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¡Corten! Nueva York. Estados Unidos

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Una luna roja sobre Manhattan

Así me sentía entonces, con ganas de hacer algo ligeramente autodestructivo a media mañana. Pensaba en la posibilidad de servirme un Martini o algún tipo de cóctel sofisticado y pasado de moda. Poner un vinilo, quizá  “summer wine, strawberries cherries …”,  y sumirme en una plácida depresión y desesperanza, esperando a que me llamara, sabiendo que nunca lo haría o que me si me llamaba, su intención nada tendría que ver con la mía. Pero no llegué a ponerme nada, solo lo pensaba. No tenía el disco de Nancy Sinatra, así que me castigaba con viejos temas de mis bandas favoritas y, recurriendo al cine, me senté en el alfeizar de la ventana, imaginando como las ondas de música tenían que doblar la puerta del salón, recorrer el pasillo, atravesar el dormitorio y llegar hasta mí ya a media potencia, casi un eco en comparación al sonido original que a la vez, en ese mismo momento, tronaba en el salón. Aquello me sobrecogía. Tan amenazadoramente cerca y a mí solo me llegaba un rumor, -como contigo-. Sonaba New Order. Yo seguía allí apoyada, tatareando  “How does it feel to treat me like you do?…”  a la vez que pensaba en esas intenciones tan distintas e idiotas, tan suyas, pensando en que sonara el maldito teléfono o me llegara una señal, esa que hubiera bastado para salvarme.

Central Park: al menos, sentada allí, tenía los árboles.  No tan sublimes como los que hacía unos días contemplábamos juntos cerca de “The Ugly Duck”. Puede que solo lo hiciera yo, observar recortada la silueta de unas ramas semidesnudas en el cielo de New York, mientras escuchaba cómo decía sentirse; lo mal y tonto y solo que afirmaba estar. Me hablaba de su vida desperdiciada, de –tooooodas las cosas que habías dejado por hacer-, de renuncias, de sacrificios, sin volverse ni siquiera una sola vez hacia mí para al menos fingir, un poco de… llamémosle, consideración. Aguanté todo aquello sin defenderme, supongo, que al igual que otras veces, respondería a la necesidad tan mía de dejar que alguien me hiciera daño, hasta que se fue. Todavía continué un rato hasta que de la imagen de Hans Christian Andersen solo pude distinguir una negra silueta y volví a casa. A pie, queriendo expiar mis pecados, si es que acaso lo eran.

Fui bajando por la 5th, evité pasar por Tiffany (hubiera sido demasiado), hasta que me desvié en la 47th hasta la Vanderbilt Avenue. Siempre me ha gustado Grand Central y me apetecía una cerveza fría. No se me ocurrió mejor lugar que el Apartamento Campbell, la atmósfera bien densa, la gente trajeada, un sitio que, claro está, él detestaba, y que me pareció el mejor sitio para ordenar mis pensamientos, para trazar una estrategia. Salí de allí fortalecida.  Al pasar por Bryant Park me alegré de no haber estado allí nunca con él, que la ciudad me ofreciera lugares vírgenes suponía tenerla de mi lado. En la pantalla del cine de verano, Woody Allen y Diane Keaton espiaban por la mirilla a su vecino. Consideré la posibilidad de recurrir al asesinato y me eché a reír. También fui consciente de que estaba desviando mi camino, de que mis pensamientos seguían descolocados y de que de mi recién entereza no quedaba nada.

Me dolían los pies al llegar a Greenwich Village. Pensé que era el momento perfecto para pasarse por Bleecker Street Records y de paso tomarme otra copa. La tienda seguía abierta, me habría comprado todo, pero salí de allí solo con el  “Blue Monday 1988” y un single de 1963: “Walk on by”, cantado por una Dione Warwick en plena juventud. Una pequeña joya muy cara que no podía acompañarme mejor aquella noche. Con su, if you see me walking down the street / And I start to cry each time we meet / Walk on by, walk on by  en mi cabeza seguí mi  camino. Ya no me apetecía tomarme nada, al menos no en un lugar rodeada de gente, así que pensé que lo mejor era comprarme algo y sentarme a tomarlo en un lugar tranquilo. Mis pies lo necesitaban más que mi ánimo. Me quedé un rato en City Hall Park con mi ridícula Budweiser 0% todo,  sin rastro del bullicio de los ejecutivos del sector financiero. Un lugar tan triste como yo a esas horas. Lo de caminar hasta casa empezó a parecerme mala idea, pero por otro lado estaba ya casi en la parte final y me habría sentido peor de no haber cumplido mi palabra. Podría haberlo hecho: coger el metro y plantarme allí en menos de 45 minutos, dejarme de alegorías y volverme práctica, pero me levanté y seguí por Frankfort Street hasta llegar al Puente de Brookling. Si nunca lo has cruzado andando, entonces es difícil entender lo que se siente. Hay que hacerlo de noche, dejando atrás los millones de luces que se reflejan en el East River. Caminas y sabes que la ciudad está ahí, repleta de torres como órganos vitales, de venas y arterias que has recorrido hasta llegar allí mientras que ves frente a ti al hermano mediano y envidioso que es Brookling. Entonces es inevitable darse la vuelta y contemplarla, sobrecogerse por su grandeza, quedarse incluso extasiado. Pero no aquella noche. Quise caminar sin mirar atrás en un acto absurdo al que quería dotar de un conocido y tonto simbolismo. Varios turistas me preguntaron si quería hacerles una foto, me hice la loca o les dije que no, contribuyendo así a la mala reputación que tenemos los neoyorkinos. Estuve a punto de ser atropellada por dos o tres ciclistas que me soltaron sus correspondientes, asshole,  fuck you or what the fuck, que agradecí internamente y,  malhumorada,  llegué hasta el segundo arco, donde me di cuenta de que todos miraran hacía arriba e iban hacia Manhattan. Sin duda había más gente que cualquier otro día y cruzar el dichoso puente se me hizo eterno y casi insoportable. Para cuando terminé no quedaba ni rastro del walk on by en mi cabeza y tenía hambre. Me di la vuelta, otra auto promesa incumplida, y vi una enorme luna roja sobre el centro de Manhattan. Solo entonces entendí el ajetreo que había en el puente. Haberme pasado la noche de espaldas al eclipse me hizo odiarlo aún un poco más. Tener los pies destrozados y haberme gastado casi 150 dólares en los vinilos por su culpa, me resultó imperdonable.

