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Adiós Capitales de Provincia. España

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Dos minutos diez

Voy corriendo hacía el final de la calle, hacia el mismo sitio donde quedábamos siempre, donde siguen los tres árboles, los únicos que había, la cabina de teléfono, ahora muerta, y un par de bancos de granito que alguien puso allí de cualquier modo. Acabo de pasar la tienda de ultramarinos, cerrada desde hace tiempo, sobres de peta-zeta, regalices, fosquitos, junto a los sacos de legumbres y los botes de colón, acelgas, jamón de york, atún en conserva, el olor a bacalao seco y salado que impregnaba la tienda ¡buen genero señora! el Señor Sebas sigue diciendo en mi cabeza. Creo que ni entonces llegaba hasta aquí en tan poco tiempo. Tengo la impresión de que hoy lo he hecho en apenas unos segundos y todo, todo porque ya has llegado y tengo unas ganas locas de verte. Y pasada la tienda, donde antes solíamos vernos porque hay un falso callejón, he mirado de reojo y me ha parecido que todavía seguíamos allí los dos jugando, cambiándonos cromos, las bicis tiradas en el suelo, aburriéndonos a la hora de la siesta primero para después fumar nuestros primeros cigarros y pensar en salir de allí, pensar en aquel futuro que entonces quedaba tan lejos. Y ya lo vas a ver, nadie ha invertido en la calle, parecería la misma si no fuera porque no hay ni rastro de la gente de antes, claro tú no estabas cuando Raúl y Candi se marcharon ni Merche que también se fue, ni Felipe que murió y del que no quiero acordarme, y Juan Antonio, nuestro eterno enemigo, el único que al marcharse me alegré, el barrio le parecía poco, todos le parecíamos poco, éste que nunca se juntó con nosotros de niños y en los primeros años de nuestra adolescencia siguió con aquella actitud chula y distante, y tú y yo cuando le veíamos pasar, sus manos en los bolsillos del pantalón de pana fina, riéndonos de sus andares de quien te perdona la vida, a éste me lo imagino también ahora, como tú y yo, pasados los cuarenta.

Ya casi llego pero no te veo, tengo que enseñarte esto, justo aquí al otro lado de la acera, donde, a falta de aerosoles, grabábamos como podíamos, y aquí siguen desfigurados y sin color nuestros nombres, citas, restos de calcomanías, en estos tablones de madera que ciegan el local que nunca he visto alquilado, siempre cerrado y mal tapiado como un siniestro adelanto de lo que le iba a suceder a la calle y a todo el barrio. Ya lo vas a ver, todo casi cerrado, ni droguería, ni la pescadería de la Nati, cerraron hasta la farmacia y solo ha sobrevivido el bar, ya decrepito entonces, y la vieja frutería, los herederos la han conservado, y como entonces la fruta mala, picada y cara y el pan seco. También han muerto los viejos, que ya eran viejos entonces, pero los de ahora casi no salen a la calle. Y seguro que te acuerdas de Alfonsita, siempre sola y de charla con los vecinos desde la ventana de su casa o sentada al atardecer de los veranos en una silla que sacaba al portal de su casa, ese portal oscuro de nuestros primeros besos. Sus hijos emigrados que llegaban los veranos y repartían chocolatinas y Alfonsita,tan buena, que todos los años nos guardaba el chocolate suizo solo a nosotros dos, aquellas meriendas de invierno en el cuarto de estar de su casa cuando al chocolate le había salido una capa blanca y estaba un poco raro. Todo esto también cerrado. Llego jadeando y sudado a la puerta de la que era tu casa, ¡Dios cómo me gustaba el olor de nuestros cuerpos sudados!, de olor a juegos de la calle primero y luego de olor del primer amor más deseado. Y me veo sentado, temblando, en el escalón del portalón  de la planta baja de tu casa, donde la mayoría de las veces te esperaba. La única casa que me hubiera gustado permaneciera igual, que se hubiera cerrado con todos nuestros encuentros dentro y recrearme abrazado algún día en ella. Siempre esperé poder comprarla o que tú la recuperaras y ver nuevamente tu habitación, la colcha de cuadros  y en donde estuvo el del sistema solar, el póster de los Smiths, y  en la vieja estantería que ocuparon los cubos de soldaditos de nuestra infancia  puedo ver  como se caen ahora los cassetes que, apilados en inestables torres, terminaban desparramados por el suelo,  y  puedo oir a tu madre gritándonos que qué hacemos, que bajes a cenar ya, tus padres que nunca me invitaban a quedarme,supongo que sospechando. De las pocas casas que alguien compró, de las pocas que siguen habitadas. Me freno en seco y te veo. Han pasado casi veinticinco años. A mitad de curso, sin aviso, a tu padre le traslada el banco o eso nos dicen,creo más bien que alguien les ha debido decir algo, alguien nos ha visto o intuye o que se yo, pero te vas, y a tu padre, le estoy viendo ahora, con sus ojos de asco mirándome el último día que me paso a buscarte y, te has ido, me dice, para no volver. -“Adiós”-.  y cierra el portalón. Adiós a todo sin más, sin despedidas, sin promesas. Me quedé allí gritándole a tu viejo que me diera un teléfono, una dirección y lo vi por última vez en el balcón escupiéndome su odio:-¡Cállate maricón!.

Hasta hace un par de días que me has llamado y he venido corriendo olvidando el silencio de todo este tiempo. El tiempo, Héctor, que te ha tratado mal, no veo ahora por ninguna parte ni el pelo largo ni tu cuerpo atlético, ni tu sonrisa franca, nada de el de entonces. El tiempo tan injusto. Estás incómodo, tenso, en tu mirada hay vergüenza y tristeza. A tu lado, Juan Antonio, mirándome con cara de triunfo e igual que antes, con las manos en los bolsillos, desafiante. Y no puedo adivinar que me dice su mirada y me doy cuenta de que no me importa. Cojo aliento y pienso que ahora sí va a ser la última vez que nos veamos y sigo corriendo calle arriba.

