Eternidad en Kyoto. Japón

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La grulla de Kokedera

Fue el último en llegar. El señor Durrell no era de los que llegara tarde pero en los últimos meses las coordenadas de su vida habían sufrido un vuelco y donde antes había orden reinaba ahora la improvisación, y las decisiones, antes reflexionadas habían dado paso a las  que se veía obligado a tomar en el día a día. Casi nada tenía importancia ya. Esa mañana salió tarde de casa y con el tiempo justo para llegar. Tuvo que tomar el tren y dos autobuses distintos y después caminar durante quince minutos que se le hicieron eternos.  A las once en punto, dos jardineros estaban cerrando la puerta por lo que agradeció al monje, que se encontraba con ellos, que le esperara. Cruzó a buen paso el patio de gravilla y subió los tres escalones que daban acceso al Templo.

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Las pequeñas mesas ocupaban todo el kondo. El gran salón que precede a la parte reservada para el lugar más sagrado, un espacio normalmente  vacío y que en ese momento ocupaban, sentadas sobre el suelo, unas doscientas personas. Le colocaron junto a otra pareja de occidentales al lado de una columna que dificultaba que pudiera ver en su totalidad, el ritual que en ese momento daba comienzo. Sobre la mesa un pincel, tinta, una piedra secante y papel de arroz donde estaba impresa la oración que acababan de recitar los monjes. Los fieles japoneses habían empezado incluso antes de que los monjes orasen y les dieran su bendición, a cubrir los caracteres pero él espero a que finalizara la ceremonia. Ya no tenía prisa. No era fácil acostumbrarse al pincel ni a la tinta y lo hacía aún más complicado su postura. La mesa le resultaba demasiado pequeña y no estaba acostumbrado a sentarse sobre el suelo con las piernas recogidas.  Al principio la tinta era demasiado liquida y los primeros caracteres quedaron aguados y deslucidos. Se esforzaba en hacerlo correctamente y que la caligrafía fuera lo más nítida posible. Poco a poco fue dominando el pincel dejando que una cantidad exacta de tinta lo cubriera para  que los distintos sinogramas quedaran brillantes y puros.

De no haber sido por ellos, el silencio se hubiera apoderado del Templo. Junto con la pareja de extranjeros eran los únicos que hacían ruido y no paraban de moverse. Al poco tiempo muchos de los fieles  comenzaron  a levantarse y a ofrecer sus oraciones a los pies del altar que acogía a los Budas. Algunos recorrían los escasos metros a pie pero la mayoría lo hacía de rodillas. De vez en cuando levantaba la vista y contemplaba la ofrenda de sus oraciones y las bendiciones que recibían por parte del monje. Solo se oían sus susurros mientras el gran salón se fue quedando vacío. La experiencia le estaba resultando muy relajante y consiguió que, llegado un momento, solo se concentrara en la escritura.

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Había pasado más de una hora cuando terminó. Fue dificil  pedir a Dios que le concediera aquello que anhelaba, era difícil de escribir en el papel. La escritura alfabética se volvía torpe y basta y su inglés impreso toscamente resaltaba frente a la delicadeza del kanji y el katakana. Parecía que los pinceles y la tinta no estuvieran hechos para la tipografía latina. Finalmente consiguió plasmar su plegaria y se acercó al altar para entregarla.  Al llegar  inclinó la cabeza y  la depositó junto con el resto. Cada día cientos de oraciones se apilaban  en el Templo de Saiho Ji que las guardaba allí para siempre. La suya pasaría también a formar parte del infinito número de sutras copiados por los devotos a lo largo de los siglos y fundiéndose con ellos en una sola oración.

Junto al Templo, el jardín más hermoso del mundo. Una extensión cubierta de arces, murtas, sugis, alcanforeras, abetos, que crecían serenos entre bellas piedras y falsas colinas creadas por el hombre. En el corazón del mismo un estanque  de inmortales aguas donde una carpa naranja se paseaba aportando una pincelada de color entre la gama de verdes que predominaba en el jardín. El musgo lo invadía todo. Se extendía como un delicado tejido de diferentes texturas e inapreciables matices que cubría  las  raíces,  las piedras  y  toda la tierra.

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Después de depositar su oración, el señor Durrell se había dirigido hacía allí. Le había sorprendido un aguacero y se apresuró a resguardarse bajo  el tejado de madera de la casa de té desde donde contempló como planeaba lenta y humilde, hasta posarse en el manto de musgo, una única hoja roja de arce anunciando así el inevitable otoño. Cuando despejó siguió caminando en soledad por los senderos desde los que pudo ver, a la sombra de los castaños, el musgo relucir, coronado por frágiles gotas de la lluvia que había caído. No había nadie. O eso creía. La sombra de una grulla cruzó las aguas del estanque. Siguió su rastro hasta que ésta se posó en una solitaria linterna de piedra que ocupaba toda la extensión de un pequeño islote al noroeste del lago. Hacia una isla vecina y de mayor tamaño, con paso tembloroso, una anciana cruzaba por un puente de piedra. La piel blanca de su cuerpo desnudo le estremeció. Al llegar a la orilla, ella se recompuso y brilló por un  instante, después se sumergió en las aguas hasta que desapareció por completo. Antes de que se diera cuenta el Señor Durrell corría hacía el puente. No tuvo que atravesarlo. Pudo ver desde la otra orilla como, en el lugar donde había visto sumergirse a la mujer, una carpa blanca se deslizaba por la superficie aportando otra pincelada de color entre la gama de verdes que predominaba en el jardín.  La grulla, compañera silenciosa hasta entonces, levantó el vuelo  y  con un elegante movimiento descendió hacía la carpa a la que atrapó con su pico. El señor Durrell sí pudo ver esta vez como la grulla y la carpa desaparecerían, en su vuelo eterno, entre los boj y los arces del jardín de musgo.

Dos días más tarde, cerca de allí, en su casa de Kioto, la Señora Durrell fallecía en una absoluta paz. Oscar Durrell se acercó a ella, con la vista nublada por las lágrimas, beso sus labios y cerró sus ojos. Abrió las ventanas y la casa se impregno de la fragancia de las anémonas procedentes del oeste. En aquel momento le pareció oír el grito de una grulla acercándose. Alzó sus ojos y seguidamente inclinó la cabeza en señal de respeto y agradecimiento. Su plegaria había sido escuchada.

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Si quieres seguir viendo más fotos de Japón pincha aqui:

https://www.flickr.com/photos/99763510@N03/sets/72157641741778095/


Duración del viaje: 21 días. Junio de 2013

La ruta: Tokyo-Hakone-Kyoto. Kyoto-Nara-Kyoto. Kyoto-Kosayan- Miyajima-Kanazawa–Gokayama-Shikagawa Go-Takayama-Tokyo.

Moverse por Japón: Casi la totalidad de los trayectos los hicimos en tren. Compramos el JR Pass de 14 días (http://www.japanrailpass.net/), que tienes que adquirir antes de llegar a Japón a través de internet o a través de algún tour operador japonés físico, en nuestro cas  lo hicimos en  Madrid en las oficinas de JTB (http://www.jtb.es/index.php/es/contacto.html).

Para consultar  todo tipo de trenes( no todos estan incluidos en el JR), horarios, combinaciones, duración de los trayectos y como moverte, esta es la mejor web:  http://www.hyperdia.com/en/

Moverse por Tokyo: http://www.zocodezoco.com/2010/09/09/como-moverse-por-tokio-y-no-perderse-en-el-intento/

Alojamiento: Principalmente nos quedamos en ryokanes, alojamientos tradicionales japoneses, en los que  se duerme sobre un tatami en un futon y que suelen incluir el desayuno y la cena. Muchos disponen de baños tradicionales japoneses.
En Hakone, este ryokan ofrecía un alojamiento sencillo pero el onsen (baños termales japoneses) y la comida era excepcional: http://www.japanican.com/en/hotel/detail/4306501/
En Kyoto nos quedamos en un hotel-apartamento a buen precio, cómodo y con mucho espacio algo alejado del centro pero muy bien comunicado: http://www.citadines.com/en/japan/kyoto/karasuma_gojo.html?gclid=CP2qt8_Nu8ICFagSwwodTVAAhQ
En Koyasan elegimos este hermoso templo en el que puedes participar en las oraciones del amanecer con los monjes. El pequeño jardín  interior es una maravilla y si bien nos alojamos en una  de las habitaciones más económicas merece la pena pagar algo más y quedarse en las que tienen vistas al jardín: https://www.japaneseguesthouses.com/ryokan-single/?ryokan=Shojoshin-in
En Miyajima:La dueña sin duda lo mejor de este sencillo ryokan http://yamaichibekkan.com/english.html
En  Kanazawa:   uno de los mejores en los que nos quedamos :comida deliciosa,  baños espaciosos y la decoración preciosa: http://sumiyoshiya-ryokan.com/
En Gokayama:nos quedamos en un gassho,las casas tradicionales de la zona, de este pequeño pueblo , éramos los únicos huéspedes de la casa y los únicos extranjeros en el pueblo. Los dueños hospitalarios y simpáticos nos explicaron las tradiciones de la zona http://www.japanican.com/en/hotel/detail/5332304/
En  Takayama nos alojamos en este popular ryokan donde servían una cena extraordinaria. La habitación muy pequeña y de decoración aún más sencilla pero suficiente y cómoda http://www.takayama-yamakyu.com/english/

A destacar: Alrededores de Kyoto: Saiho-Ji (Templo de Kokedera) , Villa Imperial Katsura; Santuario de Fushimi-Inari,  Bosques de bambú en Arashiyama y Sagano. Templos  y  Cementerio de Koyasan; Treking por Miyajima  Alrededores  de Gokayana. Barrios y Jardines de Tokyo: Takeshita Street, Akihabara, Ginza, Shinjuku, Yoyogi Park. Mercado de Pescado. Espectáculos de taiko (percusión japonesa) y teatro japonés kabuki. Y todos los jardines de cualquier ciudad de las que visitamos.

Lecturas: “Lo bello y lo triste” Yasunari Kawabata; “La perla”  Yukio Mishima; “Una cuestión personal” Kenzaburo Oe;  “Tokio Blues” Haruki Murakami.

Películas: “Cuentos de Tokyo” Yasujiro Ozu http://www.filmaffinity.com/es/film911508.html;  “Ran” Akira Kurosawa http://www.filmaffinity.com/es/film782065.html;  “El verano de Kikujiro”   Takeshi Kitano http://es.wikipedia.org/wiki/El_verano_de_Kikujiro

Para saber mas:
http://www.japanican.com/en/
https://www.turismo-japon.es/

http://eng.shukubo.net/

http://inari.jp/

http://www.jnto.go.jp/eng/location/spot/gardens/katsurarikyu.html

http://www.japan-guide.com/e/e3937.html

http://www.japan-guide.com/e/e3912.html

http://www.gotokyo.org/en/

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