

Ummm, no . . . pero qué mas da!  Pero sí, soy soltero…

– ¡ Ándale ya le decía yo!

-Y si no es biólogo ¿qué hace usted aquí?- Me preguntó de nuevo la mujer .

– Voy a la playa, a refrescarme. Me dijeron en el pueblo que era un sitio agradable.

– ¡Joven, creo que usted anda equivocado de carro!-  Me aclaró el conductor que no había abierto la boca hasta entonces.

– ¿Pero no había dicho que esto iba allí?

–  Y así es, pero para la playa cercana al pueblo era el otro carro el que ya había salido.

– ¿Pero va, o no va, usted hasta la costa?

–  Afirmativo joven, nos demorará un poco más pero playa hay al final, descuide.

– Arranca pues, Manuel, que se nos va ir la mañana.- Le ordenó el viejo que había estado hasta entonces callado, para a continuación preguntarme:

_ ¿ Y de dónde es el joven?

– De España

– ¿Y ha venido desde allá tan lejos para venir hasta acá a la playa?

– ¿En avión?- dijo uno de los niños.

_ ¡Órale, no mareen al joven!

– Ando visitando su país, sin más . . .

– Ustedes los gringos que pueden, eso de viajar. ¡Eso sí es hermoso! Acá también lo hacemos, no se crea, siempre cerquita pero viajamos en las fiestas, a ver a los parientes sobre todo. Pero los jóvenes ¡esos sí son como ustedes! sobre todo los que se han ido a los Estados Unidos, pero a veces muchos ya no vuelven, se olvidan de la tierra.

– ¿Emigran mucho en esta parte también?

– Pues claro, la cabeza se les llena de América, acá no hay donde trabajar y la violencia es cada vez mayor. Uno de mis hijos ya marchó hace tiempo, en California anda . . . sin verle lo menos ya diez años, pero nos ayuda de cuando en cuando. En eso los mexicanos no olvidamos a nuestros padres y hermanos. Otro no lo consiguió y se quedó en el Distrito Federal que encontró algo allá. Sólo mis hijas se han quedado. Trabajar el campo es duro y por eso marchan.

– ¿Y hasta cuándo se queda por aquí?- preguntó otra de las mujeres.

– Marcho ya esta noche para Chiapas, si es que no me equivoco de auto.

El silencio volvió de nuevo a nosotros. No se oía respirar a nadie, como si con eso tratáramos de aligerar el peso. Sólo se oían los amortiguadores del coche y el ruido descafeinado del motor que parecía a punto de rendirse.

En el último trayecto por fin se fueron bajando algunos pasajeros que me desearon un feliz viaje y la ranchera me  pareció volar en los últimos quince minutos. Había pasado una hora y media larga cuando llegamos.

– Ahorita sí. Ahí tiene la playa, un poco más adelante. Me disculpe la demora y el malentendido.

– Claro, no se preocupe.

La mujer  que me ordenara sentarme comenzó a deshacer el nudo del atillo y, casi sin voz, me dijo:

– Esto . . . me va a permitir una última pregunta,  ¿el señor a qué se dedica?

–  Soy  informático.

-¿Cómo dice?

-Profesor. Profesor de informática. Computadoras.

Con asombró abrió sus ojos oscuros y sacó por fin de entre las telas unas frutas que puso en mis manos y un cordón del que pendía una piedra y que ceremoniosamente me colgó al cuello :

-Tome  unos tamarindos, le vendrán bien con este calor. Y asegúrese que la piedra esté en contacto con su piel, le protejera en el camino . . . y . . . y la próxima vez, la próxima vez venga a visitarnos con más tiempo. ¡ Y nomás hágase biólogo, es más lindo!

Para saber  más sobre los Tuxtlas y Catemaco:

http://laotraopcion.com/tuxtlas

http://www.mexicodesconocido.com.mx/catemaco-veracruz.html

http://www.catemaco.info/s/brujos/

http://www.ibiologia.unam.mx/tuxtlas/tuxtlas.htm

 

 

Fin de Fiesta en Madrid. Relato urbano.