Hasta aquella mañana, días más tarde, en la que la furia de la noche roja se había transformado en desesperanza y, cuando llevaba ya un rato sin escuchar nada, solo el ruidillo sucio que salía de los bafles, sonó el teléfono. Corrí para cogerlo. En la carrera tropecé con su bolsa de tenis y caí. Noté cómo el filo de la puerta atravesaba mi frente y del corte salía abundante sangre. Me levanté aturdida e instintivamente me llevé la mano a la brecha. Por mi cara corría un hilo de sangre cada vez más caudaloso que fue dejando un rastro hasta el salón. Nunca odié tanto tener un espejo justo al lado del teléfono y nunca odié tanto su manía de no llamarme al móvil, de dejarlo todo tirado en el pasillo. El disco de la Warwick estaba allí, un goterón rojo cayó hasta tapar su cara y parte del título.  Con esos sentimientos, el vinilo desvalorizado en una mano, y ensangrentada, descolgué el teléfono.

 

 

 

 

 

Para saber más. Recorridos de película y otros cuentos en Nueva York.

http://www.centralparknyc.org/things-to-see-and-do/attractions/hans-christian-
andersen.html

https://www.thecampbellnyc.com/

https://bryantpark.org/

https://www.newyorkando.com/greenwich-village/

https://www.nuevayork.com/brooklyn-bridge-en-nueva-york/

 

 

 

 

 

 

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Libres en Ton Sai Bay. Tailandia

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Firmes en el brillo del sol

Años después sobrevolaba el océano índico mirando por la ventanilla, treinta mil pies de altura, nubes densas y espacios abiertos de un azul eléctrico como única compañía. Volvía de nuevo a Tailandia con la plena seguridad de que todo habría cambiado, al igual que lo había hecho yo, como sin duda lo habrían hecho todos ellos, aunque esto último no tenía manera de saberlo.

En algún momento no específico todo se había empezado a diluir, se espaciaron los mensajes y todos incumplimos la promesa de volver a vernos. Nada fuera de la norma: diferentes ciudades, diferentes obligaciones. De la generosidad del desconocido que nos había reunido, no quedaba nada una vez que decidimos tomar aquel avión de vuelta.

Años antes nos habíamos encontrado en Tonsai, náufragos todos nosotros de algunas experiencias vitales de mayor o menor importancia. Con ganas de pasarlo bien y de no hacer muchas preguntas, con el tiempo justo para conocernos , dar lo mejor de nosotros mismos y no defraudar a nadie. Un juego de seducción perfecto en el mejor lugar posible. Todo a favor. Habíamos llegado hasta allí atraídos por la idea de que la única forma posible de llegar y salir de esa bahía era en uno de los long tail boat tradicionales, huyendo de ese modo de las caóticas ciudades y la masificación hotelera de otras playas. Palmeras, monos, mochileros de diseño, post-hippies, escupidores de fuego y escaladores. El coral muerto bajo las aguas, la única cosa visible que nos recordaba nuestra inevitable mortalidad. El plancton luminoso y las Nubes de Magallanes, que no llegamos a ver, las dos cosas que nos recordaban que siempre había que mantener la esperanza para encontrar la eternidad.

Llevaba un par de días allí cuando, de manera casual, terminamos por compartir la única mesa que quedaba. No pasó mucho tiempo hasta que las botellas verdes empezaron a acumularse, los paquetes de tabaco se compartieron y  la conversación perdió sentido a medida que nuestras risas resonaban en el chill out del decrépito resort y, de pronto, me di cuenta de que había sucedido: ese momento en el que quieres permanecer, en el que no te importa quien seas ni quien sea el otro, en el que se establece la armonía del aquí, del ahora y deja de existir todo lo demás. Alguien propuso salir de la playa y acercarnos hasta el pequeño poblado que había en la ladera de la montaña. Más barato, más de verdad y por encima de todo, más tentador. Todavía no sabíamos nuestros nombres al llegar. Alguien dijo: “esto es como el Bronx”. Al día siguiente liquidamos cuentas en el viejo resort y nos instalamos en el pueblo, en una destartalada cabaña donde por fin nos pusimos nombre y en la que casi nunca nadie habló muy en serio de si mismo.  Mañanas de playa, snorkel y resaca. Atardeceres en soledad. Noches de experimentación introspectiva, lunas alucinógenas, de cócteles mal hechos y de personajes ajenos a nosotros que, llegaban a la playa con prisas, y eran fácilmente sustituibles al día siguiente.

Alguien dijo: “nos quedan 21 horas de estar juntos”. “Todo el tiempo del mundo” respondí yo sin mucho convencimiento. Días atrás alguien había propuesto: “¿Nos quedamos?” Todos asentimos, cerveza en mano, con las olas del mar salpicando nuestros cuerpos, el salvaje viento del este llevándose lo que quedaba de nuestras miserias, bañados por el sol del atardecer en la proa de un barco, sin hablar, dejando atrás unas Phi Phi de postal, viendo como los acantilados majestuosos de Krabi y la tierra prometida de Tonsai se iba acercando a nosotros.

Aterricé en Phuket, tomé un ferry y cuando anochecía llegué, más fácilmente de lo que creía, hasta Tonsai. Me gustó comprobar que ese trozo de costa no hubiera cambiado mucho. El resort seguía allí, desconchado pero firme. Viajeros en busca de un paraíso que ya habrían visto en numerosas búsquedas por Google, desembarcaban. Me pareció ver a algunos de los habitantes permanentes: rastas reconocibles y mujeres musulmanas que nos habían hecho aún la vida más fácil cuando estuvimos allí. Nadie me reconoció, solo me sonrieron y siguieron su camino. Me senté en una de las cuevas y me abrí una Chang. El sabor y la sensación de la botella mojada en mi mano me hicieron recordar muchas cosas. Sonreí. Respiré hondo, ignoré el cansancio una vez más, y me dirigí hacia nuestra cabaña. Ya no estaba. En su lugar, un bar de dudosa higiene anunciaba batidos y otras bebidas adornadas con hongos de colores imposibles. Un grupo variopinto de españoles le gritaba a una especie de chamán reconvertido en barman: “truco, truco, truco”. No me lo pensé dos veces. Un momento después me hicieron un hueco entre ellos y nos quedamos contemplando como se sucedía la magia.

