Frente a Frente. Luxemburgo

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Bon Anniversaire

Cerré la puerta. Herida, pero no de muerte. Nos dejamos tantas cosas por hacer y esperé tanto tiempo para que se cumplieran que por eso cerré sin molestarme en echar la llave. Me bajé por la escalera de servicio, contando los escalones, ni idea del por qué. Lo que no quería era quedarme encerrada en el ascensor, nos había pasado tantas veces, que esta última vez veía innecesario un rescate. Al fin y al cabo, no era yo a la que había que liberar, aunque él se encargara de recordarme lo contrario cada vez que pasábamos tiempo allí atrapados, silbando yo alguna melodía triste, en un espacio en el que por fin solo estábamos los dos, colgados a tres o cuatro pisos de altura, pendientes de unos cables que podrían haber fallado, pero que resultaron ser lo más sólido de nuestra inestable relación. -Morir allí contigo, estrellados, hubiera sido una gran estupidez romántica-. Suerte que no pasó, la única gran caída que logramos esquivar.

Avenue de la Liberté, 36, con los pies ya fuera del portal “¿Y ahora qué? A la izquierda hacia el Grung.  Deja arriba los palacios, los bancos y oficinas, los bulevares, los puentes y baja un poquito más hacia la ciudad vieja”.  Qué fácil resulta cerrar una puerta con el convencimiento de que no vas a volver y qué difícil es solucionar todo lo demás una vez que la cierras.

Bajaba. Más que dejarle a él me iba a costar abandonar la casa, abandonar la ciudad. O eso creía mi vapuleado orgullo. El pasillo largo, la galería, la terraza desnuda donde celebramos tantas fiestas, el óleo de Venecia con el gondolero testigo de tanto desamor, y los muebles art déco que decoraban los dos salones, como notas de belleza, serpientes encantadas que me ataron a unas antigüedades en las que dejé toda mi ingenuidad durante mucho más tiempo del que era consciente. Ese tiempo que me rompió, en el que casi me convierto yo también en otro objeto de coleccionista. Más de 200 metros cuadrados en los que fracasó mi vida. Y en el exterior, el descolorido cielo luxemburgués que hacía destacar las pizarras de los tejados de los antiguos palacetes supervivientes a la Segunda Guerra Mundial, la mujer dorada que nunca me gustó, torres puntiagudas y edificios institucionales, mis bistrós favoritos, las tascas del barrio portugués, las tardes de ensayos en pequeños teatros, los locales de diseño donde fui y conocí a tanta gente que me hacían sentir a la otra persona que era, una versión mucho mejor de la que nunca fui con él. Todo eso y mucho más, lo que iba añorar, lo que, adelantándome al futuro, ya empezaba a extrañar. Golpe de nostalgia antes ni siquiera de haber pasado un par de horas.

– “No dramatices”-

Era invierno, en mi mente siempre será invierno en Luxemburgo. Esa época en la que nunca se ve el sol, ni se producen sombras, ni claro-oscuros y todo parece distinto por la luz blanquecina. Me acerqué hasta el Bock, llamé a la puerta de la otra casa que me ataba al país, solo que ésta era un templo blanco, una casa con paredes de roca natural, techos de cristal y suelos en los que algún arquitecto perturbado había puesto un acuario por el que los peces se movían bajo tu cuerpo.  Ese lugar en el que piensas que nada malo puede sucederte, y te imaginas una pradera verde con ropa tendida al viento. No les dije que me iba, ni nada de lo que había pasado, no quería estropear ese momento. Me callé y recurrí a un “pasaba por aquí” que celebraron invitándome a comer. Excelente comida francesa y japonesa la que preparaban mis amigos, excelente conversación siempre, mientras yo fingía estar de buen humor, tranquila o entusiasmada, que era una cosa, disimular, que se me daba muy bien entonces. Por eso de no ensuciar ese instante y por querer recuperar a la persona que sabía que era yo, porque intuía que confesar no hubiera arreglado nada, más bien al contrario: mostrar mi vulnerabilidad hubiera sido igual de estúpido que estrellarme en el ascensor desde el quinto piso. Me despedí de ellos sin que lo supieran. Ya no sabía adónde ir. Tantos sitios antes de coger un tren que me dejara en Bruselas o París, hicieron sentirme mareada.

10 de febrero, maldito mes.  Cumplía 29 años, sin saber entonces que, a veces, con un pequeño gesto,- “no hablemos de milagros, por favor”, todo se soluciona. Una niña se me acercó corriendo. A sus padres los podía ver sentados y ausentes en uno de los bancos de los Jardines del Wenzel. Se agarró a mi mano. Tenía algunos dientes mellados, pero me pareció la sonrisa que recogía la ropa tendida al viento en el prado verde. Nos quedamos allí, yo cantándole, casi susurrando, el cumpleaños feliz, mientras me abrazaba.

No. En realidad, no fue eso lo que pasó. Es verdad que pegué un portazo, y me bajé andando y contando los escalones. Que bajé a la calle y seguí respirando a ritmo normal. Dueña de la situación.

Sí, era 10 de febrero, viernes, 48 años y con casi cincuenta invitados confirmados. Tenía que organizar la fiesta y me entró esa desgana previa a las grandes ocasiones, en las que sabes que lo vas a pasar bien, pero a la vez entras en apatía y pánico.

Estrés a las 14:30. Todo por hacer y con ninguna intención de hacerlo. Es posible que no fuera tan dueña de la situación como pensaba. Camino al supermercado me fui contando la anterior historia.  Así intentaba yo despejarme en los momentos tensos. Es cierto que no era todo mentira, ¿ qué historia no se alimenta de algunos hechos verdaderos? Porque sí que es verdad que tuve una relación que no salió como yo quería, pero que ni de lejos llegaba a ese dramatismo. Ya me hubiera gustado a mí haber tenido una historia tan desgarradora y no tan simple e insulsa como la que viví durante algún tiempo. Pero ascensores y rescates, no, no hubo nada de eso. La casa grande sí que lo era: los dos salones existieron y el cuadro del gondolero. Teníamos lámparas de mármol de carrara, muebles de maderas nobles, alfombras persas y un sofá de los años veinte. Y existió un templo blanco solo que no estaba en aquella fabulosa construcción que, a su vez, sí existía, aunque solo estuve allí un par de veces y nunca comiendo.  Y también existieron algunos cumpleaños, que no fueron siempre como a mí me habría gustado, porque mi existencia entonces era bastante inexistente.

Empecé a llenar el carrito mientras mi heroína se despedía de sus amigos y dudaba entre coger un tren que la sacara de la ciudad o seguir deambulando para despedirse de esa vida tan trágica, cuando una niña se chocó conmigo. Decidí entonces poner fin a la historia y centrarme en hacer la compra. Le faltaban algunos dientes, claro. Se disculpó solo mostrándome su sonrisa incompleta y sin darme cuenta llegué hasta la sección de quesos y charcutería. Me pareció un final perfecto, esperanzador.  Terminarlo así, con un abrazo entre tu yo adulto confuso y un ser inocente que no te pide nada mientras estaba allí pidiendo el Saint Felicien, el Camembert y el Mimolette, esforzándome por pedir los distintos tipos de queso y salir de mi ensimismamiento, mientras abandonaba a mi protagonista a su suerte.

Casi una hora después salí del supermercado con la compra hecha, rezando porque no me hubiera olvidado nada (lo de las listas no iba conmigo) y esperé hasta que uno de mis amigos vino a recogerme para llevar las cosas a casa. Antes teníamos que parar y comprar algunas flores. Llegó escuchando la Cabalgata de las Walkirias y olvidó felicitarme. Dudé, (no sabía si recordárselo), pero de pronto me vino a la cabeza la escena de Apocalisis Now y me imaginé un escuadrón de helicópteros, ocultos por ese cielo enfermizo centroeuropeo, sobrevolando a mi desdichado y perdido yo de 29 años  y …”PARA YA” me dije mentalmente. Una cosa es que quisiera terminar la historia y otra distinta es que la historia me dejara. Necesitaba volver al presente.