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Yes, I Am Blind

Remuevo con rabia el café. Son casi las siete de la mañana y estamos allí, cerca de Quevedo, en un bar de taxistas o, ¿es en otro bar cerca del antiguo cine Bogart? ¡Qué mas da! Sea como sea, no debería ser así. Hemos bajado o hemos subido por Gran Vía, eso sí. Lo sé porque todavía puedo sentir clavadas las miradas  de los vagabundos del Teatro Capitol. No ha hecho falta que nos maldijeran por no dejarles dormir; ya lo decían sus ojos.

Tú me dices: “te he rescatado”, pero la verdad es que me has sacado de allí a la fuerza, a rastras, y nadie parecía darse cuenta. ¡Qué triste! Todos allí a lo suyo, iluminados por reflejos dorados, todos tan guapos y sexys. Sin ni siquiera hablarse. Bailando el que parece ser el mismo tema durante una noche eterna.  Difuminadas nuestras vidas a esas horas.

Y de pronto aquí, removiendo el café con este ruido de fondo de cucharillas que chocan contra los diminutos platos de la barra donde currantes y nocturnos  piden a gritos un pincho de tortilla, otro botellín o una copa de coñac. ¿Por qué no me has dejado seguir bailando? Tratando de protegerme de no sé qué -tú me dices que de mí- pero yo no me tengo miedo. ¿Y para qué? Para traerme a sitios como este, tan sórdidos y reales, donde la gente huele, el bar huele, todo huele y todos tienen sus pies en contacto con el suelo y, sin ni siquiera acercarme demasiado, puedo ver su piel cansada y sus ojos vencidos por el amanecer y eso me deprime tanto que te grito: “¡Vámonos!” y salimos del bar con mi café intacto y de pronto te pones furioso porque crees haberme visto tontear con otro, aunque . . . sí, me giro y, sin pensármelo, le toco el hombro, dos veces rápidas, a un cualquiera, y al darse la vuelta, me humedezco el labio superior y tú tiras de mí y corriendo nos  metemos en el coche, matrícula cuerpo diplomático. ¡Joder!, reconozco que me has impresionado con eso de aparcar donde y como quieras, aún no sé cómo tus padres te lo dejan, y salimos de allí con los ojos envidiosos de los otros clavados en los nuestros y eso me hace reír, y te digo: “Menudos gilipollas sin coche.” y me río aún mucho más y, ahora, porque te veo desquiciado. Y decides, sin preguntarme, pasar la mañana en el Parque de Atracciones pero, es demasiado pronto BOOOBO, pienso, aunque esta vez no lo digo.

No hay tráfico en Madrid un domingo por la mañana. Sólo secuencias de semáforos en ámbar y verde y edificios que conforme dejas el centro se vuelven más feos. Bloques inmensos de ladrillo, con ropa tendida en las fachadas y muchas persianas bajadas. Llenos de gente anónima descansando tras esas persianas sucias. Ajenos a mí rabia. Levanto un poco la barbilla en señal de desprecio, aunque envidie el calor de sus sabanas, y enseguida me olvido de ellos.

Foto de Gloria

Al llegar, E-VI-DEN-TE-MEN-TE, está cerrado y parecemos dos locos frente a la puerta, los dos tiritando y yo además  muerta de hambre. Vuelta al coche y a esperar en el parking. Cierro los ojos y me imagino entre ellos, bailando y difuminada, entre luces que impidan saber qué hora es realmente. No sé cuándo, pero te debiste ir y has vuelto. Tienes algo de comer en tu manos y me lo acercas a la boca y yo lo doy bocaditos y luego te doy bocaditos a ti, hasta que nos besamos con nuestros dientes castañeando, tac-tac-tac-tac y estoy a punto de no decirlo, pero lo hago:”But in my sorry way I love you.” y tú me muerdes la lengua.  Por fin, a las doce, abren. Riadas de niños se agolpan en la puerta, los vemos a través del parabrisas de la mano de sus padres y de hermanos mayores que ya no quieren estar allí. Llevan guantes de lana, me imagino que pican, que se los terminarán quitando y perderán alguno que luego alguien verá como un guante huérfano y pisoteado. Puedo incluso oír sus risas, pequeñas voces diminutas como ellos, oler su excitación, tan lejos de mí, inocentes y puros. Sin girarme te pregunto, “¿hemos dormidos algo?” y asientes muy lentamente y, sin mirarnos, arrancas el coche y conducimos de vuelta a casa, Morrissey como música de fondo, los dos callados. De repente no nos parece tan divertido pasar la mañana en la montaña rusa.