                                           “A mis desconocidos  amigos que inspiraron este relato,                                                     sin los que ninguno de los trucos hubieran funcionado”

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La canción, que en mi viaje de vuelta, puso la música y dio título al relato:

 

La ruta: Noviembre 2018 (15 días)  Bangkok- Ayutthaya-Sukhotai- Chiang Mai-Chian Rai- Tonsai.

A tener en cuenta, si viajas en noviembre,  la festividad del Loy Kratong y Yee Peng. Para saber más a cerca de estas celebraciones: https://mochilerosentailandia.com/2014/10/loy-krathong/

Hostel recomendados: Ayuttaya: 1301 Hostel; Chiang Mai: 248 Street Hostel; Chiang Rai: Stay In Chiang Rai; Tonsai: Tonsai Bay Resort.

Agencia local para hacer trekking en la zona de Chiang Rai: http://www.lannatrek.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

Fe, Esperanza y Paraíso. Birmania

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Tres monjes vuelan

Fe

Parecía que no fuera a acabar nunca. Los monjes llegaban por millares desde los monasterios de toda la región, subidos en destartalados autobuses o en camionetas a punto de reventar de tanto peso. Les abandonaban en una especie de explanada a las afueras del pueblo en la que tenían que sortear la basura que, obscenamente, salía de cientos de bolsas de plástico negro igualmente reventadas. Después se unían a la cola de peregrinación que se había formado esa mañana en dirección a las Pagodas. Al pasar por el pueblo las gentes lanzaban flores a su paso, y les ofrecían arroz y otras ofrendas. Desde mi posición podía ver cómo la carretera se había convertido en un camino multicolor que hubiera sido inmaculado de no ser por los camiones que seguían pasando inclementes, ajenos o no, a las salpicaduras que provocaban y que destrozaban los delicados lotos y jacintos. Por allí miles de monjes caminaban a  paso lento,  descalzos, algunos con solo unos pétalos de flor pegados en sus pies y pantorrillas, que ahora aparecían cubiertos de barro seco en señal de su fragilidad y mortalidad. Si llovía y abrían sus enormes sombrillas color azafrán la interminable serpiente que creaban sus figuras se convertía en un espectáculo hipnótico. Nada les detenía. Ni tampoco a los fieles que les acompañaban quienes cargaban con enormes cestas en las que depositaban el arroz cuando las escudillas se llenaban. Era una secuencia infinita de rostros serenos pero inescrutables. Rostros serios los de mediana edad y más sonrientes entre los monjes ancianos y monjes niños, miles, en una secuencia repetida e igual desde siglos atrás y, excepto  por los camiones y las bocinas, el mismo barro, el mismo arroz, la misma convicción.burma 1055

Inesperadamente los cuerpos se detuvieron. Mis ojos se movieron siguiendo la formación y giré ligeramente la cabeza hacía la derecha. Mi vista se detuvo: un pequeño monje yacía en el suelo. El agotamiento había podido más que la fe de sus pequeños cinco años.  Uno de los fieles le tomó en brazos y me pareció oírle cantar una especie de nana. ¿Qué le cantaría? Para cuando terminó, Buda ya se había puesto de nuevo en movimiento.

 

Esperanza

Cuando el 30 de mayo de 1962 nació Tun Tun Oo solo habían pasado tres meses desde que el golpe de estado del general Ne Win frenara cualquier esperanza de estabilidad para la independiente nación birmana. Creció en una aldea a orillas del  Ayeyarwady, entre las redes de pesca  y en una choza que casi todos los años las crecidas del río se llevaban por delante y había que construir de nuevo después de las lluvias. De niño  no conocía más que el pueblo  y otras  aldeas vecinas, todo era suficiente porque allí lo tenía todo. El todo era verde, ocre y pagodas doradas. A veces, entre tanta monotonía, aparecían en el río barcazas con hombres vestidos de uniforme, entonces sus padres susurraban, al igual que cuando los padres de alguno de los niños de las orillas desaparecían. A veces por las noches le despertaban algunos gritos y lamentos lejanos. No recuerda haber oído disparos durante su infancia. Cuando se hizo joven  empezó a comprender los motivos del tono bajo con el que hablaban sus padres y hermanos, el significado de algunas miradas y el valor de no decir nada. Creció también entre esos silencios. ¿En qué momento cambió y dejó de ser otro niño más, destinado a ser lo que habían sido siempre? Para humillación de su familia decidió que la vida de esa orilla se le quedaba estrecha. La idea de tener que reconstruir la casa año tras año, el ambiente de pobreza, el permanente olor a pescado seco y las conversaciones veladas no iban con su carácter. Tenía que dejar atrás esa sumisión que le habían inculcado. Un día más tarde de cumplir los 16 se alistó en el ejército con el firme propósito de salir de todo aquello, no importaba a quien tuviera que llevarse por delante, ¿acaso no  lo hacían las aguas del río? Los siguientes años fueron de férrea disciplina, un ejercicio diario de aniquilar cualquier duda o de cuestionar el  sinsentido de tanta represión y crueldad hacia los suyos. Vivió los primeros años convencido de estar en el lado correcto,  con la serenidad de espíritu que te concede el poder, ajeno al dolor, la pobreza y al silencio en los que había crecido.

¿Qué le pasó a Tun Tun Oo en el verano del 88? El día 8 de agosto de ese año las revueltas encabezadas por estudiantes, monjes, mujeres y niños volvieron más naranja y roja a Yangón. La orden de la Junta no era nueva: acabar con la sublevación fuese como fuese. Salió del cuartel sin ninguna duda de lo que estaba haciendo. El monzón se puso de parte de la protesta y pese a ser un día negro y oscuro no llegó a llover. Le ordenaron que se dirigiera a U Wisara Road y, desde allí,  se sintió por primera vez observado por la Sagrada  Shwegadon.  Aquel día no pudo disparar, no hubo ninguna señal, nada extraordinario que le hiciera ver la crueldad de sus actos. Todo lo era: la cúpula de la estupa dorada entre el cielo negro, las capas bermellón  de los monjes, las coletas infantiles y el olor dulzón fruto de la exaltación de los estudiantes. No iba a ser fácil dejar el ejército. Ojos inocentes, en  los que no había querido pensar hasta ese momento, parecían de pronto mirarle con incomprensión y pena. Creyó ver en algunos de ellos un destello de misericordia, suficiente para cambiar su rígido uniforme por un liberador hábito azafrán. Le acusarían de traición pero lo que la junta militar le tenía reservado no era comparable al desprecio que sintió hacía si mismo durante los siguientes años.

Myanmar 1326 Verano de 2012. Estoy sentada con Tun Tun Oo en U Bein, el puente de  teca que atraviesa el lago Taungthaman.  Ha estado ojeando con interés el  The Guardian que hace unos días cogí en el avión  y había dejado olvidado en mi mochila. Su historia me ha dejado conmovida. No puedo imaginar a este bhikkhu  curioso y sonriente, con un atuendo militar disparando a nadie. Me ha contado su historia sin casi cambiar el gesto, en un tono que no revela miedo, solo dolor y solo de vez en cuando ha cerrado los ojos como evitando verse a sí mismo. El sol comienza a ponerse y las aguas del Taungthaman pasan del plata al negro, presagiando la despedida. Antes de irme me invita a meditar esa noche con ellos y me escribe en pyu lo que supongo es el nombre y dirección de su templo en Amarapura. Quedo en pasarme y nos despedimos con un hasta luego que no llego a cumplir. Las prisas, el calor, el cansancio, me sirven de excusa para no ir. Luego me olvido, hasta que el otro día, entre las páginas de la Lonely Planet,  encuentro un recorte de periódico: The Guardian, wednesday 08/08/2012 . နဂါးရုံဘုရား. y deseo haber estado allí, que Tun Tun Oo pueda haberse perdonado.

Paraíso

Llegué empapada. Dejé la bici bajo uno de los tejados ,un gesto inútil por mi parte, y entré. Caía una de esas lluvias torrenciales del monzón y fue una suerte que aquel monasterio estuviera cerca.Uno pequeño, sin aparente interés. Nada de grabados ni de filigranas vistosas, otro templo más a las orillas del lago Inle. En uno de los laterales tres monjes conversaban sentados en el suelo de madera. Estaba deteriorado y aparte del altar, que albergaba a un Buda modesto, no había nada. Cerca de ellos apoyado en una columna había un cuarto monje al que apenas se le veía. Supuse que era un monje por su ropa y figura pero en realidad podía haber sido solo un amasijo de ropas amontonadas. Una vez abiertas las puertas dudé, siempre me pasaba, como si una corriente de vergüenza me recorriera al estar violando con mi presencia un lugar sagrado. Desde el umbral, incliné la cabeza tratando de ganarme su respeto y bienvenida ,y di unos pasos. Habría dado igual. Daba la impresión de que no habían notado mi presencia, seguían hablando entre ellos en un tono normal y relajado. Me di cuenta entonces de que estaba dejando un charco sobre la madera muerta y desgastada y, lo que era peor aún, que no me había descalzado. Retrocedí, me quité las sandalias y volví a entrar. Esa vez me indicaron con un gesto que me acercara y me sentaran con ellos. Eran tres monjes viejos. No hablaban inglés y yo no hablaba birmano. No parecía importarles esa incomunicación absoluta, ellos en birmano y yo en inglés, dando por sentado que el inglés les sería más conocido  o por esa tonta inercia que nos hace hablar en ese idioma como si de una llave maestra se tratara. Les empecé a hablar en español. Daba la impresión de que se trataba de una conversación real donde respetábamos nuestro turnos como si supiéramos qué nos estábamos contando.Primero me hablaron ellos, cordiales y sonrientes en algunos momentos y serios y solemnes en otros, ¿qué me dirían? Después llegó mi turno y tras una breve presentación les expuse las verdaderas razones que me habían llevado a visitar Birmania. Me escucharon con interés y yo les conté: años antes, en una tarde ardiente en la lejana Jaisalmer, alguien nos habló de la fascinante historia de los monjes voladores birmanos, de cómo los buscaron por caminos perdidos en selvas y de las estupas doradas que resplandecían en ellas. De  hombres y mujeres elegantemente ataviados con longyis cantando mantras budistas, de campesinas con caras amarillentas subidas en carros tirados por bueyes, de ríos vivientes que te conducían a civilizaciones perdidas y olvidadas, de una brutal dictadura y de una mujer brava y pacífica, símbolo de la resistencia birmana. ¿Cómo no querer ir después de oír contar tanto prodigio? El cuarto monje había seguido apoyado majestuosamente contra la columna sin decir nada, totalmente ausente a nosotros. Cuando terminé mi historia, muchísimo más larga que la que cuento ahora, los tres monjes  se quedaron en silencio sin mirarme. El otro monje se movió,  descubrió intencionadamente su  cara  y pude ver el rostro de un joven mirándome a través de unos ojos de viejo. Era perturbador. Aquella mirada y ojos pertenecían a un anciano pero el resto de la cara era la de un adolescente. Perturbador, hermoso y reconfortante a la vez.

Un hombre entró y el monje se cubrió de nuevo por completo. A los pocos minutos estaba sentado con nosotros. Hablaba un buen inglés y me agradeció poder practicarlo conmigo. Me contó que se le había estropeado la moto y por eso entró al templo. Se ofreció a hacer de traductor.  Los monjes y él hablaban de la mala calidad de las motos chinas, de los accidentes mortales que provocaban, de que eran baratas y mucha gente podía comprar una, pero que las rusas eran mejores, que China, desde que había despegado económicamente, llenaba el país de productos de baja calidad. También me dijo, sin darle mayor importancia, que el anciano de la columna se estaba muriendo y que estaban allí para acompañarle en su muerte inminente. “¿Anciano?”, pregunté yo, “parece un joven viejo”, y el hombre se encogió de hombros. Siguieron hablando de motores chinos, de frenos y ruedas, del aumento de los precios del combustible. Le dije que no quería que me tradujera nada más, que sólo quería quedarme allí con ellos sentada escuchando palabras que para mí no decían nada.  No recuerdo estar pensando en nada, seguía oyendo la lluvia y  pedí permiso para sentarme al otro lado de la columna que ocupaba el monje. Los tres monjes asintieron. Me pareció que había dejado de llover. Me situé de espaldas al monje, estiré mi espalda, cerré los ojos y empecé a susurrar: padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad…

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Si quieres ver más fotografías sobre Birmania pincha aquí: 

Myanmar 1363

 

La ruta:   Yangon. Bago. Kalaw (trekking)  Pindaya. Lago Inle y alrededores (trekking y bici). Mandalay. Amarapura, Sagaing & Inwa. Mingun. Monte Popa. Bagan. Yangon.

Duración del viaje:  15 días. Agosto 2012 burma 180

Medios de transporte: autobús público, barco, coche privado.

Blogs y links de interés:

https://www.conmochila.com/tres-dias-de-trekking-en-myanmar-desde-kalaw-al-lago-inle

http://www.viajaporlibre.com/blog/myanmar-la-autentica-maravilla-de-bagan/

http://www.elrincondesele.com/que-ver-hacer-lago-inle-myanmar-birmania/

http://www.vietnamitasenmadrid.com/myanmar/puente-u-bein.html

http://www.mipaseoporelmundo.com/amarapura-inwa-y-sagaing-tesoros-desde-mandalay/

https://www.anamoralesblog.com/la-magia-de-mingun/

https://elviajero.elpais.com/elviajero/2014/07/28/actualidad/1406498568_858057.html

Literatura sobre el país:  

http://www.vertierra.com/blog/ocho-lecturas-imprescindibles-para-viajar-a-myanmar/

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Profundidad en Cayo Coral. Panama

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Alicia submarina. 

Desde que llegaron tiene la costumbre de salir, un poco antes del amanecer, y caminar hasta el final del embarcadero. Luego, cuando todavía no hay luz, se zambulle y espera a que los primeros rayos de sol rompan las aguas y se queda rendida allí, flotando, hasta que comienza el espectáculo de colores y formas que crean los corales. Se lo han desaconsejado, no meterse en las aguas cuando todavía es de noche, pero aun así lo sigue haciendo. A veces nada un poco más y se va hasta la pradera de hierbas marinas donde no suele haber nada y, cuando cree que él lleva ya más que un tiempo razonable esperándola en el muelle, emerge y le sonríe, a modo de disculpa, con el aplomo del que sabe que siempre será perdonado. A esa hora la vida oculta ya ha alcanzado su máximo esplendor pero, pese a querer seguir un poco más de tiempo, sube hasta la plataforma. Él la espera con una toalla que la cubre el cuerpo por completo, una toalla que siempre tiene que ser blanca, por si alguna vez una estrella, un pez ángel o un dragón de mar se han quedado pegados a sus brazos o enredados en un mechón de pelo y hay una esperanza de devolverles al mar. Después se van juntos a desayunar al porche donde ya les habrán servido un jugoso plato de frutas, unos huevos de las gallinas que se pueden ver más allá del manglar y un café que siempre le parece el más delicioso que haya probado nunca. No intercambian muchas palabras; ha pasado ya mucho tiempo desde que se conocieron y se comunican mejor a través de largas miradas, medias sonrisas y algunas caricias ocasionales que a veces se convierten en algo que antes hubiéramos reconocido como un beso. Mientras desayunan pueden ver cómo, desde el horizonte, se acerca una bandada de pelícanos, los mismos, con toda seguridad, que los que como todas las mañanas van precedidos por las acrobacias de un grupo de delfines. Todo emerge en la superficie perfecto. ¿Es todo perfecto bajo la superficie también? Quizá. Otro día de cielo azul y fondo marino, algunas algas atrapadas en los pilares del palafito, peces caribeños, desidia. Dos cabezas sobresalen del mar en calma. Se sumergen una vez más y ven: ven los destellos que dibuja el sol en el fondo de arena, ven la llanura de hierbas salvajes a la que va ella cada mañana y donde en ese momento se cruzan unas crías de calamar con un grupo de damiselas, ven algas y anémonas y madréporas en los fondos de rocas poblados por fieras morenas, ven sus cuerpos mitad sumergidos, mitad al sol, ven medusas mortales, ven peces loro nadando en solitario, ven bancos de pequeños peces con nombres que desconocen y que parecen de cristal transparente, ven espacios abiertos sin praderas, sin rocas, sin coral, sin raíces del manglar, sin erizos, ni esponjas, solo bancos de arena vírgenes y, como suele ocurrir, no se dan cuenta de la felicidad que supone estar ahí flotando, respirando a través de un tubo, oyendo solo el ronroneo de su propia respiración, sintiendo como el sol les quema la espalda. Y se quedan buceando mucho tiempo por los jardines coralinos entre barracudas, peces globo, esquivos peces mariposa, espectadores mudos de una orgía de color y hermosas criaturas, intimidados por la presencia de un ocasional tiburón y otros monstruos perfectos. Sólo salen para decirse algo rápido y compartir la belleza de lo que están viendo, asegurándose de que el otro también lo ve, de que no hay engaño bajo las aguas. Hoy han ido un poco más allá que de costumbre. Ha debido ser culpa de una mantarraya que parecía distinta a las otras y volaba silenciosa un poco más por encima del fondo y, sin apenas ser conscientes, la han seguido. En su paseo por las aguas han aprovechado una corriente cálida y cuando se han querido dar cuenta y han emergido sus cabezas no había rastro de la isla. Lejos de alarmarse, han respirado varias veces y han decidido poner fin a la aventura y regresar a tierra. Antes de irse, deciden echar un último vistazo por si la mantarraya estuviera allí, cosa del todo imposible, y es ese último vistazo lo que lo cambia todo. Antes debieron emerger sus cabezas a tan solo a un metro de donde ahora se abre, como el abismo que es, un infinito agujero de un azul casi negro y de una profundidad inabarcable. Se miran turbados, no era esa la respuesta que tanto ansiaban pero, sin lugar a dudas, esa es la puerta y la sentencia que llevan tiempo buscando. Sin decir palabra vuelven nadando, esta vez hasta la isla. En silencio, pasan la noche contemplando el universo.cadiz_costa_rica-309

Al día siguiente, y por primera vez desde que llegaran a la isla, les podemos ver a los dos al final del embarcadero. Es más pronto que de costumbre, noche cerrada todavía, antes de ponerse las gafas y el tubo de esnorquel se besan sin mucho convencimiento. Después se ajustan las gafas, el tubo y comienzan a nadar. Una vez que encuentran la cálida corriente disminuyen el ritmo de la brazada y se dejan llevar. Hay que señalar que él es un afamado topógrafo marino y que no le es difícil encontrar ni la corriente que les lleve al atolón ni trazar líneas imaginarias en los cielos por muy oscuros que estén estos. Esa mañana el corazón se les acelera según son conscientes de que están llegando al abismo. Está amaneciendo cuando lo ven, una caída perfecta. Se quedan todavía desde la superficie contemplándolo, ella por un momento duda y no sabe si hubiera sido mejor haber seguido con su rutina diaria de seguridades e insatisfacciones. Él, por una vez en su vida, no deja entrever qué es lo que piensa y por una vez  ella se siente un poco desconcertada.  De nuevo, y en medio de ese absoluto, aparece esa sensación de desconocimiento mutuo en la que llevan instalados desde hace tiempo, sólo que esta vez no hay nada a lo que agarrarse, únicamente  una bandada de pelícanos, que descansan mecidos sobre las olas, y que ambos contemplan con nostalgia. Los dos se tumban entonces y dejan flotar sus cuerpos desnudos, empapándolos de la renacida luz solar, descansando. Se dan la mano. Las olas les separan o acercan según su antojo. Ellos se mantienen firmes y no permiten que el mar les aleje todavía. De pronto, cuando el sol está ya bastante alto y los pelícanos han iniciado su vuelo diario hacía el norte, lloran. Es un llanto inútil, allí con tanta agua y sal, pero son capaces de identificar cuáles son las lágrimas del otro mientras están allí abrazados a la deriva. Una última sonrisa, un último rayo de sol, una última mirada al abismo mientras están todavía a salvo, sólo observándolo. Por fin, un último aliento. La última respiración que hacen al unísono, mirándose esta vez a los ojos. Se sumergen. Imaginan lo que han visto tantas veces, la luz del sol violando las aguas, creando formas, y a medida que bajan se va haciendo más y más oscuro pero pueden todavía intuir como un grupo de mantas gigantes les sobrevuela, hasta que ya no podemos ver si siguen o no de la mano o por fin han tomado caminos distintos, tal vez seducida ella por algún pez abisal de extraña figura que le arrastre a los fondos inexplorados mientras que él ha preferido agarrarse al caparazón de una tortuga centenaria a la espera que algún día le saque a flote y aparezcan una noche en una playa remota donde ella desove mecánicamente. Quizá sigan terca e irremediablemente de la mano, contra natura, contra sus verdaderos deseos. Esperemos que no, aunque será imposible averiguarlo. Esta vez no emergen para preguntarles.

El tema musical que acompaña a este relato:

Información práctica sobre Bocas del Toro y Cayo Coral.

Cómo llegar:

Por carretera desde Cahuita, Limón o Puerto Viejo, en Costa Rica a través del paso fronterizo de Sixaola  https://lomejorestaporllegar.wordpress.com/2014/07/14/costa-rica-cruzar-la-frontera-de-costa-rica-con-panama-por-sixaola/

En avioneta desde San José: http://www.natureair.com/   Toda una experiencia.

Dónde alojarse:

http://www.coralcay.bocas.com/espanol/coralcay-indexesp.htm  Un lugar mágico

Qué visitar:

http://www.bocasdeltoro.com/esp

http://lui91s.angelfire.com/sendero.htm

http://www.bocasdeltoro.com/eng/site_contents/view/21

 

 

 

De lunes a viernes. Madrid.

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CERCANÍAS

Les veía llegar todas las mañanas, yo ya llevaba un par de minutos allí y estaba situada a la altura del andén desde donde me subía a la cabecera del tren pero ellos, como no se bajaban en la misma estación que yo, se quedaban un poco más atrás. A mí, ella me ponía mala porque siempre llevaba el mismo corte de abriguito que le llegaba por las rodillas. Unos días era negro, otros gris e incluso se atrevía con uno rojo, pero lo habitual era el negro. Primero ella con el abriguito y luego él como a un paso de distancia de ella. Siempre. A él no le veía hablar. Ella, por el contrario, no paraba de hacerlo pero yo no les podía oír y dudaba mucho de que él lo hiciera porque siempre le veía yo cabizbajo e intuía desde mi posición, su cara de resignación. Pero claro, solo lo suponía, pensaba: “el pobre tipo este es un “loser”. Además, ella le sacaba la cabeza, lo que acentuaba su manifiesta superioridad. Por fin un día me atreví a acercarme. Estaba convencida de que ella no paraba de regañarle y cuando estuve a su lado y la oí decir: “Y LUEGO A LAS 10 QUE NO SE TE OLVIDE LLAMARME”, sonreí para mis adentros y me compadecí del tipo. A partir de ese día me quedaba muy cerca para escucharla. Era todo agresividad. No levantaba nunca la voz; todo lo decía en un tono contenido pero cortante. La cara siempre de eterno cabreo, con el ceño fruncido que se resaltaba aún más porque llevaba un corte de pelo estilo Cleopatra, con esa cosa que me ponía también enferma en ella: el flequillo. El tren llegaba, me subía y, si el azar no nos juntaba, hacía todo lo posible por aproximarme a ellos y escuchar:

– Al final no pudiste con ello. Claro, no me sorprende pero me decepciona.

Él con la vista en el suelo trataba de justificarse.

– Si me dejaras explicar queeee…

-Las explicaciones sobran. Eres el rey de las excusas. Madura, por favor, madura.

Yo pensaba que tenía que ser una tortura empezar así el día y que probablemente él fuera de los únicos en ese vagón que estuviera deseando trabajar. Luego llegaba a mi estación, dejaba de imaginarme sus vidas, y no me volvía a acordar de ellos hasta el día siguiente y, mientras escuchaba su monólogo humillante, mataba yo el tiempo hasta llegar a mi destino.

Sucedió en uno de esos días en los que llevábamos bastante retraso. Esa mañana las críticas no iban  sólo dirigidas a él; ella se quejaba de la cada vez mayor impuntualidad y de que el tren avanzara dando frenazos.