 

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Quizá escucharon juntos algunos de estos  temas:

 

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Una playa sin nombre en Catemaco. México

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Chamanes

Toda la humedad del mundo parecía concentrada esa mañana en las afueras de Catemaco. Sudaba, no había parado de sudar en toda la noche y ni el amanecer me había dado una tregua que pudiera refrescarme. Por eso, decidí que tal vez cerca del mar me encontraría mejor. Corrí hasta la calle donde me dijeron que salían las rancheras con dirección a la playa, pensando que llegaba tarde pero, una vez allí, vi que sólo dos mujeres indígenas estaban ya dentro del coche. Le pregunté al conductor sobre qué hora nos iríamos y sólo me respondió con un subir de hombros y un definitivo “cuando se llene el carro”, algo que yo ya sabía, pero que no dejaba de preguntar nunca. Las mujeres me hicieron una señal para que pasara dentro y me sentara con ellas. Les dije que no, que el calor era sofocante y que mejor esperar fuera hasta que saliéramos o que incluso podría ir en la parte trasera que estaba al descubierto. Fueron ellas entonces las que me dieron un “no” rotundo e insistieron en que pasara dentro. No me quedó otra que hacerles caso y esperar en el coche hasta que, pasada una hora, la ranchera, que había casi triplicado su capacidad, arrancó. Afortunadamente, ninguno de nosotros llevaba grandes bultos, yo ninguno, y ellos sólo pequeños paquetes o atillos tradicionales que no me dejaban ver su contenido. Pensé que era imposible que aquella masa se pusiera en marcha, pero lo hizo.

Avanzábamos lentamente. Apenas me podía mover, parte de mi cara la llevaba pegada a la ventanilla y me costó poder encontrar una postura un poco más cómoda. De todos modos, le estaba muy agradecido a la mujer que me había sugerido que ocupase ese lugar y no quería ni imaginar lo que hubiera sido ir en el centro aplastado entre los cuerpos. La parte trasera al descubierto tampoco era el lugar fresco y cómodo que yo había imaginado: polvo, bichos y baches lo convertían en el peor de los tres espacios.

En cuanto dejamos el pueblo y tomamos el camino de tierra, la vegetación se hizo más densa y la amalgama de verdes sólo se rompía por el destello espontáneo de una flor o de algún árbol ya muerto y descompuesto. No parecía haber más vida que la del verde implacable. Hasta que empezaron las paradas. No es que bajara ni subiera nadie más. Los habitantes de la ranchera permanecíamos en nuestras posiciones. De la nada empezaron a surgir entonces gentes que intercambiaban, tanto con el conductor como con los ocupantes,  correspondencia, tortillas, materiales de repuesto por todo tipo de aceites y ungüentos. Alguien intercambió un pez por unas hierbas secas, una botella de tequila por unas ramas y un par de plumas de un colorido imposible. El contenido de los bultos, desconocido hasta entonces, me fue poco a poco desvelado conforme íbamos avanzando y el olor dulzón de los aceites y flores secas fue apoderándose del espacio como si de un pasajero más se tratara. El coche permanecía siempre detenido durante ese mercadeo pero nadie bajó nunca del auto, y siempre, no me explico cómo, conseguimos arrancar y proseguir el viaje. En algún momento debí de quedarme dormido porque un pellizco en mi mejilla me sacó violentamente de mi ensoñamiento. “Hormiga”, dijo la mujer, y a continuación “muerden”. No me habían vuelto a hablar hasta que me obligaran a sentarme con ellas, y a partir de ese momento no es que lo hicieran mucho más, pero si se sorprendieron de que, llegados a lo que parecía un edificio, que desentonaba por completo en aquel  entorno, una de ellas me ordenara:

– El señor se baja aquí.

-¿Es esta la última parada, la de la playa?

-No, esta es la estación biológica, su parada.

-¿Estación biológica?

-Sí, sí, su parada. El señor es biólogo ¿verdad?- Intervino otra de las mujeres.

-No, no, no lo soy, sólo estoy aquí de paso y voy camino a la playa para . .  .

-No puede ser mijo, por fuerza usted tiene que ser biólogo, como todos los demás.

– Todos los gringos lo son.  Biólogos y solteros. Sentenció alguien.

– ¿El señor es casado?

Ummm, no . . . pero qué mas da!  Pero sí, soy soltero…

– ¡ Ándale ya le decía yo!

-Y si no es biólogo ¿qué hace usted aquí?- Me preguntó de nuevo la mujer .

– Voy a la playa, a refrescarme. Me dijeron en el pueblo que era un sitio agradable.

– ¡Joven, creo que usted anda equivocado de carro!-  Me aclaró el conductor que no había abierto la boca hasta entonces.

– ¿Pero no había dicho que esto iba allí?

–  Y así es, pero para la playa cercana al pueblo era el otro carro el que ya había salido.

– ¿Pero va, o no va, usted hasta la costa?

–  Afirmativo joven, nos demorará un poco más pero playa hay al final, descuide.

– Arranca pues, Manuel, que se nos va ir la mañana.- Le ordenó el viejo que había estado hasta entonces callado, para a continuación preguntarme:

_ ¿ Y de dónde es el joven?

– De España

– ¿Y ha venido desde allá tan lejos para venir hasta acá a la playa?

– ¿En avión?- dijo uno de los niños.

_ ¡Órale, no mareen al joven!

– Ando visitando su país, sin más . . .

– Ustedes los gringos que pueden, eso de viajar. ¡Eso sí es hermoso! Acá también lo hacemos, no se crea, siempre cerquita pero viajamos en las fiestas, a ver a los parientes sobre todo. Pero los jóvenes ¡esos sí son como ustedes! sobre todo los que se han ido a los Estados Unidos, pero a veces muchos ya no vuelven, se olvidan de la tierra.

– ¿Emigran mucho en esta parte también?

– Pues claro, la cabeza se les llena de América, acá no hay donde trabajar y la violencia es cada vez mayor. Uno de mis hijos ya marchó hace tiempo, en California anda . . . sin verle lo menos ya diez años, pero nos ayuda de cuando en cuando. En eso los mexicanos no olvidamos a nuestros padres y hermanos. Otro no lo consiguió y se quedó en el Distrito Federal que encontró algo allá. Sólo mis hijas se han quedado. Trabajar el campo es duro y por eso marchan.

– ¿Y hasta cuándo se queda por aquí?- preguntó otra de las mujeres.

– Marcho ya esta noche para Chiapas, si es que no me equivoco de auto.

El silencio volvió de nuevo a nosotros. No se oía respirar a nadie, como si con eso tratáramos de aligerar el peso. Sólo se oían los amortiguadores del coche y el ruido descafeinado del motor que parecía a punto de rendirse.

En el último trayecto por fin se fueron bajando algunos pasajeros que me desearon un feliz viaje y la ranchera me  pareció volar en los últimos quince minutos. Había pasado una hora y media larga cuando llegamos.

– Ahorita sí. Ahí tiene la playa, un poco más adelante. Me disculpe la demora y el malentendido.

– Claro, no se preocupe.

La mujer  que me ordenara sentarme comenzó a deshacer el nudo del atillo y, casi sin voz, me dijo:

– Esto . . . me va a permitir una última pregunta,  ¿el señor a qué se dedica?

–  Soy  informático.

-¿Cómo dice?

-Profesor. Profesor de informática. Computadoras.

Con asombró abrió sus ojos oscuros y sacó por fin de entre las telas unas frutas que puso en mis manos y un cordón del que pendía una piedra y que ceremoniosamente me colgó al cuello :

-Tome  unos tamarindos, le vendrán bien con este calor. Y asegúrese que la piedra esté en contacto con su piel, le protejera en el camino . . . y . . . y la próxima vez, la próxima vez venga a visitarnos con más tiempo. ¡ Y nomás hágase biólogo, es más lindo!

Para saber  más sobre los Tuxtlas y Catemaco:

http://laotraopcion.com/tuxtlas

http://www.mexicodesconocido.com.mx/catemaco-veracruz.html

http://www.catemaco.info/s/brujos/

http://www.ibiologia.unam.mx/tuxtlas/tuxtlas.htm

 

 

Fin de Fiesta en Madrid. Relato urbano.

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Yes, I Am Blind

Remuevo con rabia el café. Son casi las siete de la mañana y estamos allí, cerca de Quevedo, en un bar de taxistas o, ¿es en otro bar cerca del antiguo cine Bogart? ¡Qué mas da! Sea como sea, no debería ser así. Hemos bajado o hemos subido por Gran Vía, eso sí. Lo sé porque todavía puedo sentir clavadas las miradas  de los vagabundos del Teatro Capitol. No ha hecho falta que nos maldijeran por no dejarles dormir; ya lo decían sus ojos.

Tú me dices: “te he rescatado”, pero la verdad es que me has sacado de allí a la fuerza, a rastras, y nadie parecía darse cuenta. ¡Qué triste! Todos allí a lo suyo, iluminados por reflejos dorados, todos tan guapos y sexys. Sin ni siquiera hablarse. Bailando el que parece ser el mismo tema durante una noche eterna.  Difuminadas nuestras vidas a esas horas.

Y de pronto aquí, removiendo el café con este ruido de fondo de cucharillas que chocan contra los diminutos platos de la barra donde currantes y nocturnos  piden a gritos un pincho de tortilla, otro botellín o una copa de coñac. ¿Por qué no me has dejado seguir bailando? Tratando de protegerme de no sé qué -tú me dices que de mí- pero yo no me tengo miedo. ¿Y para qué? Para traerme a sitios como este, tan sórdidos y reales, donde la gente huele, el bar huele, todo huele y todos tienen sus pies en contacto con el suelo y, sin ni siquiera acercarme demasiado, puedo ver su piel cansada y sus ojos vencidos por el amanecer y eso me deprime tanto que te grito: “¡Vámonos!” y salimos del bar con mi café intacto y de pronto te pones furioso porque crees haberme visto tontear con otro, aunque . . . sí, me giro y, sin pensármelo, le toco el hombro, dos veces rápidas, a un cualquiera, y al darse la vuelta, me humedezco el labio superior y tú tiras de mí y corriendo nos  metemos en el coche, matrícula cuerpo diplomático. ¡Joder!, reconozco que me has impresionado con eso de aparcar donde y como quieras, aún no sé cómo tus padres te lo dejan, y salimos de allí con los ojos envidiosos de los otros clavados en los nuestros y eso me hace reír, y te digo: “Menudos gilipollas sin coche.” y me río aún mucho más y, ahora, porque te veo desquiciado. Y decides, sin preguntarme, pasar la mañana en el Parque de Atracciones pero, es demasiado pronto BOOOBO, pienso, aunque esta vez no lo digo.

No hay tráfico en Madrid un domingo por la mañana. Sólo secuencias de semáforos en ámbar y verde y edificios que conforme dejas el centro se vuelven más feos. Bloques inmensos de ladrillo, con ropa tendida en las fachadas y muchas persianas bajadas. Llenos de gente anónima descansando tras esas persianas sucias. Ajenos a mí rabia. Levanto un poco la barbilla en señal de desprecio, aunque envidie el calor de sus sabanas, y enseguida me olvido de ellos.

Foto de Gloria

Al llegar, E-VI-DEN-TE-MEN-TE, está cerrado y parecemos dos locos frente a la puerta, los dos tiritando y yo además  muerta de hambre. Vuelta al coche y a esperar en el parking. Cierro los ojos y me imagino entre ellos, bailando y difuminada, entre luces que impidan saber qué hora es realmente. No sé cuándo, pero te debiste ir y has vuelto. Tienes algo de comer en tu manos y me lo acercas a la boca y yo lo doy bocaditos y luego te doy bocaditos a ti, hasta que nos besamos con nuestros dientes castañeando, tac-tac-tac-tac y estoy a punto de no decirlo, pero lo hago:”But in my sorry way I love you.” y tú me muerdes la lengua.  Por fin, a las doce, abren. Riadas de niños se agolpan en la puerta, los vemos a través del parabrisas de la mano de sus padres y de hermanos mayores que ya no quieren estar allí. Llevan guantes de lana, me imagino que pican, que se los terminarán quitando y perderán alguno que luego alguien verá como un guante huérfano y pisoteado. Puedo incluso oír sus risas, pequeñas voces diminutas como ellos, oler su excitación, tan lejos de mí, inocentes y puros. Sin girarme te pregunto, “¿hemos dormidos algo?” y asientes muy lentamente y, sin mirarnos, arrancas el coche y conducimos de vuelta a casa, Morrissey como música de fondo, los dos callados. De repente no nos parece tan divertido pasar la mañana en la montaña rusa.

 

Para escuchar el tema de Morrissey que inspira y da título a  este relato pincha aquí:

 

 

 

Renacimiento en Dublín. Irlanda

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Febrero se desvanece

Subíamos por Drumcondra y luego enlazábamos con la Swords Road donde, a unos quince minutos del centro, tenía su casa, en un barrio de clase media-alta dublinés un poco venido a menos. La primera vez que hice el trayecto desde Grafton hasta allí subida en un Rover descapotable en pleno mes de noviembre estuve todo el camino cruzando los dedos por no encontrarme a nadie. Hubiera sido difícil porque llevaba poco tiempo en la ciudad, pero con estas cosas nunca se sabe y todo era posible, un encuentro, qué se yo, con alguno de mis estrenados compañeros de trabajo o con alguna de las freaks con las que vivía. Lo hubieran flipado. Luego me acostumbré al feo Rover descapotable y me traían sin cuidado las miradas de la gente. En él llegábamos a su casa donde descorchaba botellas de vino Faustino VII para mí con un sacacorchos eléctrico que apenas dejaba emitir el sonido  seco  del vino liberado. Le veía tan ilusionado y contento con sus botellas de Rioja, que brindábamos hasta altas horas de la noche sin atreverme a decirle que a mí el vino no me gustaba mucho y que de lejos hubiera preferido una buena cerveza o, ya puestos, un buen whisky de malta. Luego abría la ventana y tiraba las botellas. Yo cruzaba los dedos esa vez para que las botellas no se estamparan contra la pared y siempre funcionó porque todas aquellas noches que pasé con él cayeron del otro lado. Mañana- reía- saldremos a recogerlas.
Nos habíamos conocido en el Doyle’s, bailando a los Alabama 3, me vió de lejos  y le gustó mi estilo. Yo le ví llegar hacía mí y me gustó el suyo, así que, antes de que dijéramos una palabra, estábamos allí bailando “Woke Up This Morning”, felices e inconscientes. Nos quedamos hasta que cerraron y después fuimos caminando hasta el Ha’penny Bridge y estuvimos un buen rato viendo como bajaban las aguas del Liffey, mansas y negras. Me decía que la visión del río le llenaba de energía y que de vez en cuando se acercaba hasta allí a contemplar el paso del agua hacía el mar. A mí, ni que decir tiene, me pareció estupendo como todas las cosas que me estaban pasando esa noche y no me importó estar allí en silencio, meciendo nuestros ojos al ritmo de la corriente. Hasta que la humedad y el frio le obligaron a llevarme a su casa, que tenía calefacción, muebles conjuntados, cocina independiente y un sinfín de comodidades de las que los recién llegados a Dublín no disponíamos. Aquello terminó de convencerme.
A la mañana siguiente de nuestra primera noche juntos, recogimos un par de botellas del otro lado y nos fuimos a comer risotto a un restaurante donde el chef le llamaba por su nombre y en el que el vino italiano esta vez nos sumió en una primera dulce embriaguez a la que le sucederían otras muchas. Durante aquellas semanas de paseos diurnos en el descapotable conocí lo mejor de la vida dublinesa: brunchs en Malahide o Ballsbridge, que contrastábamos por las noches en lo más bajo de Summerhill y Tallaght, con infinidad de pintas en pubs y garitos en los que también le llamaban por su nombre y en los que, como siempre, me presentaba como “my beautiful pet from the south”. Lo pasábamos en grande. Lo pasé como nunca. Todavía hoy  al llegar Halloween me quedo en casa y no salgo, porque sé que es insuperable la sensación de estar agazapados detrás de un coche mientras los vecinos de calles, de las que nunca supe el nombre,  se disparan fuegos artificiales y nos ignoran por completo. Juntos oyendo el silbar de la mecha, oliendo la pólvora e  intuyendo su trayectoria. Muy muy cerca de una tragedia pero más lejos aún de la muerte. Una explosión final, los fuegos de colores iluminan nuestras caras.

Hasta que llegó el primer fin de semana que no estuvo. Ese sábado llamaron a la puerta de mi apartamento y un hombre me entregó un paquete que venía de su parte. Casi no podía abrir la caja. Los dedos se me habían entumecido por los nervios y, cuando por fin lo logré, rasgué con violencia el papel de regalo y pude ver una caja de colores en verdes fluorescentes, azules eléctricos, rojos y amarillos chillones, en la que se podía leer: “The Amazing Life, Sea Monkeys”.  Contenía unos psicodélicos sobrecitos y una diminuta pecera alrededor de la cual unos dibujos de unas formas no identificadas sonreían. Seguí leyendo: “The sea monkeys and their ship of hidden treasure” y seguí mirando embobada los dibujos del cofre de monedas por donde se colaban los sea monkeys y donde, unos pulpos de color rosa los mecían en posiciones inmóviles con sus tentáculos de cartón. Luego lo abrí y cogí el también minúsculo  libro de instrucciones donde explicaban qué era aquello  del maravilloso y alucinante mundo de estos seres, de cómo tenías que devolverles a la vida y cuidarlos. Era febrero, llovía y el agua golpeaba los cristales. Tenía la pequeña caja de su juguete fetiche en mi regazo, sufrí un desvanecimiento y en cuanto volví a mi realidad vacía de Blessington Street, abrí los sobres y devolví a la vida a aquellas extrañas criaturas. No debí hacerlo. Nada salió bien desde entonces.
Seguimos quedando y a simple vista nada había cambiado. Viajamos a Derry y Belfast, a Mayo y Donegal, -siempre al Norte, Pet-, me decía, pero nada volvió a ser lo mismo. Ni siquiera vino a conocerlos. Yo le contaba cómo iban creciendo, muriendo, como pensaba que de un día a otro habían desaparecido y que de pronto, zas, de nuevo aparecía un transparente y nada chillón sea monkey en la pecera y cuando creía que no lo estaba haciendo bien me tranquilizaba con un -ya aparecerán- que siempre resultaba cierto.

sea monkeys

Luego ocurrió todo una tarde, todo a cámara lenta. Por un momento desconecté y dejé de oírle. Estaba deshaciéndose en explicaciones que yo no le había pedido mientras que en la tele del salón de su casa, con el volumen quitado, una mujer con un crucifijo gigante al cuello acaparaba toda mi atención. No quería escucharle. Recuerdo levantarme y dejarle con la palabra en la boca y decirle: -No quiero ser tu amiga- e irme. Las lágrimas corrían por mi cara y por primera vez me volví a casa en autobús. Cuando llegué, había anochecido.Cogí los sea monkeys y me dirigí al final de la calle, una calle fea y fracasada por la que un 16 de junio de 1904 pasó rápidamente un coche fúnebre que no se detuvo en el jardín humilde y precioso que hay al final de la misma y al que no pudimos ir nunca juntos. Salté la verja y, sin saber cómo, estaba ya del otro lado sentada en el suelo junto a la casita que me hacía recordar a Hansel y Gretel. Allí me despedí de ellos. Estuve a punto de dejarles en el estanque pero decidí, casi en el último segundo, que se fundieran con la tierra y romper de ese modo con su estado latente, que no pudieran eclosionar más, que descansaran para siempre. Nunca me arrepentí de ello.

 

Woke up this morning pinchando aqui:

 

 

Inspiración en Londres. Inglaterra

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La primera vez que hablé con Peter Pan

Verle le había visto muchas veces, siempre de lejos pero sin pasar por alto su icónica figura. Aún así reconozco que, al encontrármele más de  cerca por primera vez, me quedé paralizado cuando a unos diez metros de mí el chaval reía aparentemente por nada.  Ese día paseaba por Kensington Gardens, era temprano y la luz era perfecta. La niebla acababa de levantarse dejando una rastro de humedad que parecía recubrirle y hacía que brillara. Yo  iba solo, con  los ojos bien atentos, sin bajar la guardia por lo que pudiera pasar. Tenía pensado dirigirme a la salida de Marborough Gate para desde ahí, continuar hasta Stanhope Terrace donde tenía una cita para cerrar un trabajo.   Miss  Sylvia Llewelyn Davies  quería que conociera, antes de empezar a trabajar con ellos, a sus cinco  hijos. Me había contratado porque soy fotógrafo, especializado en retratos infantiles, niños de  los que consigo sacar su lado más hermoso, su lado menos ingenuo sin que se note demasiado. Y lo soy las 24 horas del día. Uno nunca sabe en que momento una imagen va a ser la que determine la trayectoria de su trabajo, así que, pasados unos días,  en el segundo encuentro y en el mismo lugar, cuando tres pequeños gorriones se posaban en su mano de la que comían semillas y gusanos, vislumbré que él podía ser esa instantánea que consagrara mi carrera.  A esta segunda vez le sucedieron otras muchas, algunas con él encaramado a una rama, paseando con una ardilla sobre el hombro o con un petirrojo y un pinzón sobre su cabeza. Yo sacaba el objetivo y desde la distancia disparaba mi cámara. El resultado era fabuloso.

Finalmente dí el paso y me acerqué. Mientras me aproximaba los pájaros, asustados, salieron volando. -Los ha espantado- exclamó y se dio la vuelta divertido.  Esa vez sí pude ver de cerca  lo que la cámara me había revelado muchas veces:un rostro perfecto pero marcado  por una infinita soledad. Aceptó ceremonioso mis disculpas y sin más preámbulos se presentó:- Me llamo Peter y algún día me tiene que enseñar esas fotografías que hace.-Cuente con ello- le dije mientras extendía una tarjeta de visita con mis datos: J. M. Barrie, 100 Bayswater Road – London. No tardó en contactar conmigo.

 

Lecturas recomendadas:

“Peter Pan” .- James Matthew Barrie

http://www.thecult.es/libro-infantil/peter-pan-la-obra-completa-de-james-matthew-barrie.htmlhttp://www.abc.es/gestordocumental/uploads/Cultura/peterpan.pdf

“Kensington Gardens”.- Rodrigo Fresan

http://batboyreads.blogspot.com.es/2011/12/jardines-de-kensington-de-rodrigo.html

http://elpais.com/diario/2003/11/08/babelia/1068252624_850215.html

 

 

 

http://www.abc.es/gestordocumental/uploads/Cultura/peterpan.pdf

http://www.abc.es/gestordocumental/uploads/Cultura/peterpan.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primeros viajes. España

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Space Oddity

El viaje comenzaba cuando mi padre encajaba como podía las maletas, las bolsas de la playa, las sillas y la mesa plegables, la sombrilla y la nevera en el pequeño maletero del 850 que seguro nos iba a dejar tirados un par de veces antes de llegar a la playa de turno que tocara aquel verano. Luego nos acomodábamos dentro, mi madre detrás para poner paz entre mi hermano mediano y yo, y mi hermano mayor delante, haciendo de copiloto de mi padre, que antes de llevar cien kilómetros y, todavía bajo los cielos castellanos, nos había amenazado ya un par de veces con darse la vuelta si no parábamos de pegarnos. Nos montábamos en el coche y empezaba una batalla continua de patadas en la espinilla, collejas y codazos que era lo único que se podía hacer en tan poco espacio. Esa era una de las guerras que se libraba en el coche y la única en la que mi hermano y yo participábamos. La otra, mucho más violenta y sutil la libraban “los mayores” y tenía comienzo nada más arrancar el coche. Mi padre escuchaba Demis Roussos, mi madre Raphael y mi hermano rock sinfónico. La jerarquía imponía que fuera Demis Roussos el responsable de que todos los amaneceres de mi infancia camino a la costa española tengan la melodía del triki-triki-triki-triki-triki-triki-tri. Mi padre conducía esa primera parte sumido en un trance que sólo rompía con sus amenazas dirigidas a nosotros, canturreando un griego inventado mientras mi madre dormía y mi hermano permanecía asqueado y meditabundo con el mapa de España abierto sobre las rodillas.

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Normalmente, mi madre se despertaba a la hora de camino y entonces empezaba la guerra:
– Valentín, déjanos ya de la música esa y pon mi cinta de Raphael.
Mi hermano salía del sopor que precedía al amanecer y protestaba:
– Ni hablar. No hay quien aguante esta música, y siempre la misma, aunque sólo sea por la música que no la aguanto no vuelvo de veraneo con vosotros.
Mi  hermano mediano canturreaba en tono de burla imitando a Raphael:
–  Yo soy aquel que todas las noches te persiiiiigue-e-e-e-e,   yo soy aquel que por quererte ya no viiiive-e-e-e-e . . .
Mi madre entonces le daba un sopapo y le mandaba callar, mi hermano mediano se quejaba hasta que mi padre sentenciaba:
– Al único, al único -y alzaba la voz- que aguanto de todos vosotros es a Demis.
Le llamaba siempre por su nombre de pila, como si le conociera de algo. Nosotros, sabiendo la que se avecinaba habíamos dejado de pegarnos y nos manteníamos quietos y a la escucha.
– Deja de decir tonterías Valentín, por favor, qué van a pensar los niños. Niños -y movía su cabeza en nuestra dirección- no hagáis caso de lo que dice vuestro padre. Joaquín -le ordenaba a mi hermano mayor-, haz el favor de poner a Raphael.-
– De eso nada, hasta que no se acabe la cinta de Demis, el cantamañanas de Raphael que se joda.
– Valentín, no digas palabrotas delante de lo niños. Desde luego, no hay quien . . .
– A callar, que no me dejáis escuchar… mon amour…
– ¡Valentín, nos hemos dejado las chanclas y el bronceador!
– Y qué quieres, ¿qué dé la vuelta? Joaquín saca la cinta y rebobínala que tu madre no me está dejando escuchar a Demis.-
Mi hermano sacaba la cinta y la rebobinaba a mano con un boli bic porque si no el casete se comía la cinta y entonces aquello podía terminar en  tragedia. Mientras tanto, mi madre murmuraba:
– Egoísta qué egoísta, pues si que empezamos bien las vacaciones, siempre lo que el señorito quiera, desde luego esto . . .- y mi padre la interrumpía:
– Mira Fermina -y le llamaba FERMINA a mi madre que era una de las cosas que ella más odiaba- no me toques los . . . las narices y déjame conducir en paz, que todavía quedan muchas horas por delante. Anda, Joaquín, ponle a tu madre al cantamañanas a ver si así se calla de una vez.
Sólo daba tiempo de escuchar una cara porque entonces -como si Demis, con todo su volumen y peso, viajara con nosotros y quisiera vengarse- el coche se calentaba, se paraba y nos dejaba tirados a veces por más tiempo de lo que la frágil paciencia de mis padres aguantaba. Mi padre entraba en cólera. Mi madre lloriqueaba. Mi hermano aprovechaba para fumar. Nosotros seguíamos peleándonos durante el tiempo en que mi padre revisaba el motor, le ponía agua al radiador y con suerte el coche arrancaba y seguíamos el viaje. Era entonces el turno de mi hermano que, una vez al volante, se convertía en dueño absoluto de la situación. Lo primero que hacía era fulminarnos con la mirada a mi hermano y a mí, que enmudecíamos hasta que nos quedábamos medio dormidos. Después se dirigía a mi madre y le soltaba:-
– Mamá,  bastante Raphael y Julio Iglesias escuchamos ya en casa como para tener que aguantarlos con la que está cayendo.-

Para entonces el sol abrasaba e íbamos todos sudados, nuestros cuerpos pegados los unos con los otros, las migas del bocadillo picando nuestros muslos, mi madre nos habría dicho: -¡Niños no manchéis nada!
Como si fuera tan fácil no tirar ni una miga en tan poco espacio.
Mi hermano mayor, el muy pelota y conocedor de la respuesta preguntaba entonces:
– Papá, ¿te importa si pongo yo algo de mi música?
Mi padre respondía con un poco convincente -Haz lo que  quieras.- Y mi hermano nos torturaba con algo de Génesis o Pink Floyd, y yo podía ver cómo la cápsula del Major Tom,  caía hasta casi estrellarse en el desierto almeriense, los Monegros aragoneses o las irreales Bárdenas navarras para luego salir disparada de nuevo rumbo hacia el espacio infinito. Luego, me quedaba traspuesto y dormía hasta que hubiera la siguiente avería o el siempre inoportuno -me hago pis- por parte de cualquiera de nosotros.
Las mismas escenas se repetían, incluso con más disgustos por parte de mi madre, en la vuelta a casa y cada vez que cogíamos el coche y viajábamos todos juntos por la entonces para mí inagotable geografía española.
David Bowie, Pink Floyd e incluso  Génesis  son parte de los grupos que entonces escuchaba mi hermano y que pasaron a formar parte de mis gustos musicales. Ahora, con el aire acondicionado no muy fuerte, voy escuchando a quien sea, el volumen del CD se baja por momentos y la otra voz que viaja conmigo, impersonal y fría de una mujer que no conoceré, me indica que la salida está a quinientos metros. Entonces  me gusta mirar por el retrovisor y observar la inexistente batalla que tiene lugar en los asientos de atrás entre los hijos que no tengo, y a veces sin darme cuenta me sorprendo canturreando el triki-triki-triki-mon amour con una sonrisa en la boca blanda y nostálgica.

 

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Para escuchar los temas del 850 os dejo estos vídeos:

 

 

 

 

 

 

 Y por supuesto:

 

Despertar en Jerusalén.

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Origen

Pasaban unos minutos de las tres de la tarde cuando en la esquina de la Vía Dolorosa con Beit Habad, Salomón Levy, que se apresuraba a llegar al Muro de las Lamentaciones a preparar el Sabbat, miró de soslayo como Piero Bianchi sostenía la cruz e inclinaba la cabeza ante la segunda estación del Vía Crucis camino al Santo Sepulcro. No pudo verla, por lo que su cuerpo chocó con fuerza con el de Amina Saffie que, desde la mezquita de Al-Aqsa, subía a  duras penas entre las corrientes de cuerpos que circulaban a esa hora por el cansado Jerusalén. Le miró con desprecio y murmulló unas palabras que no pudieron ser oídas por nadie, en ese preciso momento, el muecín  rompió la cadencia de su canto tratando de competir con los rezos de la marea franciscana que, como la mujer, intentaba abrirse camino entre las voces de mando de los soldados israelíes. Estos, desafiantes, apuntaban con sus armas a un cielo demasiado lejano.
El viajero recién llegado observaba el pasar de todos ellos. Temblaba. Le hubiese gustado irse ya, pero tuvo que esperar hasta que vio desaparecer al último de los peregrinos. Sin tregua, estos fueron sustituidos después por otros grupos de fieles de las distintas iglesias:  coptos oscuros,  lánguidos monjes etíopes, coloridos y repudiados protestantes reclamando también su porción de tierra. La riada musulmana tampoco parecía tener fin y un número cada vez mayor de jaradiés ultraortodoxos bajaban violentamente haciendo ondear sus bucles y casacas.

Los temblores empezaron a ser más fuertes. Secó con su brazo el sudor que le empezaba a caer por la frente y se atrevió a mezclarse con ellos. Una vez dentro, en el zoco, pudo oír más de cerca como los mercaderes musulmanes ofrecían en árabe sus mercancías repetidas en tenderetes casi idénticos: allí competían las cruces con los tasbih musulmanes y las kipas judías. Sus voces, apresuradas, se perdían entre los susurros en hebreo de las mujeres, los cantos ya lejanos en latín, las voces griegas, rusas, los rezos en inglés, en español y en lenguas que no era capaz de descifrar.

Se dirigía hacia el Barrio Armenio donde esperaba encontrar un lugar para dormir esa primera noche. Apenas había recorrido unos metros cuando alguien le clavó el codo en el costado y varias veces le pisaron y empujaron.

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Por fin pudo salir y en una calle semi escondida encontró el hostal. Llego exhausto. Al hombre que regentaba la pensión le alarmó la palidez de su rostro y enseguida le ofreció un caldo caliente. No pudo terminarlo. Llevaba días  sin descansar y se  apresuró a  subir a la habitación  convencido  de  que  unas  horas  de  sueño  pondría fin a  su malestar.  Todavía era de día cuando se quedó dormido.

La claridad de la mañana era plomiza. Se despertó renovado, con ganas de volver a la calles. Era temprano y en la pensión no parecía haber nadie. Debió de girar en otra calle pues se dio cuenta enseguida de que estaba en el Barrio Judío, donde a esa hora la paz había sido recuperada. Luego redirigió sus pasos y enseguida llegó de nuevo al zoco.  El aire estaba cargado de partículas que procedían del desierto pero él no sabía que el escozor de sus ojos se debía al polvo en suspensión. Ese aire cargado fomentaba que los adoquines y las piedras de la ciudad se fundieran en un mismo tono sin contrastes. En un callejón creyó ver una sombra que doblaba hacía el Santo Sepulcro, por lo que descartó ir hacía allí como había sido su primera intención. No se había cruzado con nadie y esa sensación le reconfortaba. Continuó  deambulando a paso lento, perdiéndose sin importarle por callejuelas silenciosas. Hasta ese momento no había sentido mucho hambre, por lo que inconscientemente había descartado buscar algún café o puestecillo donde comer algo pero, cuando el hambre se agudizó, pensó que si volvía hacía Beit Habad encontraría algo abierto. El día anterior al acceder a esa calle desde la Puerta de Damasco el olor a  las baklavas le había mareado y al recordar de pronto ese dulzor apretó el paso y se dio la vuelta en dirección allí. Cuando llegó no había nadie. Empezó a bajar la calle alarmado. El paso se hizo más rápido y esta vez sí pudo ver claramente las Estaciones Tercera, Cuarta y Quinta que el día anterior le habían cegado los monjes y fieles. Esta vez no continuó por la Vía Dolorosa sino que siguió bajando hasta llegar a la boca de los túneles que desembocan en la Explanada del Templo. Al llegar se paró y tomo aliento. Era el primer hombre en verla vacía.

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Ya frente al Muro solo se veían sobresalir, entre las piedras, las peticiones escritas por judíos y turistas llegados de todo el mundo. Se aproximó y cogió una petición cualquiera. Dudó antes de abrirla. Estaba fechada un par de días antes con unas palabras en francés que no comprendía del todo. No quería gritar. Pensó en que habría algún tipo de toque de queda, algo que sin duda le habría explicado el dueño de la pensión y él no había comprendido la noche anterior. – ¿Pero dónde estaban los soldados?-  La misma pregunta repetida se instaló en su cabeza sin respuesta. Recordó entonces que hacía poco más de una hora le había parecido ver a alguien girar en dirección a la Basílica de la Resurrección y corrió hacía allí. Se perdió un par de veces antes de encontrarla. No pudo entrar. La puerta permanecía cerrada por primera vez en cientos de años. Empezó a golpear la puerta con sus puños y, aún consciente de no conseguir nada, empezó a gritar ayuda. Volvió hasta la pensión y subió a recoger su mochila.  Al salir vio que parte del caldo de la noche anterior seguía sobre una mesa y se lo bebió de un trago, estaba amargo. Salió con la idea de empezar otra vez, creyendo que encontraría a alguien. De nuevo por las mismas calles bajó hasta acceder a la Explanada de las Mezquitas. Se cayó un par de veces esta vez y una de ellas terminó sangrando. Miró hacia arriba, la Cúpula de la Roca no brillaba esa mañana. El polvo  que se estaba posando sobre la ciudad, imperceptible  hasta ese momento, la cubría ya por completo. Se  oyó preguntar a si mismo:-¿Por qué?- al comprobar que el agua no salía de las fuentes destinadas a las abluciones. Su sed se acentuó, debía limpiar la herida. Tenía que dejar la ciudad como fuera. Sacó de su bolsillo un mapa de Jerusalén y se dio cuenta de que la Puerta más cercana estaba tapiada. Tendría que salir por la Puerta del Estiercol. Respiró profundamente y apresurado, se dirigió  hacía allí. Antes de cruzarla, todavía se volvió un par de veces por ver si quedaba alguien.

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Si quieres seguir viendo más fotos del viaje pincha aquí:

https://www.flickr.com/photos/99763510@N03/sets/72157649558764675/


Duración del viaje: 7 días. Octubre 2008.

La Ruta: de Aqaba en Jordania  cruzamos a Eliat en Israel. Este es un paso poco transitado por lo que los tramites, pensado que la entrada a Israel suele ser complicada y larga, no nos llevó tanto tiempo como preveíamos. No obstante nos interrogaron y abrieron parte de nuestro equipaje.  De Eliat fuimos a Masada, uno de los lugares de mayor importancia para el pueblo judío, símbolo de la resistencia ante el asedio romano que terminó no con la rendición sino con el suicidio de sus habitantes y convertido en la actualidad en lugar de peregrinaje y referente del nacionalismo judío. Nuestra siguiente parada fue Jerusalén, una de las ciudades más interesantes que he visitado y  que nos cautivó desde un primer momento por su carácter y fuerza. Decidimos quedarnos un total de cinco días y dejar otro día para Belén. De Jerusalén volvimos hasta Jordania, hacia Amman cruzando esta vez por el paso fronterizo de Allenby. La salida del país también nos llevó bastante tiempo.

Para moverse: La red de autobuses es perfecta para moverse por el país por lo que todos los  moversetrayectos los hicimos en transporte público. Para ir a Belén, ya en territorio Palestino, fuimos igualmente en un bus público (autobús 24 frente a la Puerta de Damasco) y en poco más de 25 minutos estábamos allí. El trámite para cruzar y pasar el Checkpoint 300 fue bastante rápido.

Alojamiento:

En Masada: http://www.iyha.org.il/Eng/masada-hostel

En Jerusalén: http://www.austrianhospice.com/hospiz.htm

Lecturas: ” Desde el Monte Santo” William Dalrymple; ” El triangulo fatal” Noam Chomsky

Peliculas: “Los limoneros” Eran Riklis. http://www.filmaffinity.com/es/film751693.html

Para saber mas: http://trajinandoporelmundo.com/viajar/asia/israel/; http://www.worldtravelguide.net/jerusalem; http://www.goisrael.es/Tourism_Spa/Tourist%20Information/Discover%20Israel/Cities/Paginas/Jerusalem.aspx

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