 

Para escuchar el tema de Morrissey que inspira y da título a  este relato pincha aquí:

 

 

 

Renacimiento en Dublín. Irlanda

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Febrero se desvanece

Subíamos por Drumcondra y luego enlazábamos con la Swords Road donde, a unos quince minutos del centro, tenía su casa, en un barrio de clase media-alta dublinés un poco venido a menos. La primera vez que hice el trayecto desde Grafton hasta allí subida en un Rover descapotable en pleno mes de noviembre estuve todo el camino cruzando los dedos por no encontrarme a nadie. Hubiera sido difícil porque llevaba poco tiempo en la ciudad, pero con estas cosas nunca se sabe y todo era posible, un encuentro, qué se yo, con alguno de mis estrenados compañeros de trabajo o con alguna de las freaks con las que vivía. Lo hubieran flipado. Luego me acostumbré al feo Rover descapotable y me traían sin cuidado las miradas de la gente. En él llegábamos a su casa donde descorchaba botellas de vino Faustino VII para mí con un sacacorchos eléctrico que apenas dejaba emitir el sonido  seco  del vino liberado. Le veía tan ilusionado y contento con sus botellas de Rioja, que brindábamos hasta altas horas de la noche sin atreverme a decirle que a mí el vino no me gustaba mucho y que de lejos hubiera preferido una buena cerveza o, ya puestos, un buen whisky de malta. Luego abría la ventana y tiraba las botellas. Yo cruzaba los dedos esa vez para que las botellas no se estamparan contra la pared y siempre funcionó porque todas aquellas noches que pasé con él cayeron del otro lado. Mañana- reía- saldremos a recogerlas.
Nos habíamos conocido en el Doyle’s, bailando a los Alabama 3, me vió de lejos  y le gustó mi estilo. Yo le ví llegar hacía mí y me gustó el suyo, así que, antes de que dijéramos una palabra, estábamos allí bailando “Woke Up This Morning”, felices e inconscientes. Nos quedamos hasta que cerraron y después fuimos caminando hasta el Ha’penny Bridge y estuvimos un buen rato viendo como bajaban las aguas del Liffey, mansas y negras. Me decía que la visión del río le llenaba de energía y que de vez en cuando se acercaba hasta allí a contemplar el paso del agua hacía el mar. A mí, ni que decir tiene, me pareció estupendo como todas las cosas que me estaban pasando esa noche y no me importó estar allí en silencio, meciendo nuestros ojos al ritmo de la corriente. Hasta que la humedad y el frio le obligaron a llevarme a su casa, que tenía calefacción, muebles conjuntados, cocina independiente y un sinfín de comodidades de las que los recién llegados a Dublín no disponíamos. Aquello terminó de convencerme.
A la mañana siguiente de nuestra primera noche juntos, recogimos un par de botellas del otro lado y nos fuimos a comer risotto a un restaurante donde el chef le llamaba por su nombre y en el que el vino italiano esta vez nos sumió en una primera dulce embriaguez a la que le sucederían otras muchas. Durante aquellas semanas de paseos diurnos en el descapotable conocí lo mejor de la vida dublinesa: brunchs en Malahide o Ballsbridge, que contrastábamos por las noches en lo más bajo de Summerhill y Tallaght, con infinidad de pintas en pubs y garitos en los que también le llamaban por su nombre y en los que, como siempre, me presentaba como “my beautiful pet from the south”. Lo pasábamos en grande. Lo pasé como nunca. Todavía hoy  al llegar Halloween me quedo en casa y no salgo, porque sé que es insuperable la sensación de estar agazapados detrás de un coche mientras los vecinos de calles, de las que nunca supe el nombre,  se disparan fuegos artificiales y nos ignoran por completo. Juntos oyendo el silbar de la mecha, oliendo la pólvora e  intuyendo su trayectoria. Muy muy cerca de una tragedia pero más lejos aún de la muerte. Una explosión final, los fuegos de colores iluminan nuestras caras.