-Debí incluir las flores en el relato

-¿Perdona?

– Nada, que cómo puedes ir escuchando esto a estas horas

-No, no era eso lo que me habías dicho

– Ummm, muchas gracias por venir a recogerme

-¿Vamos directamente a tu casa?

– No, primero quiero pasarme por alguna floristería

– De eso hablabas, de flores…

– Me alegro mucho de verte, aunque no me hayas felicitado…

– ¡Venga ya!, lo he hecho por Facebook, whatsapp y TE-HE-LLA-MA-DO

– No es lo mismo, quiero dos besos

-¿Y tirón de orejas?

Le saqué la lengua y fruncí el ceño. En el primer semáforo, me dio un par de besos: “felicidades guapa” (¡Ay que ver lo originales que somos a veces!) y estuvimos un rato repasando las compras hasta que llegamos a una floristería del extrarradio mucho más barata que las del centro. Las Walkirias ya no cabalgaban, los helicópteros seguían al acecho en mi cabeza.

Con el asiento trasero lleno de narcisos amarillos, tulipanes, gerberas de colores y dalias blancas llegamos a casa. Sabía que la apatía desaparecería en cuanto nos pusiéramos mano a la obra y que el pánico a que la cosa no saliera bien se esfumaría en cuanto abriésemos la primera botella y nos sirviéramos el primer vino.

Cerrar la puerta de un portazo tiene sus consecuencias. Llegamos y me di cuenta de que me había dejado las llaves dentro. Bolsas con botellas de vino, latas de cerveza, snacks bajos en calorías y salsas sobre el felpudo de la casa junto con los distintos ramos de flores. El queso empezaba a oler. Solté un sonoro “merde” y casi me puse a llorar al pensar que la única persona que tenía otro juego de llaves de mi casa no estaba en el país. Las 17:30: imposible conseguir un cerrajero a esas horas o, de hacerlo, que llegara antes de tres o cuatro horas. Me dieron ganas de arrojarme con la compra y estrellarnos por el hueco de la escalera. Solo tiré algunas flores, cerré los ojos y quise desaparecer.

Un cerrajero, y luego otro y después tres o cuatro más. Todos nos dijeron que pasarían al menos 4 o 5 horas hasta que pudieran llegar. Al último le confirmé, mientras mi amigo bajaba a comprar un abridor, vasos, platos y cubiertos. –“ Pas de plastique s’il vous plaît” -, hubiera desentonado entre tanta flor. Deshice las gerberas y las esparcí por los escalones entre la planta cuarta y quinta. Coloqué los tulipanes y las dalias entre distintos huecos y me reservé los narcisos porque no sabía muy bien qué hacer con ellos. No quedaba nada mal, parecía un templo vertical de alguna civilización perdida, con el rellano ante mi puerta como altar ceremonioso. –Despojadas, liberadas por fin de todo-. Me sentí como una sacerdotisa sedienta de fieles a la espera de comenzar el mejor de los rituales. Cancelé al cerrajero.

Había dejado la puerta del portal entreabierta y dejado instrucciones en el ascensor, repleto de narcisos, para que subieran hasta el cuarto piso. Supe que todo saldría bien en el momento en que el primer invitado llegó y le vi subir los escalones con sus pies cubiertos de pétalos y en las manos una ofrenda de flores invernales. No, no era el prado verde, pero seguía intentándolo. La fiesta empezaba.

 

 

 

 

 

3 comentarios sobre “Frente a Frente. Luxemburgo

    Roy De Mur escribió:
    29 mayo, 2019 en 4:04 pm

    Me ha gustado mucho. Triste y gracioso.

    Me gusta

    Mene escribió:
    7 junio, 2019 en 10:04 am

    Mucho ingenio muy bien plasmado!!
    Me encanta!!

    Me gusta

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