– No puedo más. Cada día peor. No hay quien aguante esto. Serán sinvergüenzas. Como esto no cambie voy a empezar a ir en coche y así además no tendré que olerles. Qué horror de gente, qué mal huelen. Si al menos pudiera ir sentada no tendría que tocar estas barras asquerosas, pero claro con la poca frecuencia de trenes que hay, vamos aquí apelotonados. Uff, no sé cómo puedes quedarte ahí sin decir nada la verdad.

Entonces un frenazo más brusco que los demás hizo que casi todos nos fuéramos al suelo. Ahí fue cuando mantuvimos contacto visual por primera vez. Me recorrió un cosquilleo por todo el cuerpo y, días más tarde, cuando él me confesó que le ocurrió lo mismo, el cosquilleo se hizo crónico. A partir de ese momento ya no me olvidaba de ellos al llegar a la estación de mi destino.

Él empezó a levantar la cabeza del suelo y a sonreírme. Uno de los días, aprovechando un descuido de ella, fue él quien se atrevió esa vez y, como pudo, deslizó en mi bolso un papel con su número de teléfono. No ponía su nombre. Esa misma mañana le llamé. Sabía perfectamente que debía hacerlo en horario de oficina cuando estuviera a salvo de ella. Quedamos en vernos y comer ese mismo día en el centro. Ese día confirmé mis sospechas de su vida imaginada. Nos enamoramos en la conspiración y en torno a su figura. Empecé a verla menos alta y menos guapa.  Hasta el abriguito dejó de importarme.

Ya han pasado más de tres meses desde que nos deshicimos de ella, a la vista de todos, en la estación de trenes. Nuestro plan de que pareciera un fatal accidente no pudo salirnos mejor. Las primeras semanas fuimos libres, casi felices. Sin embargo, desde hace unos días, hemos empezado a echarla de menos, sobre todo yo, o quizá yo únicamente. Me he dado cuenta que desde el lunes no paró de observar a un rubia, coleta tirante, frente despejada y que pese a llevar distintas bailarinas que combina día sí y día también con distiiiintos pañuelitos con los que se protege del gélido aire acondicionado, le saca un palmo al pobre hombre que, con la mirada clavada en el suelo, camina a su lado. Suspiro y me digo a mi misma que de mañana viernes no pasa que me acerque a ellos.

Abandono en Edimburgo. Escocia

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Returning

Sala The Liquid Room, Edinburgh, sábado 7 de noviembre de 1998, media noche, entonces todavía no lo sabíamos, pero ese sería nuestro último concierto. El ambiente está pegajoso, cuerpos sudados y alcohol, a veces me parece ver como gotitas suspendidas en el aire, no la concentración de humedad que se produce por la condensación de aire, la gente dando botes, la adrenalina disparada. No, no es eso. Son gotas ahí suspendidas que están por todas partes entre la gente y los focos, que es lo único que veo desde el escenario, y que al final chocan entre ellas o son absorbidas por los cuerpos, un verdadero flipe. Estoy viéndolas ahora, concentrado en ellas, cuando los teloneros terminan los bises y salgo de mi ensimismamiento. En media hora máximo saldremos, pero hasta entonces veo el espectáculo demencial de verles precipitándose, como una manada sedienta, hacia la barra. Me termino el gin-tonic de un solo trago y subo. Se produce lo que es para mí el mejor momento: la sala en negro, silbidos, excitación, la luz de los focos en los bajos del escenario que ilumina y distorsiona nuestros cuerpos. Hoy, pantalón negro, jersey de cuello alto negro y chaqueta negra, el pelo ligeramente largo con el flequillo cayéndome a un lado, a contracorriente de lo que ahora llamamos tendencia.

Empezamos a tocar y, como siempre, a los diez segundos, mientras el escenario se ha ido iluminando, me doy la vuelta. Eso ha puesto de acuerdo a todos: al público, a la critica, a los de la discográfica, les encanta porque me paso inamovible las dos horas del concierto. Y eso les provoca, ven en ello un acto de rebeldía y diferentes interpretaciones que ayudo a alimentar en las entrevistas: protesta, genialidad, pose fingida, sello de identidad, tonterías diversas, cuando la realidad es que toco de espaldas para no ver las jodidas gotitas formándose y estrellándose en una secuencia sin fin, pero sobre todo para no verles a ellos, sus rostros deformados, fundiéndose los unos con los otros terminando en un solo rostro feroz.

El concierto transcurre como de costumbre, al único que veo es a Jimmy, a la batería, en su posición semiescondida que tanto envidio, de reojo intuyo a Nick, el bajista, nunca hemos tenido buena relación y reconozco que la culpa es mía, me encargo demasiadas veces de recordarle su poca importancia en el grupo, su falta de talento. Hoy a la segunda guitarra Wayne o ¿es Mark?, no sé, músicos gregarios ocasionales a los que a menudo también desprecio y, al que oigo pero no veo y a la vez le veo en mi cabeza, Jarvis, moviendo la cadera, movimientos sensuales, otra seña de identidad del grupo para nuestros incondicionales. Ahí están los incondicionales, moviéndose como Jarvis, imitando nuestros gestos o la ausencia de ellos, nuestra ropa, nuestros pensamientos, no me hace falta darme la vuelta para saberlo. Cuando ha pasado más de medio concierto y en los primeros compases de nuestro primer éxito, me doy cuenta de que el segundo guitarra ha dejado de tocar y que Jimmy, suspendida como las gotas, sujeta la baqueta, el  brazo en alto, Nick también se para pero Jarvis sigue cantando “Heroes and Killers” con rabia casi a gritos y yo sigo tocando unos segundo más. El público ha enmudecido. Entonces por fin me doy la vuelta.  Una masa de gente me da la espalda, todos quietos, Jarvis moviendo la cadera sigue chillando “no one wants to be a hero oh, oh oh …” el resto de la banda los contempla. Me quito la guitarra y de un salto bajo del escenario y me mezclo con ellos. En silencio empezamos a abandonar la sala. A la salida las gotas han comenzado a disiparse.