Hasta que llegó el primer fin de semana que no estuvo. Ese sábado llamaron a la puerta de mi apartamento y un hombre me entregó un paquete que venía de su parte. Casi no podía abrir la caja. Los dedos se me habían entumecido por los nervios y, cuando por fin lo logré, rasgué con violencia el papel de regalo y pude ver una caja de colores en verdes fluorescentes, azules eléctricos, rojos y amarillos chillones, en la que se podía leer: “The Amazing Life, Sea Monkeys”.  Contenía unos psicodélicos sobrecitos y una diminuta pecera alrededor de la cual unos dibujos de unas formas no identificadas sonreían. Seguí leyendo: “The sea monkeys and their ship of hidden treasure” y seguí mirando embobada los dibujos del cofre de monedas por donde se colaban los sea monkeys y donde, unos pulpos de color rosa los mecían en posiciones inmóviles con sus tentáculos de cartón. Luego lo abrí y cogí el también minúsculo  libro de instrucciones donde explicaban qué era aquello  del maravilloso y alucinante mundo de estos seres, de cómo tenías que devolverles a la vida y cuidarlos. Era febrero, llovía y el agua golpeaba los cristales. Tenía la pequeña caja de su juguete fetiche en mi regazo, sufrí un desvanecimiento y en cuanto volví a mi realidad vacía de Blessington Street, abrí los sobres y devolví a la vida a aquellas extrañas criaturas. No debí hacerlo. Nada salió bien desde entonces.
Seguimos quedando y a simple vista nada había cambiado. Viajamos a Derry y Belfast, a Mayo y Donegal, -siempre al Norte, Pet-, me decía, pero nada volvió a ser lo mismo. Ni siquiera vino a conocerlos. Yo le contaba cómo iban creciendo, muriendo, como pensaba que de un día a otro habían desaparecido y que de pronto, zas, de nuevo aparecía un transparente y nada chillón sea monkey en la pecera y cuando creía que no lo estaba haciendo bien me tranquilizaba con un -ya aparecerán- que siempre resultaba cierto.

sea monkeys

Luego ocurrió todo una tarde, todo a cámara lenta. Por un momento desconecté y dejé de oírle. Estaba deshaciéndose en explicaciones que yo no le había pedido mientras que en la tele del salón de su casa, con el volumen quitado, una mujer con un crucifijo gigante al cuello acaparaba toda mi atención. No quería escucharle. Recuerdo levantarme y dejarle con la palabra en la boca y decirle: -No quiero ser tu amiga- e irme. Las lágrimas corrían por mi cara y por primera vez me volví a casa en autobús. Cuando llegué, había anochecido.Cogí los sea monkeys y me dirigí al final de la calle, una calle fea y fracasada por la que un 16 de junio de 1904 pasó rápidamente un coche fúnebre que no se detuvo en el jardín humilde y precioso que hay al final de la misma y al que no pudimos ir nunca juntos. Salté la verja y, sin saber cómo, estaba ya del otro lado sentada en el suelo junto a la casita que me hacía recordar a Hansel y Gretel. Allí me despedí de ellos. Estuve a punto de dejarles en el estanque pero decidí, casi en el último segundo, que se fundieran con la tierra y romper de ese modo con su estado latente, que no pudieran eclosionar más, que descansaran para siempre. Nunca me arrepentí de ello.

 

Woke up this morning pinchando aqui: