Fin de Fiesta en Madrid. Relato urbano.

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Yes, I Am Blind

Remuevo con rabia el café. Son casi las siete de la mañana y estamos allí, cerca de Quevedo, en un bar de taxistas o, ¿es en otro bar cerca del antiguo cine Bogart? ¡Qué mas da! Sea como sea, no debería ser así. Hemos bajado o hemos subido por Gran Vía, eso sí. Lo sé porque todavía puedo sentir clavadas las miradas  de los vagabundos del Teatro Capitol. No ha hecho falta que nos maldijeran por no dejarles dormir; ya lo decían sus ojos.

Tú me dices: “te he rescatado”, pero la verdad es que me has sacado de allí a la fuerza, a rastras, y nadie parecía darse cuenta. ¡Qué triste! Todos allí a lo suyo, iluminados por reflejos dorados, todos tan guapos y sexys. Sin ni siquiera hablarse. Bailando el que parece ser el mismo tema durante una noche eterna.  Difuminadas nuestras vidas a esas horas.

Y de pronto aquí, removiendo el café con este ruido de fondo de cucharillas que chocan contra los diminutos platos de la barra donde currantes y nocturnos  piden a gritos un pincho de tortilla, otro botellín o una copa de coñac. ¿Por qué no me has dejado seguir bailando? Tratando de protegerme de no sé qué -tú me dices que de mí- pero yo no me tengo miedo. ¿Y para qué? Para traerme a sitios como este, tan sórdidos y reales, donde la gente huele, el bar huele, todo huele y todos tienen sus pies en contacto con el suelo y, sin ni siquiera acercarme demasiado, puedo ver su piel cansada y sus ojos vencidos por el amanecer y eso me deprime tanto que te grito: “¡Vámonos!” y salimos del bar con mi café intacto y de pronto te pones furioso porque crees haberme visto tontear con otro, aunque . . . sí, me giro y, sin pensármelo, le toco el hombro, dos veces rápidas, a un cualquiera, y al darse la vuelta, me humedezco el labio superior y tú tiras de mí y corriendo nos  metemos en el coche, matrícula cuerpo diplomático. ¡Joder!, reconozco que me has impresionado con eso de aparcar donde y como quieras, aún no sé cómo tus padres te lo dejan, y salimos de allí con los ojos envidiosos de los otros clavados en los nuestros y eso me hace reír, y te digo: “Menudos gilipollas sin coche.” y me río aún mucho más y, ahora, porque te veo desquiciado. Y decides, sin preguntarme, pasar la mañana en el Parque de Atracciones pero, es demasiado pronto BOOOBO, pienso, aunque esta vez no lo digo.

No hay tráfico en Madrid un domingo por la mañana. Sólo secuencias de semáforos en ámbar y verde y edificios que conforme dejas el centro se vuelven más feos. Bloques inmensos de ladrillo, con ropa tendida en las fachadas y muchas persianas bajadas. Llenos de gente anónima descansando tras esas persianas sucias. Ajenos a mí rabia. Levanto un poco la barbilla en señal de desprecio, aunque envidie el calor de sus sabanas, y enseguida me olvido de ellos.

Foto de Gloria

Al llegar, E-VI-DEN-TE-MEN-TE, está cerrado y parecemos dos locos frente a la puerta, los dos tiritando y yo además  muerta de hambre. Vuelta al coche y a esperar en el parking. Cierro los ojos y me imagino entre ellos, bailando y difuminada, entre luces que impidan saber qué hora es realmente. No sé cuándo, pero te debiste ir y has vuelto. Tienes algo de comer en tu manos y me lo acercas a la boca y yo lo doy bocaditos y luego te doy bocaditos a ti, hasta que nos besamos con nuestros dientes castañeando, tac-tac-tac-tac y estoy a punto de no decirlo, pero lo hago:”But in my sorry way I love you.” y tú me muerdes la lengua.  Por fin, a las doce, abren. Riadas de niños se agolpan en la puerta, los vemos a través del parabrisas de la mano de sus padres y de hermanos mayores que ya no quieren estar allí. Llevan guantes de lana, me imagino que pican, que se los terminarán quitando y perderán alguno que luego alguien verá como un guante huérfano y pisoteado. Puedo incluso oír sus risas, pequeñas voces diminutas como ellos, oler su excitación, tan lejos de mí, inocentes y puros. Sin girarme te pregunto, “¿hemos dormidos algo?” y asientes muy lentamente y, sin mirarnos, arrancas el coche y conducimos de vuelta a casa, Morrissey como música de fondo, los dos callados. De repente no nos parece tan divertido pasar la mañana en la montaña rusa.

 

Para escuchar el tema de Morrissey que inspira y da título a  este relato pincha aquí:

 

 

 

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