2014-11-12 16.28.27

 

Información sobre el festival de Edimburgo y algunas salas de conciertos :

http://www.liquidroom.com/

http://www.thebongoclub.co.uk/

https://www.facebook.com/mamaco.thepicturehouse

http://masedimburgo.com/guias-de-edimburgo/el-festival/

 

 

 

Adiós Capitales de Provincia. España

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Dos minutos diez

Voy corriendo hacía el final de la calle, hacia el mismo sitio donde quedábamos siempre, donde siguen los tres árboles, los únicos que había, la cabina de teléfono, ahora muerta, y un par de bancos de granito que alguien puso allí de cualquier modo. Acabo de pasar la tienda de ultramarinos, cerrada desde hace tiempo, sobres de peta-zeta, regalices, fosquitos, junto a los sacos de legumbres y los botes de colón, acelgas, jamón de york, atún en conserva, el olor a bacalao seco y salado que impregnaba la tienda ¡buen genero señora! el Señor Sebas sigue diciendo en mi cabeza. Creo que ni entonces llegaba hasta aquí en tan poco tiempo. Tengo la impresión de que hoy lo he hecho en apenas unos segundos y todo, todo porque ya has llegado y tengo unas ganas locas de verte. Y pasada la tienda, donde antes solíamos vernos porque hay un falso callejón, he mirado de reojo y me ha parecido que todavía seguíamos allí los dos jugando, cambiándonos cromos, las bicis tiradas en el suelo, aburriéndonos a la hora de la siesta primero para después fumar nuestros primeros cigarros y pensar en salir de allí, pensar en aquel futuro que entonces quedaba tan lejos. Y ya lo vas a ver, nadie ha invertido en la calle, parecería la misma si no fuera porque no hay ni rastro de la gente de antes, claro tú no estabas cuando Raúl y Candi se marcharon ni Merche que también se fue, ni Felipe que murió y del que no quiero acordarme, y Juan Antonio, nuestro eterno enemigo, el único que al marcharse me alegré, el barrio le parecía poco, todos le parecíamos poco, éste que nunca se juntó con nosotros de niños y en los primeros años de nuestra adolescencia siguió con aquella actitud chula y distante, y tú y yo cuando le veíamos pasar, sus manos en los bolsillos del pantalón de pana fina, riéndonos de sus andares de quien te perdona la vida, a éste me lo imagino también ahora, como tú y yo, pasados los cuarenta.

Ya casi llego pero no te veo, tengo que enseñarte esto, justo aquí al otro lado de la acera, donde, a falta de aerosoles, grabábamos como podíamos, y aquí siguen desfigurados y sin color nuestros nombres, citas, restos de calcomanías, en estos tablones de madera que ciegan el local que nunca he visto alquilado, siempre cerrado y mal tapiado como un siniestro adelanto de lo que le iba a suceder a la calle y a todo el barrio. Ya lo vas a ver, todo casi cerrado, ni droguería, ni la pescadería de la Nati, cerraron hasta la farmacia y solo ha sobrevivido el bar, ya decrepito entonces, y la vieja frutería, los herederos la han conservado, y como entonces la fruta mala, picada y cara y el pan seco. También han muerto los viejos, que ya eran viejos entonces, pero los de ahora casi no salen a la calle. Y seguro que te acuerdas de Alfonsita, siempre sola y de charla con los vecinos desde la ventana de su casa o sentada al atardecer de los veranos en una silla que sacaba al portal de su casa, ese portal oscuro de nuestros primeros besos. Sus hijos emigrados que llegaban los veranos y repartían chocolatinas y Alfonsita,tan buena, que todos los años nos guardaba el chocolate suizo solo a nosotros dos, aquellas meriendas de invierno en el cuarto de estar de su casa cuando al chocolate le había salido una capa blanca y estaba un poco raro. Todo esto también cerrado. Llego jadeando y sudado a la puerta de la que era tu casa, ¡Dios cómo me gustaba el olor de nuestros cuerpos sudados!, de olor a juegos de la calle primero y luego de olor del primer amor más deseado. Y me veo sentado, temblando, en el escalón del portalón  de la planta baja de tu casa, donde la mayoría de las veces te esperaba. La única casa que me hubiera gustado permaneciera igual, que se hubiera cerrado con todos nuestros encuentros dentro y recrearme abrazado algún día en ella. Siempre esperé poder comprarla o que tú la recuperaras y ver nuevamente tu habitación, la colcha de cuadros  y en donde estuvo el del sistema solar, el póster de los Smiths, y  en la vieja estantería que ocuparon los cubos de soldaditos de nuestra infancia  puedo ver  como se caen ahora los cassetes que, apilados en inestables torres, terminaban desparramados por el suelo,  y  puedo oir a tu madre gritándonos que qué hacemos, que bajes a cenar ya, tus padres que nunca me invitaban a quedarme,supongo que sospechando. De las pocas casas que alguien compró, de las pocas que siguen habitadas. Me freno en seco y te veo. Han pasado casi veinticinco años. A mitad de curso, sin aviso, a tu padre le traslada el banco o eso nos dicen,creo más bien que alguien les ha debido decir algo, alguien nos ha visto o intuye o que se yo, pero te vas, y a tu padre, le estoy viendo ahora, con sus ojos de asco mirándome el último día que me paso a buscarte y, te has ido, me dice, para no volver. -“Adiós”-.  y cierra el portalón. Adiós a todo sin más, sin despedidas, sin promesas. Me quedé allí gritándole a tu viejo que me diera un teléfono, una dirección y lo vi por última vez en el balcón escupiéndome su odio:-¡Cállate maricón!.

Hasta hace un par de días que me has llamado y he venido corriendo olvidando el silencio de todo este tiempo. El tiempo, Héctor, que te ha tratado mal, no veo ahora por ninguna parte ni el pelo largo ni tu cuerpo atlético, ni tu sonrisa franca, nada de el de entonces. El tiempo tan injusto. Estás incómodo, tenso, en tu mirada hay vergüenza y tristeza. A tu lado, Juan Antonio, mirándome con cara de triunfo e igual que antes, con las manos en los bolsillos, desafiante. Y no puedo adivinar que me dice su mirada y me doy cuenta de que no me importa. Cojo aliento y pienso que ahora sí va a ser la última vez que nos veamos y sigo corriendo calle arriba.

 

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Quizá escucharon juntos algunos de estos  temas: